¿Quién va a pagar la factura cuando se acabe el tiempo prestado?

La Argentina tiene que empezar a discutir no sólo cómo vamos a salir del cráter que va a dejarnos Milei, quién va a pagar esa reconstrucción, que va a ser costosísima, sino ahora mismo cómo vamos a capear esta crisis que se nos viene encima.

28 de marzo, 2026 | 20.40

La malaria que el gobierno insiste en tapar con la mano siempre incide en el termómetro social, probablemente más que cualquier otro factor por sí solo, ya que el bolsillo es la víscera más sensible y viene sufriendo dolencias que ya se volvieron crónicas, pero no es menos cierto que los tiempos de la política a veces son otros. Esta semana parece haberse cerrado el largo paréntesis que abrió el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, con un tuit en septiembre del año pasado, hace exactamente seis meses el domingo pasado, como si el soporte vital hubiera contemplado ese plazo. Pero como siempre que se gana tiempo ese tiempo tiene un costo, y cuando finalmente debés afrontar el problema, que sólo se posterga, nunca se evita para siempre, las cosas suelen ser más difíciles. El crédito siempre viene con intereses. Quien utilizó sabiamente ese tiempo para prepararse puede salir bien parado. El que lo malgastó, en general, termina mucho peor.

Cada novedad en el caso Adorni hace eco en todas las otras denuncias de corrupción que este gobierno nunca supo explicar, apenas correrlas de la primera plana de los medios que, de acuerdo a la versión oficial, son opositores y no cobran pauta. Curiosidades de la política no euclidiana de los Milei. Las novedades sobre Libra alimentan ese bucle y recuerdan, por si hiciera falta, que el saqueo atolondrado y berreta no es la aventura solitaria de un arribista sino un sistema que derrama desde sus más altas autoridades, empezando por los hermanos, y al que se dedica toda la plana mayor, mientras la gobernanza, la toma de las decisiones que realmente importan, transcurre en otro lado, que no está en la Casa Rosada, y quizás ni siquiera esté dentro de las fronteras de nuestro país. Las versiones, surgidas en el corazón de la bestia, de que tras la salida casi segura del jefe de Gabinete podría sucederlo el JP Morgan Pablo Quirno abona esa certeza.

Adorni no es más corrupto que sus compañeros. Aunque todavía se desconoce el monto total que pudo rapiñar es probable que sea algo muy menor comparado con los millones de Libra, los negocios de Karina, la malversación de fondos reservados o el tráfico de información privilegiada. Tiene el problema de que se nota más porque, a diferencia de los Caputo, que ya tenían mucha plata, o de otros buscas como los Milei o José Luis Espert, que habían construido personajes un poco más sofisticados para justificar o disfrazar sus renovados hábitos, el jefe de Gabinete siempre fue, a todas luces, un rasca, hasta que dejó de serlo de un día para otro. La mancha, sin embargo, se expande más allá de su figura y no va a revertirse cuando salga. Este gobierno ya es percibido mayoritariamente, incluso por una parte significativa de sus votantes, como un gobierno fundamentalmente corrupto. El malestar, pasado por ese filtro, se procesa muy distinto.

Por un imprevisible guiño de la historia, todo escaló la misma semana que el peronismo consiguió sus dos hitos más importantes desde el 10 de diciembre de 2023, por lo menos. Una fue la manifestación histórica por los cincuenta años del golpe militar de 1976, que reunió a más de un millón de personas en todo el país (y en la que, desde ya, y como todos los años, abrevaron distintas corrientes, algunas muy críticas del peronismo). El segundo fue el fallo de la Corte de Apelaciones de Nueva York que reconoce la validez legal del proceso de nacionalización de YPF iniciado durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, a partir de una iniciativa estratégica de Axel Kicillof, por entonces secretario de Política Económica, y ejecutado por el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido. De los tres, por razones tan obvias como injustas, el único en condiciones de capitalizar esta novedad de primera línea convirtiendo política en votos es Kicillof.

Pero sería miope y cortoplacista, por lo tanto inefectivo, leer las dos novedades, la marcha histórica y el fallo histórico, exclusivamente en clave electoral. Fuimos testigos esta semana de un quiebre más profundo, que llena de dudas el relato libertario sobre su supuesto triunfo inapelable en la batalla cultural. La reivindicación cobarde de los crímenes de lesa humanidad, disfrazada de negacionismo o “verdad completa”, encontró su piso histórico desde que, a partir de la presidencia de Mauricio Macri, se empezó a dar lugar a esos discursos desde el paraguas del Estado nacional. Por su parte, la Corte neoyorquina habilitó a que se reconozca la importancia estratégica de la expropiación de YPF (y por lo tanto admitiendo que esa medida está en la caja de herramientas), algo que había sido sistemáticamente negado, casi hasta la esquizofrenia, por el antiperonismo durante todos estos años. Hay quienes aún hoy insisten con eso pero literalmente no se entiende lo que dicen.

