La inflación de la eurozona volvió a acelerarse en mayo y reforzó las expectativas de que el Banco Central Europeo (BCE) avance con una nueva suba de las tasas de interés en las próximas semanas.
Según datos publicados por Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea, los precios al consumidor en los 21 países que comparten el euro crecieron un 3,2% interanual durante mayo, por encima del 3% registrado en abril y aún lejos del objetivo del 2% fijado por el BCE. El repunte estuvo impulsado principalmente por el encarecimiento de la energía, cuyos precios aumentaron un 10,9% respecto de un año atrás, y por la suba del 3,5% en los servicios.
La llamada inflación subyacente —que excluye los componentes más volátiles, como alimentos y energía, y es uno de los indicadores más observados por los bancos centrales— también mostró una aceleración. Pasó del 2,2% en abril al 2,5% en mayo, una señal que suele interpretarse como evidencia de presiones inflacionarias más persistentes dentro de la economía. Aunque el dato estuvo en línea con las previsiones de los analistas, refuerza los argumentos de quienes dentro del BCE consideran necesario mantener una política monetaria restrictiva para evitar que la inflación vuelva a afianzarse.
De hecho, los mercados financieros ya descuentan casi por completo una suba de 25 puntos básicos en la próxima reunión del organismo, prevista para el 11 de junio. Además, los inversores contemplan la posibilidad de uno o dos incrementos adicionales hacia finales de año.
La preocupación central gira en torno al impacto de los elevados costos energéticos sobre el resto de la economía. Los analistas advierten que el aumento de los precios de la energía podría trasladarse gradualmente a otros bienes y servicios, generando presiones inflacionarias más duraderas. El escenario se ve agravado por la incertidumbre geopolítica derivada del conflicto en Oriente Medio y, en particular, por la prolongación de la guerra entre Israel e Irán, que mantiene en tensión a los mercados energéticos internacionales.
Sin embargo, la situación económica actual es distinta a la observada durante la crisis inflacionaria de 2022. La actividad económica europea muestra señales de debilitamiento y diversos indicadores empresariales reflejan una desaceleración del crecimiento.
Europa sigue siendo altamente dependiente de las importaciones energéticas y parte de su sector industrial continúa afectado por el encarecimiento de la energía tras la pérdida del suministro de gas ruso barato luego de la invasión de Ucrania, además de enfrentar mayores barreras comerciales por parte de Estados Unidos.
A su vez, los economistas observan un mercado laboral menos dinámico que hace algunos años, un factor que podría limitar la capacidad de las empresas para trasladar completamente los aumentos de costos a los consumidores.
Por ese motivo, aunque el BCE parece encaminado a continuar elevando las tasas de interés para contener la inflación, los especialistas consideran que cualquier endurecimiento monetario será mucho más moderado que el aplicado durante el ciclo de fuertes subas registrado entre 2022 y 2023.
La combinación de una inflación todavía elevada y una economía que pierde impulso deja al organismo ante un delicado equilibrio: controlar los precios sin profundizar la desaceleración del crecimiento en la eurozona.
Con información de Reuters
