Javier Milei y Patricia Bullrich hablaron por teléfono el lunes por la noche. La conversación no terminó bien. Horas antes la senadora había mostrado un perfil metropolitano en una visita al alcalde de Santiago de Chile, que fue relatada por su equipo como parte del perfilamiento para disputar la jefatura de Gobierno porteña. Al día siguiente, sin embargo, en una cita que no estaba prevista y que no fue avisada a la cancillería ni a la Casa Rosada, Bullrich se fotografió con el presidente José Antonio Kast en La Moneda. Esta vez el tono era otro, casi el de una bilateral entre dos jefes de Estado.
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Cuando volvió a la Argentina, el plan B ya estaba en marcha. El miércoles al mediodía el diario La Nación publicó su ultimátum, filtrado con timing preciso por el despacho de la senadora: “Patricia Bullrich le pediría a Javier Milei que eche a Manuel Adorni”. Esa clase de conducta no estaba tolerada en La Libertad Avanza. Fue el punto de quiebre, como quedó confirmado algunas horas más tarde, cuando ella misma reiteró la apurada on the record, en una entrevista televisiva que sólo tuvo como finalidad marcarle al jefe de Gabinete un límite que Milei no está dispuesto a sostener, socavando directamente la autoridad presidencial.
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Movimientos tectónicos
Bullrich habló por muchos que, dentro del gobierno, todavía no se animan a quejarse en voz alta de la protección al jefe de Gabinete, que no sólo pone en riesgo a Milei, o al rumbo económico, sino que atrae una atención innecesaria sobre mecanismos de corrupción que tienen ramificaciones bastante más extensas. Un ejemplo de eso es la trama de los sobresueldos, que puede salpicar toda la primera plana del gobierno y que, increíblemente, sus funcionarios ni siquiera pueden desmentir ante preguntas directas de los periodistas. Dos veces Adorni pudo negarlo y no lo hizo. Tampoco Toto Caputo ni Alejandra Monteoliva. Es llamativo.
El plan B no fue una decisión impulsiva sino un proyecto en el que Bullrich trabaja al menos desde que dejó el ministerio de Seguridad para volver al Congreso. Los sucesivos traspiés del gobierno fueron acercando interesados. Los tiempos se aceleraron por las revelaciones del enriquecimiento ilícito del ex vocero y la decisión de los hermanos Milei de sostenerlo a toda costa. La senadora cree que ese escándalo va a convertirse en una mancha venenosa de la que es mejor apartarse a tiempo. En el gobierno dicen que en realidad aprovechó la oportunidad para ejecutar una traición calculada. Las dos opciones no se excluyen necesariamente.
Lo cierto es que desde principio de año ella puso en marcha la maquinaria que precede una campaña electoral: rosca política, financiamiento, territorio y otros etcéteras. En público ella siempre dijo que apuntaba a la Ciudad o a una vicepresidencia; en varias reuniones ella dijo que quería estar lista si tenía una chance de ir por el premio mayor. La chance se presentó. Y Bullrich ya tenía algo listo. No es casualidad que en las horas que siguieron al ultimátum que marcó la señal de largada se alinearan voceros de varios sectores a repetir su línea, como el vuelo de aves nos advierte sobre movimientos tectónicos que se avecinan.
El primero fue Guillermo Francos, que encontró refugio para su candidatura modelo 2027 en el armado naciente de la exministra de Seguridad. “El tema debería haberse terminado mucho antes”, dijo en una entrevista con Infobae. “Llevamos dos meses y pico hablando de eso y hay otros temas para conversar”. Es la misma línea. También repitieron variantes de ese argumento el ex titular de Aduana Juán José Gómez Centurión, el legislador porteño Darío Nieto y hasta el Gordo Dan, mandamás de las Fuerzas del Cielo. Francos es Eurnekián, Nieto es Macri, Gómez Centurión es Villarruel y Dan es Santiago Caputo. Movimientos tectónicos.
