“Un libro es una promesa de transformación y si no funcionó en mí, ¿significa que tengo algo malo? Esa pregunta neurótica lleva a la culpa”, explica Agustina Smith, psicóloga y ávida consumidora de productos culturales. Aunque dejar un libro por la mitad no parece algo grave, para muchos lectores sigue sintiéndose como un fracaso personal. Incluso cuando la historia no atrapa o la lectura se vuelve tediosa, abandonarla suele vivirse con culpa.
Incluso Jorge Luis Borges se posicionaba como un defensor de abandonar libros. En una entrevista de 1978, lo resumía con claridad: “Si un libro les aburre, déjenlo. No lo lean porque es famoso o porque es moderno o porque es antiguo. (...) La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”. Pero la culpa sigue estando ahí, como un condicional para disfrutar el mero acto de leer.
La explicación no pasa solamente por el libro, sino por lo que creemos que abandonar ese libro dice sobre nosotros mismos. En un contexto donde la lectura también se volvió una identidad, y muchas veces una identidad pública, dejar una novela inconclusa puede sentirse como un fracaso personal.
Smith vincula este fenómeno con las comunidades lectoras que crecieron alrededor de las redes sociales. Allí, la figura del “lector” aparece muchas veces asociada al rendimiento: terminar libros, mantenerse actualizado y participar activamente de las conversaciones culturales. “Un lector que no termina sus libros se siente en falta, su identidad está tan adherida, tan descripta por la palabra 'lector' que no completar un libro es una batalla perdida contra la imagen de uno mismo que es volcada en comunidad”, analiza.
En ese punto, tal como explica la psicóloga, aparece también el concepto de disonancia cognitiva: la tensión que sentimos cuando nuestras acciones no coinciden con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Entonces, la culpa aparece cuando dejamos de hacer aquellas cosas que sostienen cómo queremos percibirnos frente al resto.
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Sin embargo, la presión no es únicamente simbólica. En Argentina, además, hay un componente económico imposible de ignorar. Los libros son caros y muchas veces la idea de abandonar uno genera la sensación de haber "desperdiciado". “Una persona se puede obligar a terminar un libro que odia por una cuestión de inversión: gasté plata, tiempo y energía en esta historia, no puedo dejarlo por la mitad”, resume Smith.
La lectura como una maratón: no importa cuál es la meta, solo hay que ganar la carrera
Es habitual escuchar a lectores afirmar que terminar un libro es una decisión “personal”, desligada de cualquier presión externa. Pero cuando ciertas exigencias están tan internalizadas, el límite entre deseo propio y mandato social empieza a volverse difuso.
Smith sostiene que hoy existe una preocupación excesiva por el rendimiento lector y por la necesidad de mostrar esa experiencia hacia afuera. Plataformas como Goodreads transformaron algo íntimo y subjetivo en una actividad cuantificable: registrar cuántos libros se leen por mes, cuánto falta para terminar una lectura o qué tan alineado está nuestro gusto con el del resto de la comunidad.
En ese contexto, leer empieza a parecerse cada vez más a una competencia. Ya no se trata solo del vínculo con el libro, sino también de construir una determinada imagen de uno mismo. La psicóloga lo explica a partir de la distancia entre el “yo ideal” y el “yo real”: la imagen del lector perfecto (el que lee cien libros por año, entiende todo y nunca abandona una historia) frente a la experiencia concreta de aburrirse a las cien páginas del libro que revolucionó BookTok. “Si esa distancia se agranda por mis acciones me va a generar culpa, porque no estoy llegando a mi ideal. ¿Eso lo impone el afuera? Claro, pero una vez que lo internalizamos, esa persecución por la imagen idealizada se siente muy propio”, desarrolla.
La lógica del rendimiento también transforma la manera en que se percibe el cierre. “Es más medible el libro finalizado en una aplicación, que el disfrute y la experiencia. La lógica del cierre nos da cierto placer porque al terminar se reduce la incertidumbre y nos da una sensación de logro”, agrega Smith. Y en una época atravesada por redes sociales, influencers literarios y consumo constante de contenido, esa presión parece multiplicarse. Todos los días aparecen nuevos títulos, nuevas recomendaciones y nuevas listas de “libros imprescindibles”, generando la sensación permanente de estar llegando tarde a algo.
¿Abandonar libros nos hace menos lectores?
La lectura tiene un fuerte valor simbólico. “Un libro tiene el simbolismo de la transformación, de lo intelectual, de ser una propuesta para crear mundos imaginarios en nuestras mentes. Es una promesa de cambio”, señala Smith. Y cuando gran parte de la identidad personal se construye alrededor de ese hábito, quedar afuera de ciertas conversaciones culturales puede sentirse "devastador".
Esto pasa particularmente en comunidades lectoras donde determinados libros se convierten en fenómenos colectivos. “Es mejor pertenecer odiando el libro que decir que no lo pudiste terminar”, sintetiza la psicóloga.
Sin embargo, Smith propone pensar el abandono desde otro lugar. Más que una derrota, puede ser una decisión atravesada por el momento personal, el timing o incluso el vínculo particular que cada lector establece con ciertos textos. “Tal vez esa historia, ese escritor/a no está escribiendo para nosotros. O incluso puede ser que sea una cuestión de tiempo, de timing. Tal vez no es el momento para leer esa historia”, reflexiona. Y quizás ahí esté el verdadero problema: en haber convertido la lectura, una experiencia atravesada por el placer, el tiempo y la subjetividad, en otra lógica de rendimiento.
Quizás aprender a dejar libros por la mitad también sea una forma de recuperar algo que las exigencias de productividad terminaron borrando: el derecho a leer sin culpa.
