"Sí, estaba enamorado. Pero también estaba un poco aburrido de la relación sexual que teníamos. Nos estaba costando conectar”, confiesa Lucas, uno de los tantos entrevistados por El Destape para intentar entender, desde la mente de un infiel, qué es lo que los lleva a romper el acuerdo de su relación. Detrás de una infidelidad no necesariamente hay desamor, ni falta de deseo, ni peleas, ni una relación desgastada. A veces hay amor, conexión sexual, una rutina compartida, planes grandes a futuro y una pareja que, desde afuera, parece ser perfecta. Y sin embargo, un día aparece una tercera persona.
Para indagar en las posibles respuestas, El Destape conversó con Laura Enríquez, psicóloga, sexóloga y terapeuta de parejas (MN 24918), y con diferentes personas, tanto hombres como mujeres, que en algún momento de sus vidas fueron infieles. Algunos de ellos, aún diciendo que estaban enamorados y que amaban a la persona que tenían al lado. Otros, por puro impulso y motivos mucho más complejos de resumir en este párrafo. ¿Cómo es posible? ¿Hay manera de protegerse de esto, señales que no estamos viendo? ¿Tiene que ver con una fisura silenciosa que siempre estuvo en la pareja, o es más bien un problema del infiel que nada tiene que ver con el otro? ¿Qué lleva a una persona a cruzar ese límite?
La realidad es incómoda: como en todo, no hay ninguna certeza ni respuestas correctas. “La infidelidad no suele responder únicamente a un problema del vínculo. Es una situación humana compleja que habla tanto de la historia individual de quien la protagoniza como del tipo de relación que construye”, explica Enríquez. Algunos aspectos personales que entran en juego son la dificultad para poner límites, el miedo a la pérdida, la falta de habilidades para conectar afectivamente, la necesidad de validación constante o la imposibilidad de tolerar la rutina y la frustración, explica la psicóloga. Pero la infidelidad no se explica solo desde lo individual.
Lejos de reducir la infidelidad a una traición simple, Enríquez propone pensarla como un síntoma o una señal. A veces de una crisis de pareja, otras de una crisis personal que se expresa dentro del vínculo. “Muchas infidelidades no nacen del desamor hacia la pareja, sino del deseo de reconectarse con algo propio: vitalidad, deseo, libertad, validación o la posibilidad de volver a sentirse vistas o deseadas”, sostiene.
La infidelidad como un síntoma o señal y sus posibles motivos
El que es infiel, ¿siempre se siente insatisfecho dentro de su relación?
Lucas tenía 26 años cuando le fue infiel a su pareja. “Salí a tomar algo con una compañera de la facultad y terminamos yendo a un telo. No hubo motivación emocional, fue 100% una cuestión de atracción. Sabía que había onda y que era una posibilidad que pase algo”, cuenta.
Una de las creencias más comunes es que nadie engaña si está bien en su relación. Sin embargo, la clínica muestra otra cosa. Hay personas que son infieles aun sintiéndose genuinamente felices y satisfechas con su pareja. “La necesidad de validación, de reafirmar la identidad o de explorar la novedad puede empujar a alguien a ser infiel, incluso cuando hay amor, deseo y buena comunicación”, explica la especialista. No se trata de una regla general, aclara, sino de procesos muy personales y singulares.
Sobre qué sentía sobre su pareja, el joven asegura: "Sí, estaba enamorado. Pero también estaba un poco aburrido de la relación sexual que teníamos. Nos estaba costando conectar”.
¿Engañan distinto hombres y mujeres?
Algo similar sintió Ignacio. A sus 23 años, le fue infiel a su novia con desconocidas y con conocidas en simultáneo, en un momento en el que se sentía en crisis dentro de su relación. “No hubo motivación emocional, solo atracción sexual. Fue uno de los peores años emocional y sexualmente con mi pareja de ese momento. Sí estaba enamorado, pero me estaba desencantando”.
Si bien las diferencias de género son son absolutas, Enríquez explica que sí se pueden observar tendencias generales que se deben tomar con pinzas. Estudios y la práctica clínica muestran que en muchos varones todavía predomina la asociación entre deseo y validación, y "la infidelidad aparece como reafirmación del yo".
En muchas mujeres, en cambio, “suele estar más ligada a la búsqueda de conexión emocional o a la sensación de ser vistas, escuchadas, valoradas o reconocidas en su individualidad”. De todas formas, las nuevas generaciones están rompiendo cada vez más con estos estereotipos y los motivos se tienden a entremezclar entre los dos géneros.
Juana, que tenía 20 años cuando le fue infiel a su pareja, es la excepción a esta regla. Si bien, “no estaba enamorada y estaba aburrida", afirma que su engaño fue "por pura diversión”. Además, dice que en el momento no sintió nada, pero que después le "invadió la culpa". A pesar de que nunca se lo contó a su pareja, su relación terminó por otros motivos.
Personalidad, ego, rasgos narcisistas y baja autoestima
“Podríamos decir que posiblemente algunos rasgos de personalidad pueden predisponer a la infidelidad, pero no la determinan”, aclara Enríquez. Poca tolerancia a la frustración, baja autoestima, necesidad constante de validación externa, impulsividad, rasgos de hipersexualización y dificultad para poner límites son algunos de los patrones comunes entre las personas infieles. Si bien ser infiel es una decisión, las consecuencias para la propia persona que elige hacerlo pueden ser muy graves.