Es imposible no relacionarlos con otros mensajes que resonaron en las últimas semanas, desde el editorial de La Nación pidiendo “preservar el programa” en el peor momento de sus relaciones con la Casa Rosada hasta la reunión de Paolo Rocca con Mauricio Macri, pasando, incluso, por la activa presencia en el país de Peter Thiel, que se mostró preocupado por “cómo se sostiene esto en el tiempo”, tal como lo relató el propio Milei. El sistema se está reconfigurando ante la amenaza de que el colapso de este experimento derive en un gobierno que llegue con el mandato y la voluntad de deshacer las reformas de estos dos años.
En otras palabras: la candidatura presidencial de Bullrich para el 2027 es la respuesta del círculo rojo al escenario que hoy están mostrando todas las encuestas: el deterioro irreversible de la imagen de Milei y todo lo que lo rodea, los números relativamente buenos en la opinión pública de los dirigentes opositores que proponen cambiar radicalmente el modelo económico, como Axel Kicillof, CFK y hasta Myriam Bregman, y la eterna inviabilidad electoral de las propuestas del centrismo de focus group. No es la mejor candidata, pero es la que tienen. Y ella va a hacer todo lo posible para aprovechar su última oportunidad.
Por adentro o por afuera
¿Va a ir por adentro o por afuera? Eso va a depender de cómo siga su relación con los hermanos y también de la deriva del gobierno. Las dos cosas hoy aparecen en franco descenso. En la reunión de gabinete del viernes hubo gritos (del presidente) y desplantes (del presidente también). “Acá mando yo y al que no le gusta que se vaya”. Es una oferta que hoy están evaluando varios, no sólo Bullrich. Por otra parte, en la reunión que tuvieron recientemente Rocca y Macri, el hombre fuerte de Techint, que apadrina la nueva aventura de la Piba, le pidió a su enemigo íntimo que preserve el sello del PRO por si lo necesitan el año que viene.
Lo que veremos a partir de ahora es el reacomodamiento de piezas. Los primeros en moverse tendrán seguramente recompensa cuando llegue el momento de pensar en listas o en equipos de gestión. Cada pase será un golpe para un armado que inexorablemente irá quedando vacío a medida que crece su challenger. Entre las filas de Bullrich hay ministros y secretarios de Estado, no menos de una quincena de diputados y varios senadores, viudas y viudos de Karina Milei, gobernadores, intendentes, empresarios y otros factores de poder determinantes. Si hoy hubiera una ruptura total, la magnitud del quiebre pondría en peligro existencial al gobierno.
Los nombres del bullrichismo
Excepto Milei, de notoria dificultad para percibir y procesar la realidad que lo rodea, todos en el gobierno descuentan que Federico Sturzenegger, que llegó al gobierno de la mano de Bullrich, se irá con ella cuando llegue el momento. En la Casa Rosada también miran con desconfianza al ministro de Interior, Diego Santilli, apodado “camiseta de los Lakers” porque a veces es más violeta y a veces más amarillo, que esta semana volvió a aparecer por una reunión del PRO después de mucho tiempo de evitar ese sello. El Poder Ejecutivo está lleno de cuadros de segundas y terceras líneas que se pueden encolumnar con ella.
Sin embargo el problema más inmediato para los hermanos en caso de ruptura va a darse en el Congreso, donde la senadora, junto a su compañero de fórmula, Luis Petri, en la cámara de Diputados, pueden promover un motín que dejaría al gobierno en una situación de extrema vulnerabilidad. Desde que asumió su banca en diciembre, Bullrich, como jefa del bloque, consolidó su vínculo no sólo con muchos de sus compañeros sino con aliados. Hoy en su campamento creen que si hubiera un quiebre ella podría quedarse con al menos ocho senadores de los veinte oficialistas, y conformar un interbloque que triplique ese número.
