Envalentonado ante un público impávido, con excepción de sus fanáticos seguidores, el presidente Javier Milei desplegó una serie de argumentos inconsistentes -por decoro no hablaremos de meras mentiras- sobre el curso económico. El más notorio, no sólo por los efectos concretos que se ven en el país sino por experiencias en otras latitudes es que la apertura comercial no genera desempleo. Incluso dijo que lo promueve. Y el segundo: que el impulso vendrá del sector energético. También desmentido por estadísticas oficiales. Las cifras que publican los propios organismos que dependen del Estado dan cuenta de una destrucción masiva de puestos de trabajo y el que los principales despidos se concentran en las actividades en las que el Gobierno abrió indiscriminadamente la importación y las actividades como extracción minera y petrolera no logran compensar, por ser capital intensivas. En dos años de gestión mileista, se destruyeron casi 22 mil empresas empleadoras –equivalente a 30 empresas por día—y más de medio millón de personas se quedaron sin trabajo.
La dinámica del empleo está directamente vinculada con cualquier cambio en el patrón de comercio exterior. El desplazamiento de productos locales por importados lleva a que las empresas nacionales—ante la falta de demanda—comiencen con problemas financieros y finalmente cierren. Incluso, como en el caso de las automotrices, las firmas se transforman en meras importadoras de los vehículos que producen en otros mercados. Es así que, el aumento de las importaciones de bienes finales, combinado con la caída en la compra de insumos y maquinaria, configura un escenario que impacta de manera directa sobre el entramado productivo y, en consecuencia, sobre el mercado de trabajo.
Cuando el tamaño sí importa
Un informe de la propia Casa Rosada sostiene que las pequeñas y medianas empresas, vinculadas con sectores de mano de obra intensiva y destinadas al consumo interno, representan más del 98 por ciento de las firmas empleadoras del país y generan más de 6,2 millones de puestos de trabajo, entre formales e informales. De acuerdo con ese relevamiento, las pequeñas y medianas empresas explican entre el 50 y el 80 por ciento del empleo asalariado registrado en Argentina. La estructura ocupacional depende, en buena medida, de ese segmento.
El propio mandatario cometió un sincericidio sobre el tema en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso. Buscó ejemplificar que no cayó el empleo aduciendo que “hoy más gente busca trabajado (sic)”. Un estudio de Fundar advierte que el incremento de las importaciones, en especial de bienes finales, tuvo “un impacto negativo directo en el empleo industrial argentino en 2025 y principios de 2026”. El documento señala reducción de producción local, despidos y cierre de empresas en sectores como automotriz, textil, línea blanca y maquinaria agrícola. La proyección incluida en ese informe indica que hasta 60.000 empleos industriales se encuentran en riesgo.
En enero, las compras de bienes intermedios —principalmente insumos para la producción— cayeron 18,8 por ciento interanual. Las de piezas y accesorios retrocedieron 36,5 por ciento y las de maquinarias y equipos, 14 por ciento. En sentido inverso, las importaciones de bienes de consumo crecieron 5,8 por ciento y las canalizadas a través de plataformas digitales aumentaron 95,8 por ciento. Las adquisiciones de vehículos en el exterior se incrementaron 106,8 por ciento, mientras la producción nacional de automóviles cayó 30,1 por ciento en el mismo período.
El desplazamiento de producción local por bienes importados afecta principalmente a empresas de menor escala. Según un informe de Fundar, el aumento de importaciones de indumentaria alcanzó el 50 por ciento en 2025, lo que repercutió sobre talleres y fábricas locales. Provincias con alta concentración industrial, como Santa Fe, registraron el cierre de más de 2.000 empresas y la pérdida de miles de empleos, de acuerdo con relevamientos sectoriales.
Planta que cierre es empleo que se pierde
La discusión no se limita a la magnitud de las importaciones, sino también a su composición. El economista Carlos Melconian señaló que, “si las importaciones no suben, la economía no va a salir”. “No estoy hablando de ropa china, ni de cubiertas. Estoy hablando de importaciones de insumos, o sea, importaciones que tengan que ver con el vigor de una economía”, adujo en medio del conflicto con el sector del neumático a causa del cierre de FATE.
