Si Estados Unidos no fuera Estados Unidos posiblemente, tal su caos actual, sería amenazado de invasión por Estados Unidos. Y si Estados Unidos no fuera Estados Unidos la FIFA, seguramente, ya se habría visto obligada por la prensa a emitir comunicados oficiales garantizando que el Mundial se jugará sin alteraciones en ese país (y también en México y Canadá, actores excesivamente secundarios). ¿Acaso no vimos el último sábado millones y millones de ciudadanos marchando otra vez en las calles de Estados Unidos? La tercera marcha masiva de “No Kings” se produjo en los cincuenta estados del país, más de tres mil actos simultáneos en protesta por el autoritarismo del presidente Donald Trump, un huracán al que Gianni Infantino, titular de la FIFA, le entregó sin embargo las llaves del Mundial. Los aeropuertos del país están desbordados por falta de personal por la política de recortes por un lado, pero también con gente de ICE de reemplazo, sin saber si el remedio (la temible policía migratoria) es peor que la enfermedad (las largas filas para los trámites migratorios). Estados Unidos, además, está en guerra (contra una nación clasificada al Mundial). Y, pequeño y último detalle, faltan apenas setenta días para el inicio de la Copa.
Es cierto, aquí la noticia es que la selección jugará mañana martes en la Bombonera ante Zambia su último partido antes de que Lionel Scaloni de a conocer el 30 de mayo la lista final de 26 jugadores, es decir, última oportunidad para las dudas del DT, aunque sea difícil imaginarse que un juego en teoría tan irrelevante pueda definir uno u otro nombre. El propio Scaloni dijo hoy que ya tiene “bastante clara” la lista y que las dudas se irán respondiendo, a partir de ahora, solo con la actuación que cumplan los jugadores en sus clubes. Es decir, que jueguen (no todos lo hacen). Puede que no defina mucho el nombre del tercer arquero (Juan Musso parece ganar la puja a Walter Benítez), pero sí tendrá más peso confirmar que será Nico Paz el recambio de Papu Gómez y también si la polifuncionalidad de Valentín Barco en el medio campo logrará uno de los últimos lugares disponibles. Porque se trata de reemplazos, sangre joven, que podrían ser tan claves como los de Qatar, cuando Scaloni realizó cinco cambios de un partido a otro, tras la derrota inesperada en el debut contra Arabia Saudita. ¿Y quién será el elegido, ya en el once inicial, para reemplazar a Angel Di María? Porque no es lo mismo, por ejemplo, Thiago Almada que Nico González. La selección ya no es aquel grupo de jóvenes lobos hambrientos de gloria. Ahora hablamos de mayoría de campeones mundiales, muchos de ellos figuras ya acomodadas en sus poderosos clubes europeos.
Si algo caracterizó a la selección de Scaloni fue siempre jugar a cara de perro el partido que fuere, del minuto uno al último, oficial o amistoso, faltaran cuatro años o dos meses para el Mundial. No fue lo que se vio sin embargo el viernes último en el ajustado triunfo 2-1 ante Mauritania, que inclusive dominó el segundo tiempo y convirtió en figura a Emiliano Martínez. El Dibu, aquel que más ostentó en el momento de euforia la Copa de Qatar (se la puso como superpene), fue el viernes el jugador más autocrítico. Se rió inclusive cuando respondió que, por suerte, el rival del viernes, fue Mauritania, y no España, La Finalíssima que, desatada la guerra y cancelada la sede original de Qatar, no solo la AFA no quiso jugar, aunque hoy en día resulte más fácil responsabilizar de todo a su presidente. Claudio “Chiqui” Tapia también ostentó Copa en aquellos días de pura felicidad. Llevó el trofeo a la playa, al teatro. Ostentó poder en el frente interno. Demasiado. Tanto que, más allá del apoyo masivo de los clubes, hoy ni siquiera resiste un sencillo homenaje en la Bombonera, y aún con Juan Román Riquelme a su lado. Los silbidos del viernes, más allá de juegos oportunos de alguna prensa, volvieron a marcar su nivel de rechazo social. Difícil para un presidente que, tal como está su situación judicial, no sabe todavía si podrá viajar al Mundial.
La situación de Tapia forma parte del combo. Tampoco sabe todavía Scaloni, al menos públicamente, si el capitán Lionel Messi jugará el Mundial. Todos creemos que lo hará, pero la ausencia de un anuncio oficial, a tan solo setenta días de la cita, sigue siendo un dato llamativo. Como también lo es que, cada vez que pronuncian su nombre, decenas de colegas sigan describiendo a Leo como “el mejor jugador del mundo”, como si eso fuera garantía de superioridad. Por supuesto que Messi fue el mejor del mundo. Reinó más tiempo que nadie. Pero ya no. Acaso muchos de esos colegas son los que también afirman que La Finalíssima no se jugó porque fue España la que tuvo miedo de medirse contra “el campeón del mundo”. Recién en los últimos tiempos la típica euforia previa, el agrande ritual de que “si jugamos como sabemos nadie puede ganarnos”, comenzó a registrar otros análisis, como el paso menos exigente de Messi y Rodrigo De Paul en la MLS, la irregularidad actual de jugadores que fueron claves en Qatar y todo este último tiempo sin partidos de peso. Preferimos quedarnos con la postal de la goleada 4-1 a Brasil en el Monumental por eliminatorias. Un año atrás. En fútbol, casi un siglo.