Entre los que cuentan como propios están el fueguino Agustín Coto, su mano derecha en el recinto, y su coterránea Belén Monte de Oca, que ingresó con él en diciembre; el economista porteño Agustín Monteverde, que ingresó en su boleta; la cordobesa Carmen Álvarez Rivero; el neuquino Pablo Cervi; el sanjuanino Bruno Olivera; el chaqueño Juan Cruz Godoy; e incluso algunas viejas espadas libertarias como Francisco Paoltroni, Ezequiel Atauche o Bartolomé Abdala, que a esta altura tienen bastante fricción con la Casa Rosada. Por otra parte, descuentan que los senadores radicales y del PRO se encolumnarán rápidamente.
En la cámara de Diputados la cuenta incluye a dirigentes de su círculo más cercano, como Damián Arabia y Sabrina Ajmechet; a Petri, que podría encabezar la rebelión; a viejos cuadros del PRO (Alejandro Fargosi, Silvina Giudici, Laura Rodríguez Machado, Patricia Vázquez); a la diputada narco Lorena Villaverde; a los radicales con peluca e incluso a algunos que entraron con sello libertario como el santafesino Alejandro Bongiovanni. También anotan a exmileistas como Oscar Zago, Eduardo Falcone y Carlos D’Alessandro para sumar más de quince legisladores propios, además de la alianza con radicales y amarillos.
La cobertura del sistema
Los armadores del proyecto presidencial de Bullrich creen que, a medida que se acerque la fecha de las definiciones, van a poder armar el scrum de gobernadores que Milei nunca pudo o quiso consolidar. La idea es un Juntos por el Cambio recargado que incluya a radicales como Maximiliano Pullaro, Leandro Zdero, Carlos Sadir y Juan Pablo Valdés; oriundos del PRO como Rogelio Frigerio, Nacho Torres y el propio Jorge Macri (la ciudad como prenda de cambio con el clan); y luego salga a buscar aliados en el norte y en el sur. La relación de las provincias con el gobierno va a seguir deteriorándose, dicen. Ya hay charlas para el día después.
Hay más: dirigentes de La Libertad Avanza de primera hora que fueron dejados de lado en el camino, como Ramiro Marra, ya establecieron contacto con las filas de la senadora. El propio Santiago Caputo supo encaminar su relación con ella, después de algunos chispazos iniciales, y hoy mantienen buen diálogo. En la provincia de Buenos Aires Diego Valenzuela, Guillermo Montenegro y Néstor Grindetti trabajan para su candidatura. Entre los intendentes, además de Ramón Lanús, de San Isidro, hay conversaciones en curso con los que fueron por afuera el año pasado como Pablo Petrecca, de Junín, y los hermanos Passaglia en San Nicolás.
La exministra de Seguridad aún cultiva buenos vínculos con las jerarquías de las fuerzas federales; cuenta en su equipo con economistas bien aspectados por el sistema, como Carlos Melconián y el propio Sturzenegger; tiene el visto bueno de los nombres más pesados del círculo rojo, desde Rocca y Macri hasta Héctor Magnetto y Fernán Saguier. Al campo y a la UIA les prometió un tipo de cambio más alto. Con la embajada de Estados Unidos y con la DAIA tiene vínculos varias veces más añejos y profundos que Milei. En Comodoro Py todos le atienden el teléfono. Hay equipo. Hay una misión: construir el mileismo sin Milei.
Desde el primer día de su gobierno el presidente trabajó con una prioridad: ser el único jefe de la internacional reaccionaria en la Argentina. Siguiendo el modelo de Trump y de Bolsonaro, durante sus primeros años dedicó más tiempo a construir un dominio férreo que no permitiera que nada le hiciera sombra desde el centro hacia la derecha. Por eso trató de destruir al PRO. Por eso lo humilló a Macri. Por eso se peleó con los empresarios más importantes del país. Esperaba la sumisión de todos. No aceptaba otros liderazgos. Cuando ganó las elecciones en octubre del año pasado creyó que había logrado su objetivo. Estaba equivocado.
