Es sábado por la tarde y una pareja sale a pasear un cochecito por una vereda de la capital, situación que podría ser una escena habitual de la vida de cualquier familia argentina. Las personas que pasan miran, algunas se sonríen, otras se corren amablemente para dejarlos pasar, y otros se paran a ver y halagar la belleza de la criatura que viaja en el coche, que no es un bebé sino un bulldog francés con un traje impermeable floreado.
A pocas cuadras, una cafetería catalogada como "pet concept store" incluye un menú especialmente diseñado para mascotas y a solo unos metros se vislumbra una tienda, tipo bazar, que combina productos de diseño y decoración pensados para que las mascotas puedan integrarse a los hogares. Lo paradójico es que todas las situaciones antes mencionadas comienzan a repetirse en casi todas las latitudes, aunque mayormente en las áreas metropolitanas y se vuelven masivas en posteos y contenidos de redes sociales.
Las mismas muestran un proceso creciente de antropomorfización de las antiguamente llamadas mascotas a las que se les atribuyen cada vez más características y acciones propias de los humanos.
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En los últimos años en todo el mundo para intentar nombrar o describir ese fenómeno se empezó a hablar de perrhijos o Fur baby; Pet parent para describir a la acción de criar una mascota; y se catalogó como padre o madre de mascota (Dog mom/Dog dad) a lo que antes era nombrado como dueño o dueña. Dicho vocabulario, además de simpático, resulta revelador porque condensa una transformación que excede ampliamente el vínculo que las personas pueden tener con los animales. Ya no se trata simplemente de amar mucho a un perro o a un gato, sino que lo que se observa es un proceso por el cual las mascotas comenzaron a ocupar el lugar simbólico que durante buena parte del siglo XX estuvo reservado casi exclusivamente para los hijos.
Hoy la industria que crece alrededor de esta tendencia incluye la posibilidad de festejar cumpleaños a mascotas o incluso ofrecer servicios velatorios especiales. A los perros se los incorpora a las fotos familiares, se organizan vacaciones en función de ellos, se les crean perfiles en redes sociales y proliferan eventos culturales que giran en torno a su presencia. En otras palabras asistimos a un proceso que podría describirse, no solo como su humanización, sino como su familiarización; es decir, la incorporación de perros y gatos al corazón mismo de la estructura y organización afectiva, simbólica, cultural y económica de la familia, que, como toda institución social, refleja cambios de época. El tema entonces escala a otro nivel y deja de ser solamente sobre las mascotas, para centrarse en los modelos sociales, proyectos de vida disponibles y las transformaciones económicas, culturales y demográficas que hicieron que las tareas de crianza se expandieran o trasladaran hacia el universo de los animales de compañía.
La Argentina de los menos hijos y más perros
Lo más fácil sería vincular de forma lineal la idea de que las personas dejaron de tener hijos para tener perros o gatos. Pero lo cierto es que no existen evidencias o investigaciones que permitan sostener la teoría del reemplazo como única explicación. Más bien podemos decir que la caída de la tasa de natalidad y la creciente centralidad de las mascotas en la vida de los argentinos son fenómenos paralelos, y probablemente dos expresiones distintas de una misma transformación histórica vinculada a una sociedad en la que cambiaron las condiciones materiales, los mandatos con respecto a la familia, las maneras de construir vínculos estables y las formas en que se distribuyen el cuidado y los afectos.
La Argentina, a la par de lo que ocurre en casi todo el mundo, ha experimentado en la última década una de las transformaciones demográficas más profundas desde que existen registros sistemáticos: la natalidad cayó a límites históricos y la composición de los hogares comenzó a modificarse aceleradamente. Según las estadísticas oficiales de la Dirección de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud, los nacimientos pasaron de 770.040 en 2015 a 413.135 en 2024. En menos de una década se redujeron casi a la mitad y la tasa de natalidad llegó a 1,23 hijos por mujer, valor inferior al nivel de reemplazo poblacional. Se trata de un proceso que comparte rasgos con otros países de la región, aunque a nivel local llama la atención la velocidad del descenso que comienza a ser eje de debates y estudios encabezados por demógrafos, economistas, sociólogos y especialistas en políticas públicas.
Son muchos los factores que intervienen en dicho proceso: la postergación de la maternidad y la paternidad, el acceso a métodos anticonceptivos, políticas efectivas de salud sexual y reproductiva, cambios en los modelos de proyectos de vida, transformaciones en las relaciones afectivas, cambios en los mandatos de género y, por supuesto, las crecientes dificultades económicas para sostener la crianza.
