La literatura de Pilar Quintana tiene algo profundamente incómodo: incluso cuando sus historias transcurren en escenarios extremos, nunca se sienten lejanas. La selva, el aislamiento, la violencia o el miedo aparecen en sus novelas como formas de amplificar experiencias humanas mucho más universales. Por eso sus libros generan una sensación extraña: la de reconocer en sus personajes emociones, vínculos y temores que exceden completamente la ficción.
Autora de novelas como La perra y Los abismos, ganadora del Premio Alfaguara de Novela en 2021, Quintana se consolidó como una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana contemporánea a partir de una obra atravesada por la naturaleza, el cuerpo, la maternidad, el deseo y las tensiones sociales que moldean la vida cotidiana de las mujeres. En Noche negra, su última novela, retoma varios de esos elementos para construir la historia de Rosa, una mujer que se instala en la selva colombiana buscando una vida distinta y termina enfrentándose a una experiencia profundamente reconocible: el miedo constante de habitar el mundo siendo mujer.
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En su paso por Buenos Aires, la escritora colombiana conversó en exclusiva con El Destape sobre la construcción de esta novela, la naturaleza como territorio hostil, la herencia de la novela selvática latinoamericana, los prejuicios que todavía atraviesan a las escritoras y el lugar que ocupan hoy las mujeres dentro de la industria editorial.
Noche Negra: una novela para repensar la misoginia y nuestro vínculo con la naturaleza
Hablemos un poco de Noche Negra. ¿Cómo fue el proceso de escritura de esta historia tan particular?
No vas a pensar, por favor, que es una historia autobiográfica porque aunque lo parezca, no lo es. Pero yo me fui a vivir al Pacífico colombiano con mi ex marido que era irlandés y construimos nuestra propia casa con las manos. Mucha coincidencia, pero de verdad que no es una novela autobiográfica, solo se alimenta de esa historia real. Rosa es una mujer que nació en 1941, yo soy del 72, me llevo más de 30 años.
Aunque la realidad está completamente cambiada, tergiversada, retorcida, para hacer la historia de ficción, también hubo un periodo de tres meses donde me quedé sola en mi casa porque a mi ex marido le tuvieron que hacer una cirugía. Mientras él hacía el proceso de rehabilitación estuve tres meses sola y creo que fue una experiencia determinante. Mientras yo la vivía me sentía muy valiente y que todo estaba bien, pero con los años he venido a entender que pasé miedo, que hubo temas difíciles, que un vecino, que parecía muy simpático, se volvió libidinoso, mientras yo estaba con mi marido me respetaba pero apenas se fue mi marido no se volvió chévere, sufrí el acoso de otro vecino, de un amigo y dos personajes de la comunidad también fueron agresivos. Era una casa muy abierta, tenía puertas y ventanas el cuarto donde yo dormía pero el resto de la casa era muy abierta en medio de la selva y bueno, tuve que pasar esos tres meses en soledad.
Más allá de la particularidad del escenario en donde lo vive Rosa, cuando leía el libro no sentía ajenas sus sensaciones. Es lo que vivimos todas la mujeres. ¿Cómo construiste este personaje sabiendo que estaba en un contexto particular pero atravesando los mismos miedos que todas tenemos sin importar el lugar en el que estemos?
Es una situación muy particular la de Rosa, pero no lo es tanto. Está en la selva, en un lugar aislado, pero esto nos pasa también en la ciudad. Y además uno pensaría que, bueno, como se fue a un lugar más inhóspito, por así decirlo, se iba a a salvar de esta situación. Aunque quiera escapar no puede. Es la idea del patriarcado, que tanta gente como que desconoce y le parece que es un invento, está en todos lados.
Cuando terminé la novela tuve varias entrevistas con editoras de Estados Unidos y Londres que estaban interesadas en comprar la novela para la traducción, y me sorprendió que estas mujeres de Estados Unidos o del Reino Unido me dijeran que habían vivido la misma situación de Rosa, y no en la selva o en Latinoamérica, en Nueva York y en Londres. Es una experiencia universal. No necesitamos irnos para la selva para sentirnos asediadas, es algo que está en nuestra cotidianidad, todo el tiempo lo sentimos.
En ese sentido, la naturaleza también juega un rol importante. Generalmente cuando pensamos en "irnos a la naturaleza" tiene que ver con una idea de desconectar de la rutina. Pero para Rosa, que fue con esa idea, se termina volviendo un calvario. ¿Qué encontraste en este elemento para narrar la historia?
