Existen dos mundos, el de los funcionarios que quieren contar lo maravillosos que son los resultados del modelo libertario, quienes proclaman que la pobreza del segundo semestre de 2025 se redujo a casi a la mitad de la registrada en el primer trimestre de 2024 y se ufanan de que la economía no deja de crecer, y el mundo de afuera del Palacio, donde cae el consumo de alimentos, se dispara la deuda de las familias (especialmente las de ingresos medios para abajo), sube fuerte el desempleo, aumenta la informalidad y estalla el pluriempleo. La evidencia es que el universo de los que no llegan a fin de mes, sin que estén todos muertos como consideró el Presidente, no deja de crecer, lo que ciertamente contrasta con el dato de la reducción de la pobreza a la mitad. En ese segundo mundo también habita la oposición política, cuyo camino suele ser el inverso al del oficialismo, es decir intentar acentuar solamente lo que está mal, a veces hasta el absurdo.
Los dos, oficialismo y oposición, ejercen algo que en el análisis económico se denomina “cherry picking”, que al margen de la traducción literal de “cosechar cerezas”, es la práctica de elegir solamente los datos que sirven para sostener el propio argumento e ignorar todos los demás. Aquí no se trata de ser Corea del centro, de encontrar el justo medio entre oficialismo y oposición, ya que el cherry picking oficial es literalmente feroz, y el de la oposición apenas amnésico. A modo de ejemplo, a finales de 2024 era evidente que, vía ancla cambiaria e ingreso de capitales, el Gobierno había conseguido frenar la inflación. En ese momento algunas consultoras ligadas a la oposición cuestionaban la medición del Indec. Teniendo en el pasado tanto la intervención del organismo, como, ya en 2019-23, la responsabilidad de una disparada inflacionaria, la autoridad moral de la crítica era limitada. Pero además, más allá de la sostenibilidad, las formas y las consecuencias, era un hecho que la inflación había bajado.
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De la misma manera, hoy es un hecho que la inflación volvió a subir y también que todos los sectores vinculados al mercado interno están en recesión. Algo tan cierto como que a todos los sectores dinámicos vinculados a actividades extractivas exportadoras les va muy bien y mantienen a salvo la balanza de pagos y, por extensión, el equilibrio del tipo de cambio.
Lo que se quiere destacar es que no tiene sentido para el análisis económico no reconocerle al oficialismo las pocas cosas que hace bien. Un ejemplo de resultado positivo, casi el único después de la baja relativa de la inflación, es haber “desintermediado” la ayuda social, que dicho sea de paso sigue llegando, incluso con aumento, y se encuentra en la raíz de la explicación de la caída de la indigencia. Nótese además que, a pesar de esta desintermediación, la protesta social de los cortes de transito simplemente desapareció.
Hechas estas aclaraciones, para entender lo que pasa y no dejarse arrastrar por el furioso cherry picking oficial, interesa mirar lo que realmente pasa con el número de pobres y su manipulación. En Argentina la pobreza se mide por ingresos. En concreto, si los ingresos de la población alcanzan para adquirir dos canastas, una incluida dentro de la otra, la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que como su nombre lo indica incluye exclusivamente los alimentos necesarios para cubrir necesidades calóricas y proteicas de las personas (que se separan en niños, niños en edad escolar, adultos, etc.) y la Canasta Básica Total (CBT), que además de los alimentos de la CBA incluye una suma de bienes y servicios no alimentarios, entre ellos: las necesidades de vivienda, salud, educación, vestimenta y transporte. Se entiende que la CBA está incluida en la CBT. Si el ingreso de una persona o una familia no alcanza para adquirir la CBT es pobre. Es decir, el valor de la CBT es la línea de pobreza. Y si ni siquiera alcanza para la CBA es pobre indigente. El valor de la CBA es la línea de indigencia.
Con prescindencia de los números, el lector puede observar, con paciencia, que se cruzan dos magnitudes. Por un lado, los ingresos y por el otro, las canastas. Como puede deducirse rápidamente, ambas magnitudes entrañan mediciones y están sujetas a manipulación y arbitrariedad. Por ejemplo, para comparar la pobreza entre distintos países las canastas tendrían que ser iguales, cosa que no sucede. Pero además la alteración y representatividad de las canastas, también introduce distorsión. Siguiendo con los ejemplos, apenas asumió el macrismo, ya en 2016, se construyó una CBT mucho más exigente, es decir una canasta cuya adquisición demandaba más ingresos, lo que disparó estadísticamente el número absoluto de pobres por ingresos sin que haya sucedido nada en el mundo real. En el presente, en tanto, el peso de los servicios en la CBT está absolutamente subrepresentado, lo que hace que la canasta sea más barata que en la realidad, donde los servicios pesan mucho más, lo que subregistra la cantidad real de pobres.
Mirando la segunda magnitud la de los ingresos, se tiene que una devaluación provoca casi inmediatamente un aumento de la pobreza, es lo que se registró entre el primer trimestre de 2024 y el segundo de 2023. Luego, lo mismo sucede con la baja de la inflación, que tiende a mejorar los ingresos de las familias captados por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), en particular los ingresos de los trabajadores no registrados, totalmente sobredimensionados en las últimas mediciones.
De lo expuesto pueden deducirse cuáles son los puntos que discuten quienes se especializan en la medición de la pobreza: debaten los problemas de medición de los ingresos a través de la EPH, debaten que bienes y servicios se incluyen en la medición del IPC, el Indice de Precios al Consumidor, que se utiliza para actualizar el valor de las canastas y, finalmente, debaten que bienes y servicios se incluyen en estas canastas, cuya base empírica es la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares, la ENGHo. El problema de fondo es que, en el presente, todos y cada uno de estos indicadores se encuentran desactualizados, una de las razones por las que fue eyectado el último titular del Indec. La conclusión preliminar es que el número de pobres es actualmente apenas un dato puramente tendencial. Luego, su valor absoluto carece de representatividad real para las comparaciones históricas. De aquí la disonancia cognitiva que produce que la pobreza se “derrumbe”, mientras en paralelo todos los indicadores de ingresos y calidad de vida se deterioran. Maravillas de la estadística.-
