Georgina Orellano: "Donde el mileísmo ve narcotraficantes, las putas vemos personas que el peronismo no logró contener"

En una entrevista mano a mano con El Destape, la trabajadora sexual y líder sindical de AMMAR Georgina Orellano presentó su nuevo libro, Vidas de putas.

25 de junio, 2026 | 17.40

“El progresismo y el peronismo tienen la varita de la corrección política y se espantan”, sentenció Georgina Orellano desde un bar de San Telmo, una mañana de invierno, cuando habló de las incongruencias de la fuerza que la representa a la hora de encarar políticas de ayuda para las trabajadoras sexuales, sector que protege y asiste con la asociación civil AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina), en su cargo de Secretaria General. En una entrevista exclusiva con El Destape a raíz de su nuevo libro Vidas de putas, Georgina ahondó en las vidas, demandas e historias de sus compañeras de yire, lo que las interpela, les genera conflicto y las cosas que pasan en Constitución, un barrio donde la marginalidad es foto todos los días y la Policía tiene vía libre para cometer atrocidades humanas en pos de “higienizar la zona”, en un punto estratégico en las campañas de seguridad de las autoridades de la Ciudad.

En la madrugada de este jueves, Georgina vivió en carne propia la violencia de la Policía en las inmediaciones de su casa, en medio de un operativo en Constitución. "Fue detenida ilegalmente durante esta madrugada frente a su domicilio con seis móviles policiales y sin ninguna orden judicial", sostuvieron desde AMMAR. Cerca de las 14, tras mantenerla incomunicada toda la noche, fue liberada. Ningún efectivo de la Policía justificó el operativo. “Es muy difícil que las personas que tienen una lejanía con nuestras vidas puedan comprender cómo se subsiste en ese tejido social que está roto y cómo hay un montón de personas, inclusive compañeras nuestras, que hacen lo que pueden con lo que tienen a su alcance, y aún así la respuesta del Estado es el castigo y la cárcel”, reflexionó Orellano, trabajadora sexual y líder sindical, hace tan solo unos días atrás al presentar el escenario actual que atraviesan las putas en medio de un plan de gobierno deshumanizante con los sectores bajos, impulsado por Javier Milei.

Esas luchas también pueden construirse desde el feminismo y sé que durante años, las trabajadoras sexuales fueron muy resistidas por varios grupos dentro del colectivo. ¿En qué situación dirías que está hoy esa discusión?

- Creo que hicimos todo un camino pedagógico para articular relaciones invitando a un montón de compañeras de distintos espacios a nuestra casa, para que conozcan el rol social que cumplimos en el barrio, a hacer recorridas y a actividades en la plaza Garay con el fin de compartir nuestras estrategias comunitarias, corriéndonos de la discusión tan tramposa que durante mucho tiempo nos llevó a tener ese enfrentamiento de posturas irreconciliables. 

La verdad es que esa discusión que durante mucho tiempo estuvo dentro de los espacios feministas no es un tema del que hablemos permanentemente entre nosotras en la Casa Roja ni tampoco una lucha que se dé en los barrios. En un momento determinado elegimos no dejar que las de afuera vengan a marcarnos la agenda, porque lo que nos mueve a nosotras tiene que ver con otras realidades y con otros problemas de mujeres que necesitan soluciones inmediatas.

Georgina Orellano, autora de Vidas de putas. Calle, sexo y mentiritas.

Lo pregunto porque son varios los capítulos donde se critican incongruencias de ciertas ramas del feminismo institucionalizado.

- Sí, yo creo que hoy por hoy quien es abolicionista no va a cambiar su postura. Y quien pudo cambiar su postura, fue a partir de haber escuchado a las trabajadoras sexuales. Nosotras creemos que nuestro rol dentro del feminismo ya está agotado, porque hoy esa lucha es de dos posiciones que aprendieron a convivir. El problema actual viene del Estado, donde hay legislaciones abolicionistas y esas sí son las más difíciles de modificar. Ahí sí tenemos una gran barrera, porque todas las legislaciones que tenemos en Argentina con respecto al trabajo sexual son punitivistas y nosotras lo vemos cuando se acerca una compañera trabajadora sexual con un informe social, para poder acceder a un subsidio habitacional, y cuenta como del otro lado se la infantiliza y se la maltrata.

