Mientras el mundo espera ansioso un acuerdo entre Estados Unidos e Irán que rehabilite el paso por el estrecho de Ormuz y baje el precio del petróleo de una vez y por todas, Israel da rienda suelta a su política colonialista en el territorio palestino ocupado de Franja de Gaza y el país vecino de Líbano. No lo hace de manera encubierta o cuidadosamente para evitar sanciones internacionales, sino que lo anuncia sin tapujos en las redes o frente a las cámaras. El miércoles, el ejército declaró unilateralmente como zona de combate a casi 1.500 kilómetros cuadrados del sur de Líbano y ordenó la evacuación de miles de habitantes que viven allí. Algunas voces diplomáticas europeas y de organismos internacionales expresaron su repudio y preocupación, pero no más. Al día siguiente, el primer ministro Benjamin Netanyahu celebró ante cámaras que dio la orden de ocupar el 70% de la Franja de Gaza y, con una sonrisa, dejó claro que seguirá avanzando.
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En abril pasado, cuando Donald Trump impulsó un alto el fuego con Irán, Israel aceptó a regañadientes y continuó atacando a Líbano. Teherán entonces aclaró que no aceptaría ninguna tregua que no incluyera a ese país, cogobernado por su aliado, la milicia-partido Hezbollah. Tras dos meses de fuerte disparada del barril del petróleo, del gas y otros bienes claves para la economía global, el presidente estadounidense le apretó las tuercas de manera muy pública y muy poco diplomática a su aliado, Netanyahu. "Israel no bombardeara más a Líbano. Se lo PROHIBE Estados Unidos. ¡Es suficiente!", lanzó Trump en sus redes.
Pero lo que el mandatario estadounidense no dijo en su supuesto enojo es que el alto el fuego sería similar al que había impuesto seis meses antes en la Franja de Gaza. Israel frenó la ola masiva de bombardeos que hicieron desaparecer ciudades y pueblos enteros, pero se quedó con el control efectivo de casi la mitad del devastado y hambreado territorio palestino. La llamada línea amarilla a la que se replegó el ejército israelí como parte del acuerdo impuesto por la Casa Blanca era justamente eso, una apropiación del 47% del territorio palestino. Esa fue la cifra original hace menos de un año.
En Líbano, Israel consiguió lo mismo. Dibujó otra línea amarilla a 10 kilómetros de su frontera y ocupó ese territorio con sus tropas. A diferencia de Gaza, las ciudades y los pueblos de esa zona no se habían convertido en puros escombros y sus habitantes habían sido desplazados y apiñados en campamentos precarios en otra región. Apenas cuatro días después de la prohibición anunciada por Trump como un padre enojado, Israel denunció que Hezbollah violó el alto el fuego por atacar a sus fuerzas ocupantes en el sur libanés. Como hacía con cualquier palestino que se acercara a la línea amarilla en Gaza, utilizó esto como argumento para volver a atacar y, principalmente, para comenzar a demoler viviendas y ordenar evacuaciones masivas de la población civil.
Para el inicio de mayo, los ataques dentro de Líbano se multiplicaron y, en consecuencia, también los muertos. La mayoría civiles. Esta semana, Netanyahu primero anunció que dio la orden de profundizar su ofensiva contra Hezbollah en Líbano y, de inmediato, esa orden se materializó. Sólo el martes pasado, 31 personas fallecieron en estos ataques, entre ellos algunos niños, según informaron las autoridades locales. En total, Israel ya mató a más de 3.300 libaneses desde el 2 de marzo y dejó a más de 10.000 heridos. Pero estos no son las únicas víctimas de la avanzada israelí.
Desde el inicio del mes y al amparo del reconocimiento estadounidense de la nueva ocupación militar, Israel está forzando a miles de habitantes a abandonar sus casas. Como ya hizo en Gaza. Al día siguiente de bombardear de manera masiva el sur libanés, el vocero en árabe de las fuerzas armadas israelíes (IDF, por sus siglas en inglés), el coronel Avichay Adraee, informó en sus redes que declaraban como "zona combate" todo el territorio de Líbano al sur del río Zahrani, es decir, a unos 40 kilómetros de su frontera. Una importante avanzada de lo que fue la primera línea amarilla de abril.
