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Milei reconoce una suba de la morosidad pero sigue sin admitir el problema: salarios bajos

Un informe amplificado por reposteos oficiales presenta el aumento de la morosidad como resultado de decisiones individuales, fallas de las entidades financieras y falta de educación financiera. Es un avance que reconozcan que existe un problema, pero no lo relacionan con que es el resultado de una política de salarios bajos.

25 de agosto, 2026 | 14.48

El Gobierno cambia el discurso, pero siempre se las ingenia para desentenderse del problema. En esta oportunidad, se basó en un pretencioso análisis de la situación de endeudamiento de los hogares, en el que sostiene, al igual que la administración libertaria, que es un tema entre privados y ni siquiera es un problema. El autor de este informe, que replicaron de inmediato el presidente Milei, el millonario empresario Marcos Galperín y hasta el asesor presidencial Santiago Caputo, sostiene que el nivel de tasas que cobran los bancos y las billeteras virtuales no es un problema y el monto que adeudan las familias es bajo (por lo cual tampoco es un problema); y que, por lo tanto, el Gobierno no tiene motivo para intervenir. El “problema” del informe es que omite la principal causa de que las familias estén ahorcadas por deudas: la destrucción programática de los ingresos como ancla inflacionaria.

El documento, que fue publicado en una plataforma de contenidos y en la red X (ex Twitter) por Matías Fernández –quien advierte no ser un especialista en el tema—, hace un detalle de la situación de la morosidad sobre la base de datos de deudores del Banco Central, considerando que los resultados son en casi su totalidad “positivos”. El extenso texto presenta el aumento de la morosidad como resultado de decisiones individuales, fallas de las entidades financieras y falta de educación financiera. Sin embargo, tal como viene informando este medio desde que comenzó a vislumbrarse el tema, son resultado de la pérdida de ingresos y el deterioro de las condiciones de vida empujaron a millones de hogares a utilizar crédito para sostener consumos básicos. Un relevamiento reciente en barrios populares resalta que el 42,3 por ciento de quienes se endeudaron lo hizo para comprar alimentos.

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El aumento de la morosidad de los hogares argentinos es un hecho y los datos de la Central de Deudores de la autoridad monetaria permiten observar con bastante precisión dónde se concentra, qué tipo de entidades participan y qué montos están involucrados. El problema aparece cuando esa información se utiliza para separar el fenómeno financiero de las condiciones económicas que lo producen y presentar el endeudamiento como una consecuencia principalmente de decisiones individuales, de una deficiente administración del riesgo por parte de algunas entidades o de la falta de educación financiera. El propio Milei los resumió en la tristemente célebre frase “nadie les puso un revólver en la cabeza”.

Sin embargo, el piso en las paritarias, creciendo por debajo de la inflación; la suba de tasa de interés rectora por parte de la autoridad monetaria para absorber pesos y sostener un tipo de cambio ficticiamente estable y la desregulación del sistema financiero son armas que apuntaron contra la población. El trabajo –después de las 48 horas que informa haberle dedicado a ver un tema que muchos están siguiendo hace meses—reúne una cantidad considerable de información y aporta elementos útiles para analizar la composición de la mora, pero sus conclusiones terminan relativizando el vínculo entre endeudamiento, ingresos, consumo y política económica. El mismo hecho –destacado en el análisis—de que una gran cantidad de personas tenga deudas pequeñas indica precisamente que el crédito está siendo utilizado para financiar necesidades que los ingresos corrientes ya no alcanzan a cubrir.

Un relevamiento nacional del Instituto Periferias realizado durante agosto sobre más de 5.000 personas encontró que el 59,8 por ciento de quienes viven en barrios populares tiene algún tipo de deuda y que el 42,3 por ciento de las personas endeudadas utilizó ese dinero para comprar alimentos. El crédito aparece, de este modo, no como una herramienta para adelantar la adquisición de un bien de capital, financiar una inversión familiar o realizar un consumo extraordinario, sino como un mecanismo para cubrir una necesidad que vuelve a aparecer todos los meses. Es por eso que la conclusión de Fernández acerca del bajo monto de la deuda es intrascendente cuando los salarios son aún más bajos. Para una persona que cobra menos de un millón de pesos, un crédito de 400.000 pesos es prácticamente insalvable.

El fin del crédito, tal como sucede con la deuda soberana, también es condicionante de la situación futura de los tomadores de ese empréstito. Una familia que se endeuda para comprar una herramienta de trabajo puede esperar que esa adquisición genere ingresos futuros con los cuales afrontar la cuota. Una familia que utiliza una tarjeta, un préstamo o una billetera virtual para comprar comida transforma ingresos futuros en recursos para resolver una necesidad presente. La comida se consume, pero la deuda permanece. Como dice el informe, “el crédito puede ser necesario”, pero no toda deuda es inversión.

El propio informe entra en contradicción. Mientras reconoce que hay una suba del endeudamiento, advierte que existe un nivel de crédito hipotecario y financiero para inversión bajo en comparación con otros países de la región. La discusión no pasa por determinar si el crédito es "bueno" o "malo".

Pasa por observar para qué se utiliza y en qué contexto se toma. Cuando una economía permite financiar una vivienda, una máquina, un vehículo o una inversión productiva a una tasa razonable, el endeudamiento puede ampliar las posibilidades de consumo e inversión. Cuando el crédito comienza a cubrir alimentos, medicamentos, servicios o gastos corrientes, la naturaleza del fenómeno cambia. Y si encima, se toma a tasas que pueden llegar en términos efectivos a un 400 por ciento anual, es directamente “usura”. Por eso, la afirmación de que el aumento de la mora debe analizarse fundamentalmente como un problema del sistema financiero deja afuera una parte central del fenómeno: el sistema financiero está siendo utilizado para compensar una insuficiencia de ingresos que provocaron las medidas del gobierno anarco-capitalista.

La mora no es solamente un problema, sino también un síntoma de una enfermedad que comenzó a gestarse mucho antes. Entender el timing de los hechos es crucial: el salario pierde capacidad de compra, el hogar reduce el consumo y, si los gastos básicos aumentan más rápido que los ingresos disponibles, se utilizan ahorros. Cuando los ahorros se agotan, aparece la tarjeta, el préstamo personal, la billetera virtual o el crédito informal. Finalmente, cuando la cuota empieza a competir con la compra de alimentos, el problema deja de ser exclusivamente financiero. El problema, en esas condiciones, no comienza cuando llega el vencimiento de la cuota. Comienza bastante antes.

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