Esa percepción coincide con otros datos, más sistematizados, que dan cuenta de que el gobierno se encuentra en su peor momento en términos de opinión pública, regresando a niveles similares a los de septiembre pasado pero con una inclinación más marcada a la baja. Por supuesto, esto no se traduce linealmente en términos electorales, pero Milei está perdiendo algo peor que votos: está perdiendo la legitimidad para actuar y ser tratado de forma excepcional, que es la única forma en la que su gobierno puede sostenerse en pie. Además, todos los estudios serios muestran que el declive alcanza incluso a los jóvenes de 16 a 24 años, que siguen siendo su núcleo de apoyo más numeroso pero ya en números rojos, con más rechazo que aprobación. Según advierte el politólogo Facundo Cruz, “los jóvenes no necesariamente están cambiando de rumbo: están reaccionando más rápido dentro del mismo camino”. Es un panorama sombrío para el gobierno.

La última vez que estuvo así lo salvó Donald Trump, pero esta vez el presidente de Estados Unidos tiene otros problemas más urgentes. No puede parar la guerra, aunque dijo varias veces que quería hacerlo y hasta que lo estaba consiguiendo, lo cual erosiona su propia legitimidad, dentro de Estados Unidos y en el resto del mundo, tanto como la suba del precio de los combustibles, los episodios de escasez cada vez más frecuentes y las consecuencias de eso, que ya empiezan a sentirse en varios puntos del planeta, lo están volviendo cada vez más impopular, incluso en países que han sido históricamente sus aliados. Con la escalera estratégica fuera de su control y la urgencia por cerrar pronto un problema inmenso en un año electoral clave, aumenta la posibilidad de que la guerra tenga una escalada catastrófica, ya sea en términos convencionales u otros. No parece haber una salida buena para el peor de los perdedores. Y ese es un problema enorme.

Las consecuencias de la guerra se sienten cada vez más. Marzo de 2026 se siente un poco como febrero de 2020. En la primera semana, Tailandia restringió las exportaciones de crudo. En la segunda semana, la India anunció la redirección de energía desde la industria textil a los hogares para evitar apagones; Pakistán anunció semana laboral de 4 días para el sector público, recorte de combustible para vehículos oficiales y adelantamiento de las vacaciones escolares después de una suba del 20 por ciento del combustible; Tailandia ordenó home office a empleados públicos y prohibió el uso de ascensores en edificios estatales, dispuso temperatura mínima de 27 grados para los aires acondicionados y congeló el precio del diesel; Sri Lanka implementó racionamiento con 15 litros de nafta por semana para autos, 5 para motos y 60 para el transporte público, y redujo un día la semana escolar. Utilizan un sistema QR para saber si ya lo usaste o no.

En Filipinas decretaron semana de 4 días y subsidios al transporte público por 85 dólares al mes. Además, la Asociación Internacional de Energía aprobó la mayor liberación de reservas estratégicas de la historia, por 400 millones de barriles; China suspendió sus exportaciones de derivados del petróleo; en Vietnam instaron al teletrabajo generalizado porque tienen menos de veinte días de reservas de combustibles; en Myanmar la junta militar impuso la circulación vehicular en días alternados por sistema de patentes pares e impares. En Bangladesh cerraron las universidades para ahorrar energía y las plantas estatales de fertilizantes para redirigir el gas a las centrales eléctricas, y advirtieron que el racionamiento va a ampliarse si la situación no se regulariza pronto. En Corea del Sur el gobierno introdujo un tope al precio de los combustibles domésticos por primera vez en treinta años como primera medida de un paquete de estabilización más amplio.

La tercera semana de marzo la crisis comenzó a expandirse hacia el oeste. En Europa, el primer país fue Serbia, que suspendió sus exportaciones de combustibles para priorizar el mercado doméstico. Grecia le puso un tope al margen de ganancia de los combustibles. Hungría y Croacia fijaron precios máximos; Eslovenia un cupo de 50 litros por día por vehículo; en Francia TotalEnergies aplica un tope “voluntario” de 1,99 euros por litro de nafta. España anunció un paquete de ayudas para amortiguar el impacto de la suba por más de 5000 millones de euros, además de que se redujo el IVA a la energía once puntos. En el Reino Unido lanzaron un paquete de 53 millones de libras para clientes vulnerables que usan heating oil para calefaccionar sus hogares. En Alemania las estaciones de servicio sólo pueden subir sus precios de venta al público una vez por día. En África países como Kenia y Egipto también tuvieron que tomar medidas de emergencia.