Cuando nos vamos de vacaciones nos parece que allá en la naturaleza podemos relajarnos. Claro, porque estamos de vacaciones, estamos en un hotel, no es nuestra vida cotidiana. Creo que tenemos esa idea de que allá afuera está la tranquilidad que en la ciudad no porque existe el capitalismo y la idea de tener que producir. Pero cuando tu cotidianidad pasa en la naturaleza, es igual de estresante a la ciudad.
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Yo no sé por qué tenemos esta idea de la naturaleza como un lugar tranquilo. Hemos visto documentales de vida salvaje, ¿cuándo has visto un animal en la naturaleza que está relajado, viviendo tranquilo? Están absolutamente estresados, tratando de procurarse el alimento, de defenderse de los atacantes, de que sus hijos sobrevivan, de recuperarse de los ataques, de las enfermedades, de las heridas, de los problemas con sus congéneres. Y no es diferente para nosotros la vida en la naturaleza. La vida en la naturaleza es una constante lucha. Y bueno, yo vine a descubrirlo viviendo en la selva y me interesaba un poco trabajar sobre esa idea, de desafiar esta visión romántica y occidental de la naturaleza como el paraíso.
¿Y crees que es posible en algún momento desafiar a la naturaleza?
Lo que pasa es que nosotros en la ciudad tenemos la impresión de que no la estamos desafiando. Pero cuando te vas a vivir a la selva descubrís que para sobrevivir en la selva tenés que sacar tu espíritu conquistador. Que es algo que rechazamos y que vemos como malo. Los conquistadores que llegaron al nuevo mundo, a la rapiña y a barrer con todo lo existente y a destruir la naturaleza. Esa es una visión que tenemos de nosotros y lo vemos como algo negativo, pero ese instinto agresivo es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie.
Nosotros en la ciudad tenemos la impresión de que no hacemos daño a nadie y que estamos tranquilamente mientras nos comemos nuestro pedazo de carne, pero es que ese pedazo de carne viene de un ser vivo que otro mató por nosotros. Eso hace parte de nuestra supervivencia como especie.
Rosa, como nos han enseñado a todos nosotros y especialmente a todas las mujeres, ha reprimido sus instintos agresivos porque en la ciudad quizás no los necesitamos tanto. Pero cuando llega a la selva, se da cuenta que ella tiene que actuar un poco como esos conquistadores, levantar el machete y luchar contra la selva porque es la selva o ella. Se da cuenta que para sobrevivir en la naturaleza no es abrazando árboles y viviendo descalza, como pensaríamos los hippies, sino luchando contra ella.
La construcción de una identidad escritora
Tenés muchos lectores que reseñan tus libros en redes sociales y la mayoría habla de tus finales abiertos. ¿Son intencionales?
Pienso que como latinoamericanos estamos acostumbrados a los finales cerrados, y esos finales cerrados son mentirosos. Estamos acostumbrados a la telenovela que se dan un beso al final enfrente al altar y fueron felices para siempre, pero todos sabemos que, primero, no fueron felices para siempre y que la verdadera historia, la más interesante y la más compleja empieza después de ese beso. Me parece que los finales tan cerrados son muy mentirosos porque en la vida no hay esos finales cerrados.
La vida está llena de amores inconclusos, de amistades que se terminaron y no sabemos bien por qué o seguimos toda la vida tratando de entender por qué se terminaron. Me gusta esa idea de dejar el final que no sea completamente cerrado. Ahora, yo creo que voy dejando pistas en mi obra para que esos finales tengan, eventualmente, una conclusión.
En una entrevista vi que contaste que tomabas un poco la herencia literaria escrita por hombres. Estas temáticas que se abordan en Noche Negra, contabas, estaban relegadas a la literatura escrita por hombres y protagonizada por hombres. ¿Qué te llevás de esta experiencia?
Tenemos esta larga tradición de novela selvática que es muy masculina, escrita por hombres con protagonistas hombres; y cuando hay personajes femeninos son personajes que ayudan al protagonista, que lo motivan, el hombre está abatido y llega la mujer que lo inspira. Es el personaje que facilita la historia, pero que no son protagonistas de la historia. Esta novela bebe de esa tradición pero es una protagonista mujer. Vos ves que en estas novelas estos hombres nunca lavan ropa, no cocinan, todo está servido.
