La Matanza: transformar volumen en desarrollo, el desafío pendiente

27 de febrero, 2026 | 10.01

La Matanza es el municipio más grande del país y uno de los territorios más complejos de la Argentina. Su peso demográfico, su diversidad social y su extensión la convierten en una pieza clave del conurbano bonaerense. Gobernar La Matanza no es una tarea sencilla y cualquier análisis honesto debe partir de ese dato. Sin embargo, justamente por esa centralidad, el desafío que enfrenta el distrito es mayúsculo: cómo convertir volumen poblacional en desarrollo sostenible.

En los últimos años, tanto la gestión municipal de Fernando Espinoza como el gobierno provincial encabezado por Axel Kicillof han puesto el foco en sostener la cohesión social en un contexto económico adverso. La expansión de políticas de inclusión, el fortalecimiento de la presencia del Estado en los barrios y el acompañamiento a los sectores más vulnerables han sido claves para evitar un deterioro social mayor. En un municipio con una fuerte presión demográfica, esa tarea no es menor y constituye un activo de gestión.

No obstante, los datos económicos muestran que La Matanza todavía tiene un margen enorme para dar un salto cualitativo en términos de desarrollo productivo. Su aporte al Producto Bruto Geográfico de la provincia no guarda relación directa con su tamaño poblacional. Predomina una estructura económica basada en servicios de bajo valor agregado, mientras que su histórico perfil industrial —que supo ser un motor de empleo— aún no logra consolidar una etapa de modernización plena.

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En materia laboral, el distrito exhibe una población altamente activa, lo que habla de una sociedad con vocación de trabajo. Al mismo tiempo, se destaca la expansión del trabajo por cuenta propia, un fenómeno que puede leerse de dos maneras: como una respuesta creativa de la población ante la falta de empleo formal, pero también como una señal de que el entramado productivo necesita fortalecerse para generar más empresas, más inversión y más empleo registrado. Aquí aparece una oportunidad clara para profundizar políticas de incentivo a la producción local, algo que la Provincia viene promoviendo en otros distritos.

La cuestión de los barrios populares es otro de los grandes desafíos estructurales. La Matanza concentra una parte significativa de los asentamientos del conurbano, muchos de ellos con déficits históricos en infraestructura y servicios básicos. En este punto, resulta justo señalar el impulso a programas de urbanización, regularización dominial y obras de infraestructura que se vienen desarrollando con apoyo provincial. Sin embargo, la magnitud del problema exige sostener y ampliar estas políticas en el tiempo, integrándolas a una estrategia de desarrollo urbano más amplia.

La comparación con otros municipios del conurbano puede resultar incómoda, pero también es útil. Distritos con menor población han logrado mayor diversificación productiva y mejores indicadores de empleo formal. Lejos de ser una crítica estéril, esta comparación abre una pregunta constructiva: qué herramientas de planificación, articulación público-privada y promoción industrial pueden adaptarse a la escala de La Matanza.

El mayor activo del municipio es, paradójicamente, el mismo que hoy constituye su principal desafío: su gente. Con una población joven, activa y diversa, La Matanza tiene el potencial para convertirse en un verdadero polo de desarrollo productivo y social. Para eso, el camino parece claro: complementar la política de contención social —que ha sido central y necesaria— con una agenda de desarrollo económico de largo plazo.

El desafío que se abre para la gestión local y provincial no es menor, pero sí posible. Transformar volumen en potencia, población en desarrollo y territorio en oportunidad requiere planificación, continuidad y decisión política. Las bases están. El próximo paso es convertirlas en un proyecto de crecimiento sostenido que esté a la altura del municipio más grande del país.