Cada año, miles de jóvenes migran a grandes ciudades como Buenos Aires, La Plata, Rosario o Córdoba para iniciar una carrera universitaria, estudiar, trabajar o empezar una vida lejos de sus familias y lugares de origen. Durante décadas, una de las alternativas más comunes para quienes no podían acceder a una vivienda propia o pagar el alquiler de un departamento fueron las residencias universitarias, en las que se ofrecen habitaciones individuales o compartidas, durante meses o incluso años, a precios relativamente accesibles y la posibilidad de utilizar cocinas, livings y otros espacios comunes junto con otros estudiantes que atraviesan una situación similar.
La realidad socioeconómica actual y la crisis habitacional, que impacta especialmente sobre el costo de vida en las grandes metrópolis, provocaron una mutación de aquella lógica, que hoy aparece disfrazada con nombres más “cool” y una fuerte estetización: “coliving”. A diferencia del cohousing, que suele referirse a comunidades residenciales organizadas por sus propios miembros, el coliving es un modelo gestionado por empresas, donde cada residente paga por una habitación o una cama y el acceso a espacios comunes y servicios. La particularidad es que en redes sociales como Instagram y TikTok estos espacios se venden y promocionan como una experiencia moderna, flexible y aspiracional para jóvenes: habitaciones amuebladas individuales o compartidas, baño privado o compartido, cocinas comunes, coworking, estacionamiento para bicicletas, lavandería, wifi, cámaras de seguridad, y en algunos casos gimnasios, piletas, mesas de pool y ping pong, parrillas, fiestas y actividades para generar vínculos. La primera impresión es que se trata de una suerte de hostel u hotel de diseño en el que se puede vivir durante varios meses.
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El modelo de coliving nació en San Francisco alrededor de 2010, encabezado por jóvenes profesionales de Silicon Valley que vivían y trabajaban juntos, y posteriormente se expandió por distintas ciudades del mundo. En Argentina ya existen propuestas en Buenos Aires y Córdoba, y el fenómeno empieza a ganar terreno en otras ciudades universitarias como La Plata. En CABA las propuestas se concentran en barrios como Palermo, Recoleta, Belgrano, San Telmo y Microcentro, y apuntan a estudiantes del interior, jóvenes profesionales, extranjeros y nómades digitales. Lo que se ofrece, además de un techo, es la experiencia de vivir en comunidad, conocer gente, acceder a coworking, amenities y servicios, y evitar algunas de las obligaciones de un alquiler convencional: comprar muebles, contratar los servicios y tener que pagar internet, equipar toda una cocina, o asumir contratos largos.
Si bien la infraestructura compartida puede ser bastante similar a las viejas residencias universitarias, lo que cambia es la forma de nombrarla, de venderla y de interpretarla, ya que la convivencia que se genera termina siendo atravesada por un modelo new age de la experiencia, la flexibilidad, la comunidad y el bienestar. Lo que hace 20 años podía ser una solución provisoria, de emergencia, a una carencia, se presenta como una decisión voluntaria y deseable: vivir liviano, no atarse al ladrillo, trabajar desde cualquier lugar, conocer personas y tener una pileta o una mesa de pool a disposición.
La necesidad que se convierte en producto
No casualmente, esta alternativa de vivienda y ese relato aparecen y se expanden en un momento histórico muy particular de la Argentina y del mundo. Un informe reciente del Observatorio Federal de Acceso a la Vivienda Argentina, elaborado a partir de datos de la Encuesta Permanente de Hogares, muestra que 2,5 millones de personas de entre 25 y 34 años, es decir casi el 37% de esa población, todavía no están emancipadas y continúan viviendo en el hogar de origen. El mismo informe señala que el 52% de los hogares cuyo jefe tiene entre 25 y 34 años presenta algún tipo de déficit habitacional. La dificultad para independizarse también aparece en una encuesta realizada por del Centro de Investigaciones Sociales de UADE que encontró que el 44% de los jóvenes consultados todavía vivía con su madre o padre, el 26% vivía solo y el 21% compartía vivienda con amigos o compañeros. El mismo estudio estimó que irse de la casa familiar implica un costo que supera en un 47% el ingreso promedio de los jóvenes.
Esta dinámica se entiende si uno revisa los números del mercado inmobiliario y su crecimiento en los últimos años: según datos de Zonaprop, en septiembre de 2026, el alquiler promedio de un departamento de dos ambientes en CABA podía llegar a $886.527 mensuales, después de aumentar 29,9% interanual y 19,2% durante los primeros ocho meses del año. En Rosario, el valor promedio de un dos ambientes es de $692.730 y en Córdoba de $771.665. Todo esto sin contar expensas, servicios, muebles, gastos de ingreso y las permanentes actualizaciones.
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En medio de este escenario de ansiedad e incertidumbre, se cuela la propuesta de los coliving cuyo precio no es necesariamente barato, pero sí tiene la ventaja de concentrar en una única cuota diferentes gastos que en un alquiler convencional aparecen fragmentados. Según diferentes publicaciones de la oferta de CABA y Córdoba, una cama en una habitación compartida puede costar entre 250 y 450 dólares mensuales, mientras que una habitación privada puede ubicarse entre 400 y 1.000 dólares, con mobiliario, limpieza, servicios y contratos flexibles incluidos. En una propuesta concreta de San Telmo, por ejemplo, una habitación doble se ofrecía en septiembre de 2026 a $620.000 mensuales con servicios incluidos. Para un estudiante que migra a la ciudad, un trabajador remoto, o una persona que se va a quedar algunos meses representa una suma mensual razonable que incluye y resuelve complicaciones como mobiliario, servicios, limpieza, y espacios de trabajo.
Como suele ocurrir con casi todo en medio del capitalismo de plataformas, una necesidad, en este caso habitacional, encuentra una solución de mercado que se vende como identidad, deseo, estatus y experiencia de consumo. Es que, paralelamente a la cuestión económica y las condiciones materiales, la proliferación del coliving también responde a un cambio socio cultural. Para un joven que creció en el siglo XX, independizarse significaba cumplir los pasos de una secuencia predecible y definida de antemano: terminar el secundario, estudiar, conseguir un trabajo, alquilar un departamento, equiparlo de a poco y, eventualmente, acceder a una vivienda propia donde proyectar una familia. Esa trayectoria resulta impensable para las generaciones que crecieron en el siglo XXI que suelen tener empleos más inestables, pagar alquileres más altos, enfrentar mayores dificultades para mantenerse y ahorrar, y tener relaciones más volátiles. Por eso aparecen formas intermedias, flexibles, sin ataduras, de vivir y generar autonomía como compartir departamento, volver a vivir con los padres, alquilar una habitación, mudarse o combinar de forma indefinida distintas modalidades de vivienda.
El bonus que ofrece asociado a una idea de comunidad, de compartir, de conocer gente, funciona como gancho en una época en la que cada vez más actividades se individualizan y en la que buena parte de la sociabilidad juvenil pasa por espacios digitales. La posibilidad de compartir espacios como una terraza, una cena, un partido de pool o una actividad organizada por la propia empresa es un producto atractivo y vendible en redes sociales. La operación narrativa del soft power es sutil pero sumamente efectiva porque se pasa de una necesidad no cubierta, a una forma más inteligente, flexible y contemporánea de vivir con otros.