Al mismo tiempo, los animales de compañía adquirieron una centralidad afectiva, económica y cultural extraordinaria, y ocupan un lugar cada vez más importante en la vida cotidiana de los argentinos. Las cifras ayudan a dimensionar la magnitud del cambio: el Informe del Ecosistema Económico de los Animales de Compañía en Argentina 2026 estima que en el país viven alrededor de 16 millones de perros y que uno de cada dos hogares convive con al menos un animal de compañía, cifras que ubican a la Argentina entre los países con mayor presencia de mascotas por habitante. A su vez, la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires, en base al informe oficial de la Encuesta Anual de Hogares, señala que entre 2003 y 2022 la proporción de hogares con perros o gatos aumentó 9,3 puntos porcentuales, mientras que solo en la Ciudad de Buenos Aires se registraron más de 860.000 mascotas.
Ambos fenómenos parecen ser expresiones de un mismo contexto histórico y material que condiciona y afecta las posibilidades de imaginar un proyecto familiar. En una sociedad marcada por la precarización del trabajo, la imposibilidad de tener casa propia, el peso del alquiler de la vivienda, la incertidumbre económica, la erosión del poder adquisitivo, y las crisis institucionales, el cuidado también se reorganiza y muta. La dimensión económica en ese sentido resulta particularmente importante. Según la Canasta de Crianza elaborada por el INDEC, criar un hijo en Argentina demanda hoy entre 529.539 y 678.308 pesos mensuales, dependiendo de la edad. La medición incorpora no solo los gastos en alimentación, salud, educación, transporte o vestimenta, sino también el valor económico del tiempo destinado al cuidado, una dimensión históricamente invisibilizada y asumida de manera desigual por las mujeres.
Si bien mantener un perro también supone un compromiso económico considerable, que según distintos relevamientos conlleva un costo mensual que oscila entre 70.000 y 360.000 pesos, según el tamaño del animal, la alimentación y la atención veterinaria, se trata de una inversión sustancialmente menor tanto en recursos como en tiempo, responsabilidad, y proyección vital. La comparación, que no pretende igualar experiencias que son radicalmente distintas, pone de manifiesto que la economía no organiza únicamente el consumo sino también los proyectos afectivos que las personas consideran posibles o deseables.
La reorganización del cuidado
Durante buena parte del siglo XX, la familia nuclear funcionó como la primera institución de socialización y organización del cuidado. Tener hijos no era únicamente una decisión privada sino que constituía la base de un modelo social, político y económico, y un horizonte socialmente esperado. Para sostener dicho modelo fueron necesarias e imprescindibles ciertas condiciones materiales e institucionales estables, que comenzaron a resquebrajarse en las últimas décadas. Algunas consecuencias de ese quiebre son el aumento de los hogares unipersonales, una mayor inestabilidad de las parejas, la postergación de la autonomía juvenil, el aplazamiento de la maternidad y la paternidad, el aumento de la movilidad residencial, la proliferación de modelos laborales informales o autónomos, y la reducción del tiempo disponible para sostener tareas de cuidado. La transformación del rol de las mascotas solo puede comprenderse dentro de ese proceso más amplio.
La filósofa Nancy Fraser explica que las sociedades contemporáneas atraviesan una verdadera crisis de los cuidados: mientras el mercado demanda cada vez más tiempo de trabajo remunerado, las tareas indispensables para sostener la vida (criar, acompañar, cuidar enfermos, sostener vínculos, alimentar, escuchar, organizar la cotidianeidad) disponen de menos tiempo, menos recursos y menos apoyo institucional. Paradójicamente, mientras la necesidad de cuidar no desaparece ya que representa el sostén de la vida, las condiciones para garantizar y ejercer ese cuidado se vuelven cada vez más difíciles.
Desde esa perspectiva, la centralidad de los perros puede interpretarse como una de las formas en que la sociedad redistribuye esa energía o deseo del cuidado ya que ofrecen una relación profundamente afectiva, de presencia cotidiana y demostración de cariño, pero con un nivel relativamente menor de dependencia y responsabilidad. No sustituyen la experiencia de tener hijos, pero sí permiten desplegar prácticas intensivas de cuidado y afecto dentro de un horizonte temporal y económico mucho más reducido. Como diría Zygmunt Bauman, son relaciones intensas, cotidianas y relativamente estables en un mundo donde muchas otras relaciones se han vuelto más frágiles, líquidas, complejas y negociables.
