El historiador británico Alec Ryrie ofrece una respuesta a una de las preguntas más acuciantes de la época, al menos para quienes todavía creen en la política, sean de izquierda o de derecha, y están enredados en la tan de moda batalla cultural. En el libro La Era de Hitler y cómo sobrevivir a ella, editado en 2025 por Gatopardo, el historiador inglés hace un detallado análisis de cómo se fueron rompiendo los consensos éticos que marcaron a la comunidad occidental en la era post Hitler, y que hoy nadie pasa por alto, para llegar a una suerte de síntesis.
La instituciones internacionales nacidas en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial están desnudas en su incapacidad: los crímenes de guerra son cotidianos en los principales conflictos bélicos en curso -como el ataque a una escuela de niñas en Irán-; Israel comete un genocidio en la Franja de Gaza que todavía no escandaliza lo suficiente, y los cordones sanitarios que surgieron en países europeos para evitar el avance de la ultraderecha se revelan cada vez más ineficientes.
Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.
“Los valores -la noción del bien y del mal-, nuestras convicciones sobre la justicia y los derechos humanos, ya no son verdades evidentes”, afirma Ryrie, pero rápidamente se despega de cualquier lamento. ¿Estamos inmersos en un caos de sentido? Sí. ¿Asistimos a un momento sumamente relativista en el que se hacen sentencias antes impensadas? También. Pero Ryrie no lo ve con nostalgia sino que encuentra una oportunidad para construir una nueva síntesis ética, que no deje atrás las lecciones aprendidas del nazismo pero construya ejemplos positivos. Si Hitler fue el punto de referencia de la moral pública, el ejemplo negativo de la maldad por excelencia para orientar la brújula moral, Ryrie propone construir una moral positiva que también funcione como guía. “Ahora sabemos qué es lo que odiamos pero no lo que valoramos. Nuestra comprensión de lo que los filósofos solían llamar el bien es bastante pobre”, opina.
La clave de esta nueva síntesis para Ryrie está en no derogar los valores antinazis pero tampoco depender exclusivamente de ellos. Propone buscar en las tradiciones éticas y espirituales más antiguas que la era Hitler dejó atrás. Pero esto también encierra una trampa: la salida puede ser conservadora. Es evidente que las derechas y las ultraderechas ya están abocadas a esta tarea y proponen la moral judeocristiana como una política de Estado. Lo dijo el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la conferencia de Seguridad en Munich en febrero pasado, cuando invitó a Europa a revitalizar su alianza en honor a su historia compartida. “Estamos unidos por los vínculos más hondos que cualquier nación podría compartir, fraguado a lo largo de siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje”, dijo Rubio. Días después, Javier Milei anunció en la apertura de sesiones que convertirá a la “moral en política de Estado” y destacó los “valores judeocristianos”. Si bien Ryrie no le ve mucho futuro a estas versiones conservadoras porque dice que, al definirse en oposición al progresismo y los valores antinazis, cometen el mismo “yerro moral”, su crecimiento no es para desmerecer.
“El problema con los valores posnazi es que son insuficientes. Hace falta mostrar algo que valga la pena amar, más que odiar”, sugiere Ryrie, y ve algo de esta manifestación en el enorme crecimiento del cristianismo pentecostal que hubo en el último medio siglo. “Si 500 millones de personas encontraron color y luz en esta tradición y lo hicieron sin desafiar los valors de la era antinazi sino ‘trascendiendolo’ –dice el autor–, las tradiciones que triunfen en este siglo serán las que averigüen cómo trascender la guerra cultural en lugar de limitarse a ahondar sus trincheras”.