Los datos muestran que son precisamente las compras asociadas a la inversión productiva las que más retroceden. Daniel Schteingart, director de Planificación Productiva en Fundar, afirmó que “hace un semestre que la producción fabril no para de caer” y que el cierre de empresas y la pérdida de puestos de trabajo se sostienen en el tiempo. “Hay perdedores muy fuertes como textiles, calzados, cuero, confecciones, gran parte de la metalmecánica, buena parte de la industria automotriz, minerales no metálicos que son materiales para la construcción, todos con declives de dos dígitos contra 2023. Es una parte sustancial de la industria nacional. Para todos estos sectores la apertura importadora es muy nociva. El panorama para los próximos meses no es bueno”, agregó.
El Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) muestra que, en diciembre, el empleo privado registrado creció en dos sectores: comercio, restaurantes y hoteles (0,4 por ciento) y servicios financieros y a empresas (0,1 por ciento). En el resto de las actividades se registraron caídas. La construcción retrocedió 1,8 por ciento en el mes y acumula seis meses consecutivos de contracción. La industria manufacturera cayó 0,6 por ciento por segundo mes consecutivo. Transporte, almacenamiento y comunicaciones volvió a descender 0,2 por ciento tras trece meses sin crecimiento.
En la comparación interanual, solo comercio presentó variación positiva (0,2 por ciento). Construcción (-4,1 por ciento) y transporte (-3,5 por ciento) encabezaron las bajas. De los 25 sectores relevados por la consultora Econviews, solo siete exhibieron crecimiento del empleo registrado. Minería, considerada uno de los rubros dinámicos por el perfil exportador, registró una caída de 7,6 por ciento entre octubre de 2025 y el mismo mes de 2023, lo que equivale a más de 7.100 empleos privados menos. La industria textil cayó 15,2 por ciento y productos manufactureros 9,2 por ciento, mientras la construcción retrocedió 16,1 por ciento en el mismo lapso.
Crecen pero sin generar empleo
Los sectores con variación positiva fueron comercio (1,2 por ciento), actividades agropecuarias y pesca (2,8 por ciento) e informática (5,5 por ciento). Sin embargo, el desempeño de estos rubros se produjo no tuvo la misma capacidad de absorción de empleo que la industria manufacturera o la construcción.
La industria y la construcción son intensivas en mano de obra y generan encadenamientos productivos amplios. Las pequeñas y medianas industrias participan en cadenas de valor que abarcan proveedores, logística y servicios asociados. El comercio y la informática, en cambio, presentan estructuras de empleo más concentradas o con mayor productividad por trabajador, lo que limita su impacto cuantitativo en el total de puestos de trabajo.
El propio Schteingart advirtió que “los sectores que crecen serán acotados, algunos proveedores de minería o de hidrocarburos, pero no mueven el amperímetro de la industria en general”. La expansión de rubros vinculados a recursos naturales o servicios basados en conocimiento no compensa, en términos absolutos, la reducción de empleo fabril. Desde el sector explican que esto se deba a que, en particular en el caso de los combustibles, la extracción de no convencionales requiere menos mano de obra que la explotación de crudo convencional. Por eso, el empleo que se crea es menor que el que se pierde.
El trasfondo de la pérdida de empleo no sólo responde a cuestiones técnicas del sector (por más componente de capital), sino que se enfoca en las reformas que buscan reducir los costos laborales con el objetivo de incentivar inversiones. Experiencias previas muestran que cambios en la normativa laboral no necesariamente se traducen en mayor empleo. Durante la década de 1990, tras la reforma laboral impulsada por Carlos Menem y su ministro Domingo Cavallo, la tasa de desocupación pasó del 6,0 por ciento en 1991 al 9,3 por ciento en 1993 y alcanzó 18,4 por ciento en 1995. A lo largo de esa década, el desempleo escaló hasta 25 por ciento.
Durante las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, con políticas de protección del mercado interno y ampliación de derechos laborales, la tasa de desocupación descendió hasta 5,9 por ciento al final del segundo mandato.
La actual administración de Milei sostiene que la apertura comercial contribuye a reducir precios y mejorar la competitividad. Sin embargo, los datos sectoriales indican que el incremento de bienes finales importados convive con una caída de insumos y maquinaria, lo que anticipa menor inversión productiva. Una menor inversión, va de suyo, implica menor cantidad de puestos de trabajo. La combinación de mayor penetración de bienes de consumo importados y retracción de producción local se traduce en reducción de empleo en sectores que concentran gran parte de la mano de obra privada. A esto se suma la “uberización” del empleo, donde cada puesto formal privado se reemplaza por uno informal.