La última semana la situación se agravó. En Australia hay cientos de estaciones de servicio con faltantes totales o parciales. Las escenas de largas filas de vehículos y hasta gente con grandes bidones yendo en masa a repostar antes de que se acabe se repiten en varios países asiáticos. En Filipinas declararon estado de emergencia energética nacional. En Egipto todos los negocios cierran una hora antes y los carteles en la vía pública no se encienden de noche. Están evaluando implementar el teletrabajo obligatorio dos días por semana. En Sudán del Sur hay cortes rotativos diarios. El país tiene grandes reservas de crudo pero no la capacidad de refinarlo. En Mauricio se establecieron restricciones al consumo no esencial. Lejos de encontrar un camino de salida, el conflicto se agrava y cruza nuevas líneas rojas prácticamente todos los días.

Los historiadores Isabella Weber y Gregor Semieniuk plantearon en su reciente artículo “El shock mundial de la energía está en camino” que “sin una urgente acción gubernamental, la crisis del estrecho de Hormuz va a repercutir en nuestras economías y desgarrar a nuestras sociedades”. El artículo parte de la premisa de que el shock ya sucedió y lo que se nos viene encima son las ondas expansivas, que no pueden evitarse y por lo tanto es necesario prepararse para cuando impacten. Y plantea al respecto una tesis novedosa: no se trata solamente de una crisis de precios de commodities, sino que “los shocks de costo no se transmiten neutralmente a través de los mercados” sino que “le dan a las corporaciones dominantes la cobertura para subir precios, proteger márgenes y aumentar sus ganancias”. Sucedió con el Covid. Sucedió de nuevo en 2022, luego de la invasión rusa a Ucrania. Y está sucediendo otra vez ahora, advierten los autores.

“Los faltantes son aún peores. Cuando la oferta es escasa, las compañías ganan temporalmente poder monopólico. Los consumidores no pueden elegir a otro. Las empresas pueden cobrar más”, advierten, mientras que “la gente común ve pocos beneficios de esto pero debe cargar con todo el peso de la inflación”. El futuro se parece mucho al peor escenario que plantean: la estanflación. Una escasez tan severa que aplasta la producción, hunde el empleo y los salarios, incapaces de mantener el ritmo de la inflación, se desplazan del consumo a la mera subsistencia, los mercados caen y los créditos quedan impagos. Un escenario que a los argentinos nos resulta dolorosamente familiar. El artículo concluye con una advertencia. La ultraderecha (entendida como el frente político que representa los intereses de los ultra ricos, que tiene a Trump y a Milei como referentes) ganó la última crisis. No podemos permitirnos que el resultado esta vez sea el mismo.

El peronismo tiene una oportunidad única, que no hizo mucho para ganarse, y debe aprovecharla como si fuera la última, porque nunca se sabe, y porque está todo en juego. La Argentina tiene que empezar a discutir no sólo cómo vamos a salir del cráter que va a dejarnos Milei, quién va a pagar esa reconstrucción, que va a ser costosísima, sino ahora mismo cómo vamos a capear esta crisis que se nos viene encima, un problema demasiado grande como para dejarlo en manos de una banda de ladrones de poca monta claramente no aptos, ni moral ni intelectual ni emocionalmente, para ejercer la enorme responsabilidad que les dio la sociedad argentina. Hay un mandato para construir una nueva Argentina, alineada con nuestros valores históricos, el desarrollo nacional y los derechos humanos, anclada en nuestras mejores experiencias, pero con los dos pies bien plantados en el futuro y una respuesta muy clara a esa pregunta central: ¿quién va a pagar la cuenta?

Los que crean que el futuro debe construirse otra vez sobre el esfuerzo de los que se levantan todos los días a trabajar, cada día un poco más, a cambio de un poco menos, que lo digan. Que digan que ese es el plan. Y los que creemos que hay que mandarle la factura a los que alimentaron al monstruo para sacar provecho, los que ganaron millones mientras tantos elegían si saltear una comida o caminar al trabajo, tantos dejan de tomar remedios, tantos largan la facu porque no les da el tiempo para estudiar y mantener dos, tres, mil laburos; los que creemos que las cosas tienen que ser distintas, creemos en inventar una nueva democracia, con justicia social, sin impunidad para los poderosos, que sea el tronco de un proyecto de país soberano; los que creemos, en resumen, que es el momento de culminar la tarea que empezó hace medio siglo, tenemos que decirlo fuerte y claro para que todos sepan que no somos pocos y que vamos a ser cada día más.