La llegada de Only Fans corrió un poco los temas de interés…

- Es un tema complejo porque hay que hablar de quiénes hacen Only Fans… Para mí es equiparable a lo que sucede con los que trabajan en Cabify o haciendo reparto en Mercado Libre y Rappi. Son nuevos sujetos de la clase trabajadora que tienen otras demandas y deseos que por ahí no son las ideas revolucionarias que han tenido muchos compañeros en los años ‘70, pero que tienen que ser respetadas y escuchadas. Son pibes que están atravesados por la materialidad, el dinero. 

Hace poco tuvimos una reunión con compañeras que trabajan en plataformas digitales y algunas me decían que no se reconocían como trabajadoras sexuales porque lo que hacían era momentáneo. Se querían escapar del estigma y lo hacen porque necesitan el dinero, pero después se dan cuenta de que es un trabajo. También es cierto que hay una romantización con respecto al Only Fans: no es solamente prender la camarita y esperar que te lleguen suscriptores y que en tu billetera virtual ingrese dinero. Hay compañeras que prenden la cámara a las 4 de la tarde y recién la apagan a las 4 de la mañana del otro día. Te venden el cuento de que podés ser tu propio jefe, pero terminás trabajando para una plataforma que ni siquiera sabés quién es el dueño.

¿En AMMAR también se acciona en defensa de las trabajadoras sexuales de plataformas?, ¿qué demandas llegan al sindicato?

- Hay muchas situaciones de acoso virtual, chantajes, robo de contenido. Lo que tienen las plataformas es que cuando vendés un video a un suscriptor, perdés el control de lo que pueda hacer con eso sin tu consentimiento y no tenés a nadie para dejar asentada una denuncia y que la plataforma aplique una sanción contra el agresor.

Me acuerdo que una vez, una compañera me contó que trabajaba en varias plataformas virtuales y que como un mes había ganado bien pero al siguiente fue a pérdida, decidió pasar de la virtualidad a la presencialidad cuando un cliente le ofreció un servicio. La verdad es que, según lo que nos contó ella, la pasó muy mal cuando fue al encuentro porque el hombre que la contrató no le pagó y la dejó encerrada en el baño. Cuando escuchás muchos relatos como este, la toma de acciones se hace imprescindible y, sobre todo, tejer redes con estas mujeres que desconocen los acuerdos del trabajo sexual. Only Fans te aísla de lo colectivo; no es lo mismo que trabajar en la esquina y encontrarte con otras compañeras y compartir, hablar. En AMMAR emprendemos tareas para asesorar a estas chicas y enseñarles políticas de cuidado.

¿Cómo terminó la historia del cliente que no pagó?

- El cliente era profesor de una escuela pública de élite, de la Ciudad de Buenos Aires. Lo primero que hicimos con el sindicato fue ver si esa escuela tiene una oficina de género y cuando lo corroboramos, trasladamos un pedido a las autoridades: “No queremos una sanción porque esto pasó por fuera del establecimiento y en la vida privada del docente, pero nosotras queremos, como organización y representación sindical de esta compañera, darle 48 horas a esta persona para que abone las 5 horas de contratación del servicio que no pagó. Si no hay respuesta tras este lapso, procederemos a hacer una denuncia penal”. A las 24 horas del comunicado nos llegó el comprobante de la transferencia.

Hasta que AMMAR actuó para ayudarla, esta compañera decía que no necesitaba del Estado y que no quería sindicalizarse porque era una pérdida de tiempo. Bueno, terminó por darse cuenta de que los sindicatos son importantes.

Portada del libro de crónicas Vida de putas. Calle, sexo y mentiritas.

¿Qué es lo que más te preocupa de estas nuevas demandas?

- Saber que todavía hay muchas compañeras sin herramientas. Eso lleva a que una se pregunte qué hubiese pasado si el sindicato hubiera llegado antes. Probablemente, mucha más conciencia para entender los riesgos.