El anuncio significa que ahora las fuerzas armadas israelíes son dueños y señores de una superficie de cerca de 1.500 kilómetros cuadrados -equivalente a siete veces y medio de CABA- donde actualmente viven unos 800.000 libaneses.
El argumento oficial es que toda esta zona está cerca de infraestructura de Hezbollah y que, por lo tanto, se volvió un "objetivo legítimo" en su cruzada por "destruir" esa milicia-partido. Bajo ese razonamiento, el ejército israelí dio esta semana "una alerta de evacuación previa" a los cerca de 150.000 habitantes de la ciudad de Tiro y sus suburbios. Esta es la manera en que Israel dice proteger a los civiles. "Les avisa antes", según suelen repetir sus funcionarios y sus defensores en todo el mundo, incluida Argentina.
Declarar la zona de combate, desplegar las tropas, ordenar evacuaciones forzadas y demoler las casas y edificios para que no haya a qué volver. Israel está aplicando en el sur de Líbano el tristemente llamado "modelo de Gaza" y, como ya pasó con los palestinos, la única resistencia real que está despertando está en las calles, en los festivales de cine, las universidades y en las flotillas y convoys internacionales que armados solo con valentía intentar desnudar el genocidio en proceso (actualmente en Libia dos argentinos están detenidos sólo por participar en uno de ellos e intentar acercar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza).
"Vamos paso a paso"
“Controlamos más o menos el 60% de la Franja. Estábamos en el 50%, ahora hemos avanzado al 60%, y he dado orden de llegar al…”, contó el jueves Netanyahu durante una entrevista televisada en una conferencia en un asentamiento en Cisjordania, otro de los territorios ocupados. Mientras hablaba, desde el público alguien lo cortó y gritó: “¡El 100%!” Todos estallaron en risas, incluido el relajado primer ministro. Confiado, le respondió: “Vamos paso a paso. Primero el 70%, empezamos con eso.”
De esta manera, con esta liviandad, el primer ministro de Israel oficializó que la línea amarilla que Estados Unidos convalidó -y el mundo también cuando aceptó su tregua y el posterior Plan de 20 puntos- pasó de apropiarse del 47% de la Franja de Gaza en octubre pasado, al 60% hoy, ocho meses después; al 70% en los próximos días, semanas o meses. Esto significa que más de dos millones de palestinos vivirán apiñados en precarios campamentos de desplazados en poco más de 100 kilómetros cuadrados, una superficie que representa la mitad de la Ciudad de Buenos de Aires, donde hoy viven más de tres millones de personas.
"El modelo de Gaza" funcionó exactamente como planeó Israel: uno de los territorios más superpoblados del mundo reducido al 30%, casi toda su población sobreviviendo con la poca ayuda que consiguen en carpas y con niveles de desnutrición que llegaron a coincidir con una hambruna masiva, la mayoría de la infraestructura para potabilizar agua destruida, su red eléctrica -dependiente además de Israel- en ruinas y un sistema de salud en su capacidad mínima y apenas atendiendo a los nuevos heridos. Nada de esto es la consecuencia indeseada de una guerra, como también suelen repetir los funcionarios y defensores internacionales de Israel. El gobierno de Netanyahu nunca levantó el bloqueo militar que no permite el ingreso masivo de comida, medicamentos, combustible para hacer andar los generadores, las plantas potabilizadores y los servicios de emergencia o cirugía de los pocos hospitales en pie.
El objetivo final de "el modelo de Gaza" es ya innegable: implementar una limpieza étnica en el territorio. Destruyen toda posibilidad de tener una vida digna o, siquiera, el sueño de tener una vida digna en el futuro para forzar a la población a abandonar sus tierras. Y les dejan solo dos opciones: irse o vivir con el miedo cotidiano de morir o ver morir a tus seres queridos por una bomba, un disparo, de hambre o por una enfermedad fácilmente tratable.
Mientras los gobiernos del mundo sólo miran con preocupación a Medio Oriente cuando el precio del barril de petróleo o el gas se dispara, Israel acaba de dejar claro que comenzó a aplicar "el modelo de Gaza" en uno de sus países vecinos. Ya no es un territorio que está ocupado hace casi 60 años; es un Estado soberano, reconocido internacionalmente y miembro de la ONU. Pero en los tiempos actuales, en los que las reglas más básicas del derecho internacional y humanitario se desdibujan hasta desaparecer, esto también parece estar perdiendo relevancia.
