Malvinas en un escenario de subordinación estratégica: de la guerra de 1982 a la actual guerra híbrida

02 de abril, 2026 | 16.17

Este 2 de abril, Día de los Veteranos y Caídos en la Guerra de Malvinas, honrar su memoria implica no solo recordar su entrega, sino sostener activamente la lucha por la recuperación de las Islas y la soberanía nacional. Sin embargo, mientras el Reino Unido ratifica el valor estratégico de su ocupación como pieza clave para el control del Atlántico Sur y la proyección antártica, el gobierno argentino revive de modo dogmático el desechado “realismo periférico” para complacer a Estados Unidos, asumiendo una agenda de desnacionalización estratégica que entre sus tópicos incluye negociaciones para ampliar la presencia militar estadounidense en Tierra del Fuego y la región. Más grave aún para la política sobre Malvinas, es la aproximación a Gran Bretaña en asuntos tan sensibles como la ciberseguridad mediante la renovación de un Memorándum de Entendimiento sobre Seguridad Nacional.

44 años después, la guerra persiste, aunque ha mutado en sus formas. De la confrontación militar abierta se ha pasado a una lógica de guerra híbrida, donde se combinan dimensiones económicas, tecnológicas, logísticas y diplomáticas. El control de los recursos estratégicos, la infraestructura crítica, las rutas energéticas y la proyección hacia la Antártida se convierten en los nuevos campos de disputa. En este escenario, la subordinación en materia de defensa, tecnología e inserción internacional no es un dato accesorio, sino un factor central que condiciona la capacidad argentina de sostener una estrategia soberana.

Del reclamo histórico a la disputa geopolítica

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El reclamo argentino sobre las Islas Malvinas constituye la causa más persistente de su política exterior. Desde la ocupación ilegal británica de 1833, Argentina ha sostenido su reivindicación sobre bases históricas, jurídicas y geográficas, con respaldo de resoluciones internacionales que reconocen la existencia de una disputa de soberanía. Sin embargo, en la actualidad la cuestión excede el plano diplomático y se inscribe en una disputa geopolítica más amplia, atravesada por intereses militares, energéticos y estratégicos de alcance global.

En este contexto, el Atlántico Sur ha adquirido una centralidad creciente. La presencia británica no solo se mantiene, sino que se ha consolidado mediante el fortalecimiento de capacidades militares, logísticas, económicas y científicas. Al respecto, hay que destacar su interés por la exploración y explotación de recursos estratégicos -hidrocarburos, pesca, biodiversidad- y por las rutas de acceso a la Antártida. Malvinas funciona así como una plataforma de control territorial y proyección geopolítica, donde la soberanía se define cada vez más por la capacidad efectiva de ocupación, gestión y defensa del territorio.

Para Argentina, esto plantea un desafío estructural. La efectividad de la vía diplomática depende de su articulación con políticas de defensa, desarrollo tecnológico e inserción internacional autónoma. La disputa ya no puede pensarse como un diferendo bilateral aislado, sino como parte de una reconfiguración del poder global donde intervienen actores extra-regionales, se disputan recursos “críticos” y se define la capacidad de garantizar la soberanía argentina en las próximas décadas.

Defensa, alineamiento y pérdida de autonomía

En este marco, la política de defensa experimenta un cambio de orientación. La incorporación de la noción de “guerra híbrida”, centrada en la protección de infraestructura energética, nuclear y minera, redefine el rol de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, esta reconfiguración no responde a una doctrina autónoma, sino que se inscribe en la agenda estratégica de Estados Unidos.

El alineamiento con Washington se expresa tanto en la adquisición de equipamiento -helicópteros Black Hawk, blindados Stryker y capacidades de ciberdefensa- como en la inserción en esquemas como el denominado “Escudo de las Américas”. En este marco, Argentina es concebida como proveedor seguro de recursos estratégicos en un contexto de crisis energética global, orientando su política de defensa a la custodia de lo que Estados Unidos define como infraestructura crítica. Esta orientación se complementa con acuerdos que priorizan el acceso estadounidense a minerales estratégicos, profundizando la dependencia.