En Vidas de putas hay varios capítulos donde se abordan situaciones e historias de trabajadoras que venden “mentiritas” (término acuñado para referirse a las piedras fraccionadas con antigripal, bicarbonato, ibuprofeno y azúcar) en Constitución, porque el mercado del sexo no les es rentable. ¿Cómo se actúa desde el barrio para darle contención a mujeres pobres que la Policía trata como narcotraficantes?

- Eso, a veces, es un motivo de discusión dentro de la casita (hace referencia a la Casa Roja, ubicada en Constitución): ¿qué se hace con las que caen presas porque les encuentran en la cartera seis envoltorios?, ¿se les da un abogado para que las represente o no? Es un tema que genera fracturas y se han ido compañeras de la organización porque no estaban de acuerdo con que sumemos la representación legal en estos casos.

Lo primero que hacemos en AMMAR es revisar la causa, leerla y hablar con el defensor público para pensar una estrategia de manera colectiva. Todas las dirigentes tuvimos que hacer un taller de alfabetización judicial y aprender la Ley de drogas, así sabemos los pormenores de la ley y los acuerdos que proponen algunos fiscales como medidas preventivas. Hasta el año pasado todas salían con aprobation de horas de trabajo comunitario y ahora eso se terminó; los fiscales están mucho más duros porque la política de seguridad con respecto a la Ley de drogas se modificó drásticamente. Es parte del proyecto de exterminio al otro y de limpieza e higienización de los  barrios que propone el Gobierno nacional. Ahora la medida preventiva es que la compañera encarcelada tenga prohibido el acercamiento al lugar donde supuestamente cometió la actividad ilícita. Ahí hay un problema muy grave, porque todas viven en el barrio de Constitución, donde trabajan. La Policía les da una pulsera de geolocalización que las monitorea por donde circulan y las pulseras no tardan en sonar cuando se dirigen a sus casas.

Es terrible.

- Y sobre todo porque la Policía hace un circo de cada detención: caen los patrulleros y las tratan como narcos. La verdad es que es muy triste porque son mujeres pobres, que recurren a la venta de drogas para poder comer, pagar el alquiler y no quedarse en la calle. “Georgina, invertí en en una piedra, la fragmenté, le puse qura plus, ibuprofeno, harina, azúcar y de 10 bolsas que tenía que con esa piedra hice 30”, me dijo una compañera una vez. Eso no es narcotráfico y esa es la realidad de las putas. En Constitución hay otros sectores que se dedican al narcomenudeo, pero no son perseguidos porque no cargan con el estigma que sí tenemos las que laburamos en la calle. Mi lectura es que donde el mileísmo ve narcotraficantes, las putas vemos personas a las que el peronismo no logró contener. El Estado nunca estuvo, ni ahora ni con el gobierno de Alberto.

“Yo soy puta porque lo deseo y lo elijo”

De familia numerosa, seis hermanos y una madre que enviudó en su juventud y tuvo que ser sostén de hogar- “mi papá murió de un ataque al corazón arriba del tren, en la estación José C.Paz”, recordó Georgina-, su vida siempre estuvo marcada por la cultura del trabajo. “Tenés que terminar la secundaria para ser alguien en la vida”, le dijo su madre a una joven Georgina que aún no sabía cuál sería su destino. Su camino en la calle, ejerciendo la prostitución, la mantuvo alejada de su circulo familiar por 8 años. El tiempo la acercó a los suyos y sanó las heridas que dejaron los secretos. Sobre este tiempo de silencio se repite una idea: “Yo no quería ser la burla de la mesa”.

¿A qué edad empezaste en el trabajo sexual?

- Fue en el 2005, tenía 19 años y ya había hecho otros trabajos: fui empleada de casas particulares, hice limpieza, daba clases particulares a pibes que se llevaban materias -porque en la secundaria siempre fui muy buena alumna- y también fui niñera. 

