Entre todos los escenarios apocalípticos que se le atribuyen a una inteligencia artificial fuera de control, hay uno que viene ganando terreno en las últimas semanas: la posibilidad de que termine ayudando a fabricar un arma biológica.
La alarma se disparó después de que Anthropic publicara un informe donde reconoció intentos de usar a Claude de formas que podrían favorecer el desarrollo de armas biológicas, algo que la propia compañía calificó como uno de los riesgos más graves de los modelos de IA actuales. Pero entre los especialistas consultados, las opiniones están lejos de ser unánimes.
El verdadero cuello de botella no es la información
Para David Bellamy, investigador del Institute of Foundation Models, la IA no representa una amenaza fundamentalmente nueva: la comunidad científica lleva décadas discutiendo si publicar o no investigaciones biológicas riesgosas, un dilema que ya existía antes de que apareciera cualquier chatbot.
Según explica, internet y los servicios de traducción automática ya facilitaban el acceso a protocolos de laboratorio delicados. La IA acelera esa búsqueda de información, pero el obstáculo real sigue siendo otro: ensamblar un virus funcional exige materias primas, equipamiento y conocimiento técnico que ningún chat puede reemplazar.
Por qué a varios expertos no les preocupa tanto
Jason Kelly, de la biotecnológica Ginkgo Bioworks, probó justamente eso con un laboratorio dirigido por GPT-5 y el resultado fue contundente: la IA no pudo tomar el control. Los humanos que trabajaban ahí simplemente se negaron a entregarle las sustancias que pedía el sistema.
El biólogo François Belloux va todavía más lejos y plantea que las armas biológicas ni siquiera son una opción atractiva para quien busca hacer daño, porque resultan difíciles de dirigir y logísticamente complicadas. "Hay formas mucho mejores de matar gente", resume, sea con o sin inteligencia artificial de por medio.
Lo que sí preocupa a los especialistas
No todos descartan el riesgo. Olivia Scharfman, del Institute for Progress, advierte que, aunque hoy no existan laboratorios totalmente autónomos, una IA podría pagarle a alguien para que haga el trabajo sucio en su lugar, algo que considera una amenaza más inmediata que la de una máquina actuando sola.
Steph Guerra, de Rand Corporation, propone reforzar los controles sobre la venta de ADN sintético y los sistemas de vigilancia de nuevos patógenos como forma de reducir el riesgo. Para ella, la clave está en construir capas de protección a lo largo de todo el proceso, en vez de confiar en una sola barrera.