Más allá de estas iniciativas, la influencia estadounidense se articula a través de espacios como la South American Defense Conference (SOUTHDEC), impulsada por el Comando Sur, donde se definen agendas, doctrinas y prioridades en materia de defensa bajo el lenguaje de la cooperación. En términos geopolíticos, estos mecanismos operan como dispositivos de alineamiento que condicionan la autonomía estratégica de los países latinoamericanos.

La experiencia de la guerra de 1982 ofrece lecciones que mantienen plena vigencia. La dependencia en materia de armamento -evidenciada en el corte de suministros por parte de países de la OTAN- expuso los límites de una defensa no autónoma. Esta lógica se reproduce hoy en decisiones como la compra de cazas F-16 usados, con aprobación británica. En contraste, experiencias como la brasileña, que desarrolla aviones supersónicos y pretende alcanzar misiles del mismo tipo para el próximo año, muestran la importancia de construir capacidades industriales y tecnológicas propias, incluso con sus límites, como base para una mayor autonomía.

En paralelo, la dimensión regional aparece debilitada. Si durante la guerra de 1982 América Latina expresó niveles significativos de solidaridad, en la actualidad predominan alineamientos que fragmentan esa posibilidad. La subordinación a agendas externas erosiona las condiciones para una estrategia común frente a desafíos compartidos. Si en el contexto de la guerra de Malvinas, países como Cuba y Venezuela -entre otros latinoamericanos- prestaron colaboración diplomática y hasta ofrecieron ayuda militar a la Argentina, hoy el gobierno de Milei se alinea a la estrategia estadounidense de bloqueo total a la isla y celebra el bombardeo contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro. Asimismo, esta estrategia debilita la relación bilateral con Brasil, con quien años atrás se habían logrado acuerdos en materia de defensa y equipamiento.

Tierra del Fuego y la disputa por el sur global

Este debilitamiento también se expresa en el escenario antártico. Mientras Chile despliega una política sostenida basada en inversión, planificación y articulación entre ciencia, defensa y proyección internacional, Argentina evidencia problemas de coordinación y retrasa proyectos estratégicos como el Polo Logístico en Ushuaia. La cooperación chileno-británica, incluso con ejercicios militares vinculados a Malvinas, refuerza capacidades en territorios en disputa y complejiza aún más la posición argentina.

En un contexto global donde la energía ocupa un lugar central, la dependencia tecnológica, la desarticulación de proyectos estratégicos y la reorientación hacia un rol de proveedor primario refuerzan tendencias de desnacionalización de recursos. Así, el alineamiento en materia de defensa convive con procesos de cesión y opacidad en el control de bienes clave como minerales, agua y territorios sensibles.

Puede hablarse, entonces, de una redefinición regresiva de la defensa nacional. Mientras las Fuerzas Armadas se orientan a funciones asociadas a agendas externas -como el combate al narcotráfico o la protección de infraestructura definida por otros actores-, se diluye su rol central en la defensa de la soberanía frente a la persistencia del colonialismo británico. Con 1,6 millones de km² bajo ocupación y Malvinas convertida en una gran base militar de la OTAN, la Argentina enfrenta el riesgo de consolidar una subordinación estratégica.

En este escenario, Tierra del Fuego se vuelve la pieza clave -la verdadera bisagra geopolítica- del Atlántico Sur. Allí se condensan la proyección hacia Malvinas, el acceso a la Antártida y el control de rutas y logística estratégica. Sin embargo, lejos de consolidarse como un enclave soberano, el territorio aparece atravesado por disputas propias de la guerra híbrida: el interés de Estados Unidos por limitar la participación china en proyectos de infraestructura no responde solo a criterios económicos, sino a la competencia por el control de nodos críticos en el extremo sur. Malvinas ya no es solo una guerra pasada ni un reclamo diplomático persistente, sino una confrontación en curso bajo nuevas modalidades. De la guerra convencional se ha pasado a una guerra híbrida, donde la disputa por la soberanía se juega en el control de recursos, infraestructura, tecnología y territorio. En este marco, la subordinación en materia de defensa e inserción internacional no es un dato accesorio, sino el núcleo del problema.

Recuperar Malvinas, en este contexto, implica reconstruir una política de defensa autónoma, fortalecer el control sobre los recursos estratégicos, reactivar la integración regional y disputar activamente el sentido del desarrollo nacional. De lo contrario, el riesgo no es solo la persistencia del enclave colonial británico, sino la consolidación de una dependencia más profunda y extendida.