Parece que además de pañuelos, florecieron infancias. Este 24 de marzo se caracterizó, entre otras cosas, por una masiva presencia de niñas y niños en la tradicional movilización hacia Plaza de Mayo, en la Ciudad de Buenos Aires. Y si bien es innegable que el impulso de muchas familias de ir con sus hijas e hijos explica ese aluvión infantil, también creemos que otro estímulo no desdeñable vino de un mundo adulto que desde asociaciones cooperadoras de instituciones educativas, talleres de arte y/o deportivos, escuelas, espacios comunitarios en general, co-crearon propuestas específicamente pensadas para recibir a las infancias.
Por tercer año consecutivo, se instaló un espacio para niñas y niños en la intersección de las calles Lima e Hipólito Yrigoyen. Mezcladas entre tizas de colores, témperas, pañuelitos blancos y guirnaldas, las niñas y niños se encuentran, se abrazan, se ríen, y son parte del pueblo que sale a la calle a decir Nunca Más. Madres, padres, xadres, tíos, madrinas, amistades adultas en general, les acompañan, toman mate y gritan presente. También les cuidan sus maestras de la escuela, del instituto de arte al que asisten, sus profes de deportes, y un mundo adulto dispuesto a hacer lugar a las más nuevas de las nuevas generaciones. Para conocer y compartir los sentidos de esta iniciativa conversamos con dos de sus promotores, con algunas madres y padres y con siete niñas y niños.
El comentario general entre las personas que allí fueron con sus hijos e hijas era “qué bueno que hay un lugar al que venir para poder participar de la marcha”; “lo bueno de este espacio es que mi hija se encuentra con sus amigas y eso hace que tenga ganas de venir”. Y con total claridad lo expresó una niña de 10 años con quien pudimos conversar: “nos encontramos con amigas acá, con cinco amigas y con la amiga de mi mamá y su hijo. Está bueno venir a la marcha y encontrarse con amigas porque es más divertido, marchamos juntas y eso”. Y es que de eso mismo se trató el impulsó inicial: generar un espacio cuidado de encuentro y juegos. Lo cuentan las familias que tomaron la iniciativa allá por 2024, advirtiendo un aspecto de la marcha “poco amable para las infancias, con mucha gente apretada, mucha caminata, ruidos”. Entonces plantearon una alternativa: “quedarnos en un lugar, elegir una plaza y hacer ahí nuestro despliegue de juegos y movimiento”. Pero no solo se trata de un espacio de cuidado. No es una guardería. Es una porción de la movilización popular donde sus pequeños manifestantes pueden participar jugando. En otras palabras, allí la memoria no solo se nombra y se vuelve consigna. Allí a la memoria se la pinta, se le hace cosquillas, se la reinventa y se la hace florecer “¿Qué mejor que encontrarse con amigos en ese lugar tan grande, jugar juntos y ver que eso tan importante para nuestra familia también lo es para otras?”, se preguntaba una madre intentando pensar cerca de las infancias.
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Conversamos con diferentes niñas y niños a quienes les preguntamos, entre otras cosas, por qué fueron a la marcha. “Yo vine para recordar lo que pasó el 24 de marzo hace cincuenta años. Si no sabemos lo que pasó se puede volver a repetir”, nos dijo un niño de 7 años. Otro niño de 8 años, que estaba con él, complementa: “si todos nos olvidáramos de lo que pasó se podría volver a repetir, como si no hubiera pasado nada nunca”. La hermana de uno de ellos, de 10 años, agrega: “la memoria es muy importante para que esos momentos tan feos no se repitan”. Otra niña, de 10 años, explica: “para mí es importante haber podido venir hoy porque hace cincuenta años hubo el último golpe cívico-militar y ahí se perdieron un montón de personas, fueron 30.000 desaparecidos y para que no vuelva a pasar”.
