Verónica Llinás atraviesa uno de los momentos más intensos de su carrera. Luego de su siniestra Gringa Casares en la serie En el Barro, la actriz se divide entre su presente exitoso con la comedia teatral Una Navidad de mierda mientras se prepara para el estreno en cines de Canelones, una comedia negra inspirada en un episodio de la vida del escritor Hernán Casciari. La película que llega a las salas este jueves sigue el secuestro de Chichita, la madre del escritor Hernán Casciari, a manos de Daniel Olesnik en 2015. Olesnik busca saldar una deuda de sangre: vengar la broma adolescente de Hernán y su amigo Chiri en 1987, que empujó a su propia madre al suicidio. Una ineludible espiral de venganza, asfixiante y fatal, que transcurre en una única noche.
En diálogo con El Destape, Llinás habló sobre sus nuevos desafíos actorales, el delicado presente de la industria audiovisual y cuestionó con dureza el discurso que, según considera, se instaló en torno al financiamiento de la cultura.
La película es un híbrido "comedia-thriller" muy curioso.
- Y no sé hasta que punto la historia está basada en hechos reales. No logré que Casciari me lo dijera (se ríe). Es verdad que es una película muy particular y creo que esa es una de las ventajas por cómo está producida, ya que no depende de ninguna plataforma. Si bien agradezco que las plataformas estén produciendo contenido en la Argentina, todas están regidas por una estructura muy característica que de algún modo homogeniza el contenido. Entonces, estas películas raras como Canelones no son muy comunes y está buenísimo que existan. Ojalá se pueda generar más contenido producido de esta manera porque da independencia.
En Canelones encarnás a Chichita, la mamá del escritor Hernán Casciari. ¿Pudiste conocerla para crear el personaje?
- Sí, la conocí, pero no me sentí obligada a tener que copiarla exactamente. Me gustó tener contacto con ella, pero me dispuse a que lo que pasara de ella hacia mí fuera por ósmosis. No buscaba observarla detenidamente para luego imitarla, sino que me apoderé del personaje.
Estás viviendo un excelente momento profesional, a pesar de los sistemáticos recortes del Gobierno a la cultura. ¿Cómo pasás esta dualidad de sensaciones?
- Es durísimo y también es muy raro porque tenés mucha gente que repite que no hay crisis porque "los teatros se llenan" y la verdad es que solo algunos teatros se llenan. Yo doy gracias a Dios porque Una navidad de mierda es un éxito, pero hay otras obras excelentes que no tienen público, y hay muchos actores que no tienen trabajo. Ahora el teatro es el refugio del actor, pero no todos podemos vivir de eso. Y si a ese factor le sumás que la televisión no existe y que el INCAA está subejecutado, el panorama es aterrador.
Me genera tristeza la confusión de muchas personas que, a pesar de sus buenas intenciones, se tragaron el discurso de que los actores pedimos que "nos paguen nuestras obritas". Esa batalla cultural lamentablemente la está ganando la derecha, porque la gente cree esas mentiras y no se permite razonar nada de lo que una pueda explicar.
Te sentís como Don Quijote contra los molinos de viento...
- Un poco sí. De todas maneras creo que en algún momento esto va a cambiar y que los actores vamos a resistir por prepotencia de trabajo. Pero en este momento está siendo muy difícil entrar en la cabeza de la gente y comunicar que cuando una pide que el Estado financie a la cultura no lo hace para que "le financien la obrita", sino porque es lo que nos da identidad como pueblo y es nuestra fuente de trabajo.
La última: luego de Canelones, llega el estreno de Villaflor. Hubo mucha expectativa cuando se supo que ibas a hacer de la fundadora de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor...
- Es uno de los personajes más desafiantes de mi carrera. La historia de Azucena y de las Madres fundadoras, y cómo Astiz se infiltró en la asociación, merecía ser contada. La película es un homenaje a esas mujeres y su resistencia ciudadana. Se estrena el año que viene.
