El Mundial es la fiesta más importante del fútbol y el evento más popular del planeta. Durante años, en cada una de las conferencias que brindó el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, cerró sus discursos con la frase "el fútbol une el mundo". Es el slogan de su presidencia. Sin embargo, Donald Trump, uno de los presidentes de los anfitriones y su socio, hace todo lo posible para que eso no ocurra: con sanciones al por mayor, requisas prepotentes y visas negadas por doquier. Y, encima en lo deportivo, como ya hay ejemplos concretos a lo largo de la historia, cuando Estados Unidos toca el fútbol lo rompe.
Desde hace tres días, las noticias sobre el Mundial tienen un factor común: el destrato de Estados Unidos a selecciones, a hinchas y a participantes de la Copa del Mundo. Los ejemplos aparecen. El el equipo de Uzbekistán que tenía que jugar un amistoso de preparación fue interceptado en el micro y requisado con perros y detectores de metales apenas bajó del transporte que lo llevaba al partido. La Selección de Senegal fue requisada en plena pista de aterrizaje por la policía, uno por uno antes de subir al avión. El mejor árbitro de África no pudo ingresar a Estados Unidos, aunque tenía visa diplomática, porque el gobierno le negó el acceso por ser de Somalía. Hace un tiempo Donald Trump había dicho que los somalíes eran "basura". Inmediatamente, desde Canadá, el gobernador del British Columbia, aseguró que el árbitro es "bienvenido" en dirigir en Vancouver, sede de algunos encuentros.
Las noticias siguen y crecen. Irán -una buena selección- ve complicada sus chances de seguir en la Copa del Mundo por diversos motivos. Desde hace una semana entrena, bajo estrictas normas de seguridad, en Tijuana, una ciudad mexicana que limita con Estados Unidos porque tiene todos sus partidos allí. Tampoco tendrá hinchas propios, ya que la FIFA le sacó todas las entradas que tenía vendidas y prohibió los ingresos. Cada una de estos escándalos ocurren mientras el torneo no empezó.
Habrá que ver que puede pasar, incluso, durante el mismo torneo. Con estas decisiones basadas en la geopolítica, Estados Unidos ya afecta directamente al torneo: le limita posibilidades a una Selección e impide a un árbitro hacer su trabajo. El efecto sobre el fútbol es claro. Sin embargo, si al futbolero no le interesan estos datos geopolíticos, existen otros datos directamente deportivos que revelan cómo el fútbol cambió por Estados Unidos.
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Cuando Estados Unidos toca el fútbol lo rompe
A mediados de la década del 90, cuando Estados Unidos tuvo la posibilidad de ser el anfitrión de otro Mundial, hubo en esa nación una incipiente MLS (la Liga estadounidense). En aquel entonces, la Federación de ese país pensó que sería una buena opción definir los empates con "Shot outs" en lugar de penales porque eran más televisivos. Esto era un jugador corriendo de mitad de cancha hasta el área y con un tiempo determinado para hacer un gol mientras estaba mano a mano con el arquero. Por suerte, no funcionó y no se adoptó a nivel mundial. Tampoco llegó a la Copa del Mundo. Ahora, extrañamente, la FIFA cambió un detalle fundamental: ya no son dos tiempos, ahora el fútbol se juega con cuatro cuartos.
El "Cooling break", en definitiva, es una pausa de dos minutos disfrazada de "pausa de hidratación" para los jugadores. No importa si hace 15 grados o 38, el partido se para igual a los 22 minutos del primer tiempo y a los 22 minutos del segundo. Con un entretiempo de 15 minutos en el medio. Tal cual ocurre, por ejemplo, en la NBA. Esto corta el ritmo, corta ataques y cortas defensas. Pero también le da dinero a la FIFA y mucho. El cambio de reglas, lógicamente, es entendible ante el avance de la tecnología y para mejorar el nivel del deporte, pero cuando una modificación es tan clara y cambia tanto la dinámica por un negocio, es uno de los golpes mas bajos. Vender, vender y vender. El mundo del ultracapitalismo y del fútbol tik tok.
El fútbol al que, el mundo está acostumbrado, no existirá -por lo menos- durante este torneo. Habrá cambios y, en este caso, Estados Unidos volvió a agarrar el juguete. Ya demostraron que jugar no saben, ojalá que no lo rompan.
