Nunca antes debí despertarme a las cinco de la madrugada para llegar a tiempo a la cancha. El partido inaugural del Mundial 2026 en el Estadio Ciudad de México comenzó a las 13 (la fiesta inaugural 11.30), y la distancia hasta el Azteca era de apenas quince kilómetros. Pero los bloqueos por las protestas de maestros, agricultores y otros obligaron al madrugón. No fue lo único extraño del fácil triunfo de México ante una Sudáfrica débil, como se había anunciado. Se sumaron el gol de Julián Quiñones al minuto 9 (el tercero más rápido en la historia de los Mundiales en partidos inaugurales) y la expulsión del sudafricano Sphephelo Sithole (sexta en los cotejos de apertura).
Esa expulsión abrió todo para la fiesta de México y fue merecida, porque las faltas bruscas de Sudáfrica (que terminó con nueve porque a los 83’ se sumó Thembo Zwame a los 83’) hicieron recordar al Camerún que amargó nuestro debut en Italia 90, triunfo africano histórico sí, pero que también incluyó dos tarjetas rojas para el ganador (imposible olvidar los patadones contra Diego y Claudio Caniggia, como también la derrota 0-1).
México, presión alta contra una Sudáfrica que salió jugando mal desde abajo, hizo finalmente una fiesta de un Mundial que hasta hoy le parecía ajeno, celebración patronal de Donald Trump y su socio Gianni Infantino, el presidente de la FIFA cuyo nombre fue abucheado cuando se escuchó por los altavoces del Azteca. Voló cerveza (que empapó las computadoras de los periodistas) en el primer gol de Quiñones. Para el segundo de Raúl Jiménez a los 67 minutos supimos corrernos a tiempo. Cada vaso lanzado de cerveza costaba 17 dólares. A tono con los precios abusivos de este Mundial que Infantino regaló a Trump, la pelota entregada al soccer.
Emocionante volver al Azteca después de cuarenta años (estuve en México 86 y ví La Mano de Dios al toque), pero el público no estuvo a tono cuando se recordó la gesta del ’86 en el entretiempo. Tampoco estuvo a tono el arquero Nery Pumpido, elegido para el homenaje del entretiempo, porque recordó a sus compañeros, obvio, y no olvidó de mencionar a la Conmebol (donde hoy trabaja). Pero omitió la palabra sagrada: “Diego”. El público fue indiferente. El mismo público que gritó ole una veintena de veces al segundo mismo de iniciado el juego, cuando México realizó toques intrascendentes en mitad de campo (poco futbolero, es cierto).
Bien mexicanos sí fueron los coros de “Cielito lindo” y los sombreros de cartón del patrocinador que volaron por todo el estadio antes de que comenzara el juego. Bien FIFA, también, como la flamante pausa de hidratación vendida para Powerade y Cam dance, hinchas que bailaron apenas eran enfocados por la pantalla del estadio. Comenzó el Mundial de Trump. Esto es apenas el inicio.