Marcos tenía 21 años cuando fue infiel a su novia durante un viaje, en una situación atravesada por el alcohol y una relación intensa y breve: “Fue espontáneo. Estábamos tomando unos vinos, mi novia fue al baño, nos miramos con su amiga y se dio”. En ese momento no pensó en el daño, aunque “estaba enamoradísimo”. Después llegó la culpa, pero no el arrepentimiento. “Nos separamos por un tiempo y sentí que el mundo se acababa. Fue de las pocas veces en mi vida que tuve pensamientos suicidas. Lo más raro: seguía sin arrepentirme”. La relación continuó un tiempo más, pero nunca volvió a ser la misma.
En personas con rasgos narcisistas, la infidelidad a veces funciona como “una forma de reafirmar el propio valor o atractivo, más que como una búsqueda de conexión emocional”, suma Laura. Sin embargo, destaca que reducirla a un tema de personalidad "sería simplificar algo mucho más complejo".
Miedo a la intimidad y autenticidad y estilos de apego
El miedo a la intimidad emocional y a las conexiones auténticas también es central. Laura explica que, desde la teoría del apego, los estilos vinculares influyen en cómo una persona se relaciona y, en consecuencia, en cómo puede atravesar una infidelidad: “No es determinante ni predictivo absoluto, pero sí podría darnos claves para entender los movimientos internos detrás de estos actos”.
Según la psicóloga, mientras algunas personas viven el vínculo de pareja como un espacio seguro y de contención, otras lo experimentan como una amenaza a su autonomía. “Quienes tienen miedo a depender o a sufrir pueden sostener una distancia emocional que los lleva a buscar conexiones fuera del vínculo”, señala. En cambio, quienes se sienten cómodos en la cercanía tienden a priorizar la coherencia y la confianza.
En ese marco, las personas con apego seguro suelen confiar en la relación y comunicar necesidades y límites, lo que las vuelve menos proclives a la infidelidad. En el apego evitativo, en cambio, “la infidelidad puede funcionar como una estrategia inconsciente para mantener distancia emocional, sostener la sensación de libertad y ‘protegerse’ del compromiso total”. Y en el apego desorganizado, donde conviven el miedo y el deseo de cercanía, “puede ser una manera de gestionar la ansiedad: alternan entre buscar cercanía y buscar ‘escape’”.
La historia personal también pesa. La infidelidad puede vincularse con inseguridades, dificultades para gestionar emociones o patrones aprendidos en la infancia. Crecer en entornos atravesados por engaños o falta de coherencia emocional puede dejar marcas que luego se repiten en los vínculos adultos. Por eso, más que una “falta de valores”, la especialista señala que suele haber una dificultad para sostener la responsabilidad afectiva: hacerse cargo del impacto de las propias acciones en el otro y en el vínculo.
Oriana, que tenía 22 años y estaba en pareja hacía más de un año, tampoco era plenamente consciente del daño en el momento: “Después de hacerlo me sentía mal, pero volvía a hacerlo. Fue con un conocido. Hubo cuestión emocional; 100% sexual, nunca”. Como en el caso de Marcos, la relación se recompuso de forma momentánea, pero la confianza no volvió a ser la misma.
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¿Se puede “detectar” a alguien infiel?
Otra vez, la respuesta es incómoda para los que buscan certezas absolutas. “No hay señales infalibles ni un ‘perfil secreto’ que garantice predecir la infidelidad; sería simplista pensar que se puede detectar con certeza”, dice. Sin embargo, todos estos patrones y rasgos mencionados pueden aumentar la probabilidad de que esto ocurra. Pero nada garantiza nada.
La infidelidad marca un antes y un después en la pareja porque “deja una marca emocional: evidencia vulnerabilidades, necesidades no expresadas o tensiones internas”. Reconstruir el vínculo es posible, pero no sin atravesar un proceso profundo y, muy probablemente, doloroso. “La confianza puede restablecerse, incluso fortalecerse en algunos aspectos, pero raramente vuelve a ser igual”, explica la psicóloga.
Además, destaca que esto nunca ocurre sin la ayuda de una terapia de pareja y ganas de los dos lados. “En este proceso, algo cambia inevitablemente: el vínculo se reconstruye con otra historia, otra mirada de sí mismos y del otro. Pero ese no necesariamente es negativo; puede ser un espacio para profundizar la intimidad, la comprensión mutua y la autenticidad en la relación".
¿Y qué se necesita para que una relación salga a flote después de una infidelidad?: “Un trabajo profundo: honestidad, reconocimiento del dolor, empatía y compromiso de ambas partes para transformar el vínculo. No se trata de olvidar ni de perdonar, sino de resignificar lo ocurrido”, concluye Enríquez.
Y ¿qué hacer con la infidelidad?
Si tuviésemos que establecer un punto en común entre todos estos casos, tomado entre muchas pinzas, sería cómo el paso del tiempo tensiona el deseo dentro de los vínculos. A medida que crece la intimidad, la novedad deja de ser espontánea y el deseo ya no se sostiene solo: también necesita ser trabajado.
Acá es donde la comunicación aparece como un eje central para poder expresar necesidades, incomodidades, deseos y límites antes de que se transformen en distancia, silencio o traiciones. También la posibilidad de revisar la dinámica de la pareja, animarse a salir de lo conocido y construir espacios donde la conexión emocional y sexual tengan su lugar.
Pero aún así, como todo en la vida, no hay garantías.
