No me sé el nombre de cada jugador ni el club al que pertenecen. Tampoco recuerdo la fecha precisa de las jugadas legendarias. De chica no iba a la cancha ni juntaba figuritas. Tampoco seguía a Banfield, el equipo que desvelaba a mi papá y a mi hermano. Fanáticos hasta la desesperación, sábado a sábado (porque en ese tiempo estaba en la B) los observaba marchar hacia el estadio o pegarse a la radio como si en esos noventa minutos se jugara la suerte del mundo… o sus propias vidas.
Mi acercamiento al fútbol fue a través de esa pasión ingrata que ambos vivían con una intensidad desbordada, a prueba de sinsabores. Los fines de semana y las siestas de esos morosos veranos transcurridas invariablemente en la calle, con los otros chicos del barrio (no había computadoras ni teléfonos celulares), cuando faltaba uno, a veces mi hermano me incluía en algún picadito en la vereda, asignándome el puesto de arquera: “Ponete acá que total no me van a pasar”, me decía por lo bajo, confiado en sus dotes defensivas.
Por supuesto, disfruto de un buen match, conozco las reglas, advierto cuando un jugador es descollante, cuando un equipo domina y hasta cuando una jugada es superlativa o desafortunada, pero jamás se me ocurriría discutir si conviene sacar a Leandro Paredes o hacer ingresar a Lautaro Martínez… (Y, lo confieso, me exasperan los partidos que se deslizan hacia el aburrimiento).
Este proyecto lo hacemos colectivamente. Sostené a El Destape con un click acá. Sigamos haciendo historia.
Pero siguiendo a la Selección, me di cuenta de que lo que fascina del fútbol, cuando alcanza destellos artísticos, es lo que revela del espíritu de un grupo o, en este caso, de un pueblo. Ese drama épico en el que valen tanto las dotes individuales como las virtudes sociales, la técnica y la pasión. Acostumbrados a cumplir el papel de David ante los Goliat del mundo desarrollado, este conjunto nos devuelve algo de la autoestima que quieren quitarnos cuando intentan naturalizar que somos un país de m… de vagos que no quieren trabajar, de ladrones y corruptos.
Lo que nos hace estallar el corazón y lanzar gritos desaforados es que estos chicos dan clase de calidad en lo que hacen, ganan con elegancia, sin malas artes ni gracias a circunstancias fortuitas. Muestran que incluso cuando el viento sopla en contra y parece que la suerte está echada, encuentran fuerzas para resistir y sobreponerse. Como poetizó Almafuerte, no se dan por vencidos ni aún vencidos.
Por eso, la victoria del miércoles contra Inglaterra tuvo un contenido simbólico que excede largamente las dimensiones de un estadio, las estadísticas o los anales de la historia del fútbol: corporiza en un instante compartido el alma de este país golpeado, dotado de talentos impresionantes que muchas veces juegan con las peores cartas… y, sin embargo, ¡se las arreglan para brillar como supernovas!
Disculpen el sesgo, pero se podría decir algo similar de lo que sucede con la ciencia local, cuya lista de logros alcanzados incluso en las peores condiciones es impresionante (el único país de la región capaz de diseñar satélites de observación y de comunicaciones, reactores nucleares, radares, que desarrolló una vacuna contra el Covid, que posee el sistema científico tecnológico público mejor ubicado en rankings internacionales, en el que nacieron y se formaron tres Premios Nobel…). Lamentablemente, hoy se aniquila sin piedad equipos que también podrían ser campeones en su campo, los que trabajan en el Conicet, en la CNEA, la CNAE, el INTA, el INTI, el SMN, el INA y tantos otros… Para no hablar de las estrellas de la cultura y el arte.
El enamoramiento que produce esta Selección se explica porque es la síntesis de algo mayor que un equipo deportivo: ideales, dignidad, estilo. Por eso, también, el de ayer no fue un partido más. Fue más que un partido.
