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Casi el 30% de los argentinos justifica el acoso online contra las mujeres: así cala hondo la manósfera en el debate público

Aunque los consensos democráticos sobre la igualdad de género se mantienen sólidos en la sociedad argentina, casi la mitad de la población consume contenidos vinculados a la "manósfera". Un análisis sobre cómo la lógica del odio digital y la provocación corren el margen de lo discutible en la agenda nacional.

08 de agosto, 2026 | 19.00

En los últimos años, la manósfera dejó de ser un conjunto disperso de foros misóginos para convertirse en un verdadero ecosistema cultural conformado por podcasts, canales de YouTube, influencers fitness y financieros, comunidades de autoayuda masculina, cuentas dedicadas al “desarrollo personal”, memes, streamings enteros y referentes de la nueva derecha. La narrativa que los une es que están siendo desplazados por una supuesta agenda progresista, y en ese sentido identifican al feminismo y al wokismo como responsables de la frustración masculina. Frente a la incertidumbre económica, la precarización laboral o la crisis de los modelos tradicionales de masculinidad, ofrece un espacio de pertenencia, reconocimiento y una explicación simple del mundo que consolida esa identidad compartida.

El crecimiento de este fenómeno contemporáneo ha empezado a despertar las alarmas en todo el mundo por el poder de capilaridad y anclaje que demuestran sus discursos antifeministas, violentos y misóginos tanto en el plano digital como el físico. Ese universo de influencers con millones de seguidores, foros de internet y comunidades digitales atravesadas, ha logrado en los últimos años capitalizar las frustraciones de varias generaciones de jóvenes, sobre todo varones cis heterosexuales, que se sienten “oprimidos” por el avance de las mujeres, frustrados por su situación económica financiera y  perdidos por la crisis de masculinidad. Sin embargo la novedad, que pocos anticipaban, es que la agenda de estos sectores nacidos de la marginalidad ha llegado a escalar hasta incorporarse al debate social e incluso animarse a disputar el sentido común.

Un estudio presentado esta semana por la consultora Zuban Córdoba sugiere justamente que ese fenómeno ya no puede leerse únicamente como un problema de las redes sociales. Si bien el informe no muestra una Argentina mayoritariamente antifeminista ni una sociedad dispuesta a retroceder sobre derechos históricos, sí advierte cómo las narrativas de la manósfera, impulsadas por la lógica algorítmica, impactan en la agenda pública local y empiezan a instalar posible debates en la conversación pública sobre temas que parecían definitivamente saldados, como el voto femenino o el llamado “voto por hogar”. 

El primer dato a tener en cuenta de la investigación denominada "Manósfera y Política” es el que analiza dónde y con qué frecuencia se suman a las conversaciones digitales: un 25% de los encuestados dice que usa diariamente X, Reddit, YouTube o foros privados para temas de género; 12,6% lo hace una vez por semana; 7,2% una vez al mes; 45,2% nunca. Es decir que casi la mitad reconoce consumir, con distinta frecuencia, contenidos sobre género en plataformas, redes o foros digitales donde proliferan las comunidades de la llamada manósfera.

El segundo punto que analiza el estudio tiene que ver con quienes justifican el acoso digital a mujeres que critican a ciertos grupos: un 54,7% responde que nunca; el 29,9% justifica en algún grado el acoso online contra mujeres que critican a ciertos grupos; un 7,6% lo justifica frecuentemente; un 12,7% a veces, y un 9,6% rara vez. Es decir que si bien no representa una mayoría, tampoco es marginal el número de personas que justifican la violencia digital en algunas situaciones. Esta posición que relativiza y normaliza la gravedad de la violencia de género en el entorno digital está relacionada con el crecimiento de redes globales integradas por grupos incel, comunidades masculinistas, influencers antifeministas, streamings libertarios y espacios de radicalización digital que convierten la hostilidad hacia las mujeres en una identidad compartida, una suerte de revancha social y un espacio de pertenencia. No llama la atención entonces que un 14,6% de los encuestados afirma sentirse identificado con esos grupos que dicen defender los “derechos de los hombres” frente al feminismo.