Una vez trabajé cuidando y dándole clases particulares al hijo de una mujer joven, con la que generé confianza después de un año. Ella tenía 29 años y yo 19. Y el trabajo sexual apareció después de una conversación que tuvimos, una tarde que volvió temprano del trabajo y nos quedamos tomando mates. “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?”, me preguntó. “Conseguir un trabajo con el tuyo”, le respondí. Me gustaba esa dinámica: trabajaba pocas horas -y había veces que no trabajaba-, venía temprano y tenía dinero. Era una mujer sola con cuatro pibes y se daba gustos. Pero yo no sabía nada de su trabajo y ella lo había ocultado muy bien hasta ese día. “Yo no soy lo que te dije que era”, me dijo y remató: “Yo soy prostituta”.

¿Cuál fue tu reacción?

- Me sentí re incómoda, dejé de tomar mate y me hice la que mi mamá me había mandado un mensaje por celular, para salir de ahí. Cuando estuve afuera sentí la necesidad de contárselo a alguien, porque no podía creer que había trabajado cuidando los hijos de una prostituta durante todo un año. Al final no le conté a nadie, pero lo primero que hice fue meterme en un cyber y googlé “prostituta”, y me encontré con un montón de cosas que no reflejaban a la mujer que yo veía todos los días, que se desvivía por sus hijos.

A su casa volví y ella me recibió con una mirada de sorpresa. “Pensé que no ibas a venir más”, anunció. Pero yo con ella no me sentía menospreciada. A partir de ahí empezó a contarme cosas de su trabajo y me mostró un mundo que no aparecía en los informes que yo había leído sobre las cosas que se decían sobre la prostitución.

Te convenció de que era una forma de trabajo posible.

- Sí. Ella me había contado que había un cliente que estaba muy pesado en la zona buscando una chica más o menos con mi perfil, que no sea de la calle, que estudie y que le guste salir, y a mí me generó curiosidad saber cómo era ese cliente. “Normal”, respondió. Ese día me fuí a casa con intriga: en mi cabeza pensaba “ni en pedo haría algo así”, pero quería saber cómo era esa persona.

¿No habías visto una foto de su rostro?

- No, pero la pedí y cuando me la mostraron, yo veía a un tipo normal, no al estereotipo monstruoso y feo con el que se piensa a los clientes. Era un tipo común.

Acepté encontrarme con él y mi amiga me sugirió coordinar un primer encuentro donde no haya sexo y sea únicamente conocerse. Ahí me di cuenta de mi ignorancia con el tema, porque hasta ese momento pensaba que el trabajo sexual era sexo y punto. La verdad es que hay un montón de servicios y hay un montón de formas de tener sexo que no implican la manera de contacto que yo pensaba a mis 19 años. Ahí aprendí que en el trabajo sexual una tiene que desnudar el alma, hablar con el otro, decidir qué cosas contar y qué cosas inventar, y qué cosas no se comparten con un cliente.

Sucedió el encuentro y…

- No tuve contacto sexual físico con el cliente, no lo abracé, no lo besé, solo charlamos. Me pagó por escucharlo, hacerlo reír, contarle mis historias. El sexo, la concepción que tenemos de disfrute, no es la penetración solamente. Es muy conservador pensar el trabajo sexual de esa manera.

¿Sos consciente de que tu camino en el trabajo sexual es bastante atípico que el de muchas personas que lo hacen por necesidad económica?

- Por supuesto. Yo soy puta porque lo deseo y lo elijo. Después lo pude dejar de hacer y tuve otros empleos, inclusive hubo clientes que me consiguieron trabajos. Pero siempre está la doble moral de quién te dice “vos estás para otra cosa” y te quiere meter nuevamente en el sistema, algo que particularmente no me gusta porque no me siento cómoda, no soporto trabajar tantas horas y cuando trabajás en una empresa bajo las órdenes de un patrón, los acuerdos nunca son del todo claros.

Ser puta tiene un montón de riesgos, como haber ido presa y que el padre de mi hijo haya judicializado la tenencia de mi hijo, pero también me dio otras cosas como poder manejar la humillación: el sistema laboral maneja tratos humillantes con quienes somos morochos y venimos de sectores populares… Siempre hay alguien que se cree con la superioridad para tratarte mal.