La transformación también se expresa en el lenguaje vincular. Mientras hace unos años todavía predominaba la figura del dueño o dueña, en la actualidad muchos prefieren autodenominarse papá perruno, mamá, hermanito, bebé peludo o hijo de cuatro patas. No se trata simplemente de una metáfora afectuosa porque las categorías lingüísticas no solo describen la realidad sino que la producen. En ese sentido, cuando un animal comienza a ser catalogado como hijo, lo que cambia no es únicamente el vocabulario sino la posición simbólica que ocupa dentro de la estructura familiar u hogar. Por eso es que además de humanizarlos, lo que se genera es un proceso de familiarización por el cual son incorporados a rituales, jerarquías, tradiciones y obligaciones afectivas que siempre representaron a la familia.
Tal como sucedió con las infancias como segmento comercial en el siglo XX, el mercado comprendió rápidamente esa mutación y desarrolló todo un ecosistema de productos y servicios acorde a la nueva demanda: hoteles para mascotas, guarderías, medicina veterinaria de alta complejidad, seguros, cochecitos, pastelerías especializadas, diseño de ropa y accesorios, funerarias, cafeterías pet friendly, festivales, fotografía, seguridad y rastreo, etc.
Justamente la “humanización de las mascotas”, su incorporación como miembro estable del núcleo familiar y el lugar que ocupan en producción cotidiana de comunidad termina impulsando negocios como la premiumización de la alimentación, la medicalización del cuidado y la expansión de canales digitales y servicios vinculados con el bienestar animal.
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Además de ocupar un lugar central en la vida familiar, en muchas situaciones son los animales los que organizan rutinas, prácticas de cuidado y redefinen la dinámica social dentro y fuera del ámbito doméstico. En las grandes ciudades, por ejemplo, los perros tienen espacios exclusivos donde se generan vínculos y comunidad, una función social que durante mucho tiempo estuvo asociada, casi exclusivamente, a los hijos. Las plazas, los parques y las veredas se transformaron en lugares de encuentro donde el paseo cotidiano invita a conversaciones entre desconocidos, genera vínculos de confianza, produce amistades perrunas, y rompe, aunque sea por unos minutos, el anonimato característico de la vida urbana.
Hoy alrededor de los perros se entablan formas de sociabilidad territorial y se crean comunidades articuladas en torno al cuidado y al vínculo con los animales.
Los límites de la familiarización
Sin embargo, como toda transformación cultural, la creciente familiarización de las mascotas también genera tensiones, conflictos y desequilibrios. Un estudio recientemente publicado por la Cátedra de Bienestar Animal y Etología de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires analiza el crecimiento de la antropomorfización; es decir, la tendencia a atribuir características, emociones, necesidades o roles propios de los seres humanos a seres no humanos. Si bien destaca que “el reconocimiento del valor afectivo de los animales y de su mundo emocional puede favorecer una convivencia más respetuosa y un vínculo más consciente", advierte que muchas prácticas nacidas del afecto pueden terminar comprometiendo el bienestar animal cuando desconocen las necesidades etológicas propias de perros y gatos.
El artículo llamado “Cada vez más personas tratan a los animales de compañía como humanos”, identifica que vestirlos de manera permanente, trasladarlos sistemáticamente en cochecitos, impedirles explorar el ambiente, olfatear, correr, interactuar con otros animales o expresar conductas propias de su especie puede limitar aquello que necesitan para desarrollarse física y emocionalmente, y generar signos de frustración, aburrimiento, estrés crónico o alteraciones en la conducta. “En líneas generales, no se trata de eliminar el afecto, sino de encontrar un equilibrio. Los animales de compañía necesitan cariño, pero también rutinas claras, alimentación adecuada, estimulación física y mental, y límites sanos", dice el texto.
La investigación da cuenta de la creciente familiarización de las mascotas como fenómeno social contemporáneo y acredita que los animales de compañía ocupan un lugar cada vez más importante dentro de los hogares, organizan rutinas, modifican consumos, dinamizan el mercado, producen nuevas formas de encuentro y reconfiguran incluso el lenguaje con el que nombramos a la familia. Sin embargo, desde un punto de vista científico, ético y dentro del paradigma de bienestar animal, señala que reconocer esa transformación requiere respetar la alteridad y las características propias de cada especie. Querer a un perro como a un integrante de la familia no significa esperar que viva como un ser humano, del mismo modo que reconocerlo como un sujeto de cuidado supone aceptar que sus necesidades no son iguales a las nuestras.