Por supuesto, esas no son las únicas voces. Algunas niñas y niños prefirieron no opinar, aunque escuchaban atentamente lo que sus amigos o amigas contaban. E incluso hay quienes relativizan el relato adulto haciendo reflexiones divergentes, como aquél niño de seis años que se preguntaba —según nos cuenta su padre— “si fue algo tan malo, ¿para qué acordarse? Mejor olvidarlo”.
Las niñas y niños con quienes conversamos estaban sorprendidos, como los adultos, por la significativa presencia de infancias. Mientras intercambiábamos, el niño de 7 años expresó: “me llamó la atención que hay más gente de lo que se esperaba”. A lo cual, el de 8 agregó: “sí, y hay muchos chiquitos, muchos nenes chiquitos”. Y la niña de 10 precisó: “y hay eventos de muchas escuelas… muchas remeras para pintar, por allá están estampando…”. Se referían a las propuestas que el grupo de cooperadoras escolares y familias autoconvocadas habían preparado. Al respecto, quienes organizaron la iniciativa señalan que “cada año las actividades van variando según el aporte de los participantes: en una primera instancia llevamos tizas para dibujar en el piso, esténciles para estampar telas, remeras y guardapolvos, y el año pasado se sumó una librera con sus libros y armamos un espacio de lecturas”.
Es interesante escuchar los testimonios tanto de las niñas y niños como de las personas adultas, en los que se deja entrever una forma de organización sensible al encuentro intergeneracional, atenta a las distintas expectativas y modos de transitar la marcha. Al comienzo, según nos relataron sus organizadores, algunas familias manifestaban su “miedo de llevar a las infancias a espacios tan multitudinarios” y para eso comenzaron a dar forma a esta propuesta. Al caer el sol, nada parecido al miedo asomó en los relatos que nos compartieron. De hecho, se animan a soñar para la próxima: “sería hermoso articular con todas las cooperadoras posibles y armar un gran espacio de infancias”.
De acuerdo con la Convención Internacional de Derechos del Niño de 1989 —ratificada por nuestro país en 1990 y con rango constitucional desde 1994 tras la reforma—, las niñas y niños tienen derecho a ser escuchados (Artículo 12), a la libertad de expresión (Art. 13), a la libertad de pensamiento y conciencia (Art. 14) y a la libertad de asociación y a la libertad de celebrar reuniones pacíficas (Art. 15). Si bien las niñas y niños son sujetos de derecho y ciudadanos en tanto tales, el carácter paternalista y adultocéntrico de nuestra sociedad y sus instituciones hace que todavía hoy, para buena parte de la población, las niñas y niños no deben participar de movilizaciones políticas. Como si no fueran parte de la sociedad y los problemas asociados a la política no les afectaran.
Sin ir más lejos, a los pocos días de haber asumido la presidencia Javier Milei, y violando lo establecido en nuestra Constitución Nacional, desde el Ministerio de Seguridad a cargo de Patricia Bullrich se publicó el “Protocolo Antipiquetes”, buscando reestablecer con él viejas y derogadas concepciones de la infancia de acuerdo a las cuales el Estado podía separar arbitrariamente a las niñas y niños de sus familias; más precisamente, dicho protocolo prohibía expresamente —insistimos, violando la Constitución Nacional— que niñas y niños participen en manifestaciones sociales. Pero es imposible decretar el apartamiento de la historia de un sector social. Las niñas y niños no viven desacoplados de los destinos del conjunto de la sociedad.
—Si vos hablabas de política, te podían secuestrar. Vos no podías hablar de política en ese momento —afirmó una de las niñas de 10 años.
—Había libros que no se podían leer —complementó su amiga.
—Canciones prohibidas —agregó una tercera.
—En mi escuela estuvimos en una clase y unas profes trajeron unos libros. Había un libro que era uno que estaba prohibido, que no se podía leer —y, tras una pausa, precisó—: “La línea”, se llamaba.
No hay dudas de que la memoria también es cosa de las infancias. Tal vez se trate de seguir inventando formas de participación que hagan lugar a todas las personas, más allá de las edades.