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Acá es una mujer que tiene la aventura selvática, con el machete y con la bota está abriéndose paso y luchando contra los elementos como hacen los hombres, pero además hay una preocupación por la cotidianidad porque a ella le toca lavar ropa, los platos y limpiar la casa. Yo la entendía tanto porque es literalmente lo que me estaría pasando a mí. No sé, yo veo una película de alguien que está náufrago, que generalmente es un hombre, y pienso 'ay pero ¿no está preocupado por lavarse la ropa?, ¿a qué está oliendo este personaje?
Pero como yo soy mujer y tengo una protagonista mujer, esos detalles están ahí. Rosa no está solo luchando contra los elementos, está luchando con la cotidianidad.
Dejar que la escritura te atraviese, se convierta en un rasgo más de tu personalidad
¿Crees que se puede escribir sin estar atravesada por las experiencias propias?
Yo creo que podrá haber autores que sean más distantes de su experiencia propia, pero me parece que es difícil encontrarlos. Por ejemplo, mi marido es escritor y escribió una ciencia ficción de la imaginación y hace unas cosas que él nunca ha hecho. Pero yo, que lo conozco profundamente, puedo encontrar el germen de verdad. Eso no quiere decir que sea un trabajo autobiográfico. En el mío es más fácil buscar el germen de donde salió, pero todas son igualmente ficción.
Yo no soy una escritora de la imaginación sino de la experiencia, yo para contar algo tengo que verlo, tocarlo, vivirlo. Entonces es más cercano lo que yo escribo a mi propia experiencia y el lector puede verlo más claramente.
¿Crees que hay límites en la literatura? Tanto para escribir, como para leer
No, y esa es la magia de la literatura. Por ejemplo, en el texto periodístico está muy acotado porque no puedes decir 'y caía una luz suave por las ventanas' si no es verdad que estaba cayendo una luz suave ¿no? Esas licencias son licencias poéticas, son licencias que se permite el escritor de ficción.
Yo soy guionista y empecé mi carrera trabajando como libretista de televisión y tenía unos límites clarísimos. Solo podía hacer capítulos unitarios y necesitaba ocho personajes, no podía pasarme. Muy cuadrado. Además era en horario triple A, familiar, entonces no podían decir groserías al aire, no podían fumar marihuana al aire, y eran unos personajes jóvenes, entonces yo decía '¿cómo no van a poder decir groserías si hablan con groserías todo el tiempo? Son unos jóvenes falsos'.
En cambio, en una novela vos podés hacer que el personaje amanezca convertido en un monstruoso insecto y está bien, o que se vaya volando al cielo, podés hacer lo que querás. No hay límite de presupuesto, eso es increíble, no hay límite de nada.
Formás parte de una generación de escritoras latinoamericanas que están pisando muy fuerte en el mercado editorial. Particularmente con Noche Negra te adentraste en un género que es furor: el terror social, terror psicológico. ¿Cómo ves esta industria editorial liderada por las mujeres?
A mí me parece un fenómeno interesantísimo porque cuando empecé a publicar, hace 23 años, se consideraba menor el trabajo de las mujeres. La "literatura femenina", esa etiqueta que le ponían, no tenía alto vuelo literario. Y las mujeres escribían sobre temas que "no eran interesantes".
Yo, como autora, sentía esta necesidad por distanciarme de la etiqueta de literatura femenina y que se viera mi trabajo como se ve el trabajo de los hombres, como se lo examina, como literatura no más, sin etiquetas. Creo que es maravilloso lo que ha pasado de que hoy en día podamos valorar el trabajo de las mujeres despojándonos un poco de prejuicios misóginos.
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Sin embargo, no siento que eso haya cambiado absolutamente del todo, porque ahora ves también que a las mujeres las ponen en mesas de literatura femenina, que les hacen preguntas del estilo '¿cómo haces para crear tus personajes femeninos?'. Y a los escritores hombres no les preguntan cómo hacen para crear sus personajes masculinos, los personajes masculinos son personajes solamente. Entonces sigue existiendo esta etiqueta de la literatura femenina.
También me preocupa que haya un lugar esperado y correcto de la literatura hecha por mujeres. Que sea la naturaleza, el terror, la maternidad porque hubo unas escritoras fuertes y buenas que cogieron esos temas y los trajeron. Me preocupa que las escritoras de otras generaciones que vienen sientan que para poder entrar al club de los escritores o de las escritoras tengan que escribir sobre naturaleza, selva, terror, maternidad desde el lugar de la oscuridad, y que no se atrevan a explorar lo que ellas verdaderamente quieren. Me parece que hace falta que veamos y nos entendamos como seres humanos completos y complejos, no solo como mujeres. Que no tengamos que estarnos todo el tiempo justificando y explicándonos como mujeres.