Sin embargo, la encuesta también muestra que los consensos democráticos aún permanecen sólidos: más del 90% rechaza eliminar el voto femenino; el 73% cree que su sola discusión es una señal de alarma; y el 92,6% rechaza que “solo debería votar el varón, jefe de hogar”. Que se haya decidido incorporar un segmento de preguntas como las antes mencionadas es un hecho que, por sí solo, dice mucho sobre el momento político, social y cultural que vivimos, en el que esas ideas dejaron de ser marginales, patrimonio exclusivo de pequeños nichos digitales, y comenzaron a circular de forma incipiente en la agenda pública.

En la práctica opera el diseño de campañas de persecución y hostigamiento a periodistas, académicas, investigadoras, referentes políticas, activistas y mujeres que intervienen en el espacio público. Las tácticas de ataque se dan de forma coordinada empezando en las redes sociales, a partir de cuentas afines o bots, luego se replican en medios de comunicación, son retomadas por figuras de poder, y finalmente ganan terreno y enraizan en la opinión pública. La manósfera entonces actúa de forma articulada con periodistas, comunicadores, influencers, referentes públicos, y espacios que responden a la pauta oficial para amplificar su llegada y maximizar el daño, la violencia directa e indirecta y el disciplinamiento.

La capacidad de expansión de la manósfera tampoco puede entenderse sin el funcionamiento de las plataformas digitales y los algoritmos que privilegian los contenidos que generan indignación, conflicto, odio e ira emociones con fuerte impacto que constituyen el famoso ragebait y son responsables de los mayores niveles de interacción. Un joven cualquiera puede llegar buscando consejos para entrenar en el gimnasio, mejorar su autoestima, o aprender sobre finanzas, y terminar, después de una cadena de recomendaciones sostenidas en el tiempo, consumiendo contenidos y mensajes que presentan la desigualdad de género como una conspiración contra los varones o el feminismo como la causa de todos sus problemas. La violencia se va construyendo de forma gradual, a partir de sistemas de recomendación que premian el tiempo de permanencia y el impacto emocional mucho más que la calidad o veracidad de la información.

Un ejemplo del funcionamiento puede ser el movimiento conservador que gira en torno a la propuesta conocida como household voting (voto por hogar) en Estados Unidos,  bajo el lema “Repeal the 19th”, es decir revocar la 19ª Enmienda de la Constitución que estableció que el derecho a votar no puede ser “negado ni restringido” por “razón de sexo”. Impulsada por sectores del nacionalismo cristiano y amplificada por referentes de la nueva derecha digital, la medida busca instalar que cada familia debería emitir un único voto representado por el jefe del hogar masculino, el esposo, el padre, el patriarca. Bajo la excusa de la representación del voto se propone suprimir derechos políticos de las mujeres, restringir su autonomía, y subordinarlas al ámbito privado o reproductivo.

Lo que hasta hace unos años parecía una extravagancia confinada a pequeños espacios de Internet, ha llegado a podcasts, conferencias, redes sociales y medios de comunicación, que lo convirtieron en un tema de discusión pública. Además de los influencers y personajes misóginos que extienden el mensaje en redes sociales, fue fundamental el rol de las mujeres republicanas y las llamadas tradwives (esposas tradicionales), quienes generan contenido diario con estética vintage, romantizando el rol reproductivo y de cuidado asignado exclusivamente a la mujer, exaltando la adopción de roles familiares tradicionales de género y aceptando que las decisiones son tomadas por el esposo y proveedor económico. Una de las principales referentes del movimiento es Erika Kirk, viuda del fallecido activista ultraconservador Charlie Kirk.

El estudio de Zuban Córdoba parece registrar un incipiente movimiento en esta línea en la Argentina, en el marco de la "batalla cultural”. Si bien no muestra una sociedad que quiera eliminar derechos, deja entrever cómo ciertas narrativas ya consiguieron volver discutibles cuestiones que parecían definitivamente resueltas, instalar nuevas categorías para interpretar la realidad, redefinir quiénes aparecen como víctimas y quiénes como responsables, y naturalizar formas de hostigamiento y violencia.