El miércoles 24 de junio de 2026, a las 18:04 en Caracas, el suelo del norte de Venezuela comenzó a moverse. Primero llegó un sismo de magnitud 7,2 con epicentro cerca de San Felipe, en el estado de Yaracuy. Apenas 39 segundos más tarde, un parpadeo geológico, otro de magnitud 7,5 sacudió la misma región, con epicentro cerca del municipio de Yumare. Juntos, estos dos eventos forman uno de los episodios sísmicos más devastadores que vivió Venezuela en aproximadamente el último siglo.
En las horas siguientes, mientras los equipos de rescate trabajaban entre los escombros de La Guaira y Caracas, los sismógrafos del mundo registraban una jornada inusualmente activa: hubo un sismo de magnitud 6,9 frente a la costa de Japón, uno de 5,6 en el norte de California, y movimientos en Perú y Filipinas. Es inevitable preguntarse si estos movimientos de las placas terrestres tienen conexión.
Los sismos venezolanos del 24 de junio no fueron solo inusualmente fuertes, sino también inusualmente cercanos en el tiempo. Según el Centro Helmholtz de Geociencias (GFZ) de Potsdam, Alemania, tuvieron magnitudes de 7,3 y 7,4 en la escala de Richter. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, según sus siglas en inglés) los registró como sismos de 7,2 y 7,5; es decir, que se los cataloga entre los más violentos.
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Los científicos tienen un nombre para este fenómeno: terremotos dobles o doublets, un fenómeno poco común en el que ocurren dos terremotos de magnitud similar en la misma zona y en un breve intervalo de tiempo, sin que el segundo sea considerado una réplica. Según explicó al Science Media Centre (SMC) Beatriz Gaite Castrillo, de la Subdirección General de Vigilancia Geofísica del Instituto Geográfico Nacional de España (IGN), el precedente más parecido al caso venezolano es el de Pakistán en 1997, cuando se produjeron dos sismos de magnitud 7,0 y 6,8 con apenas 19 segundos de diferencia.
“Los dos terremotos de Venezuela ocurrieron con una diferencia mínima y una separación espacial de cinco kilómetros entre ambos –dijo Gaite Castrillo–. Sus rupturas también son similares y los epicentros de ambos son bastante superficiales, están ubicados a entre 10 y 20 km de profundidad. El daño que pueden causar este tipo de movimientos es grande debido a la poca atenuación de las ondas sísmicas hasta llegar a la superficie y a la acumulación de la vibración generada por ambos”.
Para el geólogo argentino Rodolfo Del Valle, con 49 campañas antárticas en su haber, el primero debe haber debilitado zonas estructuralmente frágiles que estaban próximas en la misma línea de fractura, y de ese modo se debe haber desencadenado el segundo. No es un fenómeno frecuente, pero tampoco, excepcional. "Ya ocurrió y va a seguir ocurriendo en el futuro", destaca.
Con él coincide Mark Allen, catedrático del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Durham, que dijo también a SMC: “Es probable que el primer terremoto provocara la ruptura de un segmento de la falla y transfiriera la tensión a otra, que a su vez se rompió provocando el segundo terremoto. Los eventos parecen haber ocurrido en el límite de las placas tectónicas entre Sudamérica y el Caribe, que se desplazan una junto a otra lateralmente, de forma similar a la falla de San Andrés, en California”.
Planeta inquieto
Que Venezuela no aparezca incluida en el Cinturón de Fuego del Pacífico no significa que esté a salvo de terremotos. El norte del país está ubicado sobre el límite entre dos de las grandes placas tectónicas de la Tierra.
“Los terremotos se producen en zonas de fracturas de la corteza terrestre –explica Del Valle–. Allí, puede haber movimientos o desplazamientos de tres tipos. Uno es el vertical, en el que una placa asciende sobre la otra. Si eso sucede en el mar y tiene una energía de 7,2 o más en la escala de Richter, puede provocar un tsunami. En cambio, en Venezuela no hubo movimiento vertical, sino horizontal, como el que se advierte cuando un tren pasa frente a un andén, por ejemplo. La parte norte se desplazó hacia el sur y la parte más hacia el continente sudamericano, hacia el norte”.
Según dijo a la Deutsche Welle Torsten Dahm, jefe de la sección de Física de Terremotos y Volcanes del Centro Helmholtz de Geociencias (GFZ) con sede en Potsdam, Venezuela ya sufrió grandes sismos antes. En 1900, un terremoto cerca de Caracas alcanzó magnitud 7,7. En 1967, otro de 6,5 dejó cientos de muertos en la capital. El más poderoso del que se tiene registro ocurrió el 26 de marzo de 1812, con una magnitud estimada de hasta 8 y podría haber dejado un saldo de 10.000 muertos. Estos últimos, ilustró Dahm, son quizás los más fuertes de la región en aproximadamente 100 años.
Colapso
Las consecuencias de los dos sismos se hicieron visibles rápidamente. Las zonas más afectadas fueron La Guaira, estado costero a apenas 16 kilómetros del centro de la capital, y la propia Caracas. En las imágenes satelitales se ven edificios colapsados, grandes hoteles convertidos en escombros e incendios. La conectividad a Internet cayó drásticamente en todo el país. Hasta el momento, se llevaban registradas 130 réplicas.
"Que hayan caído tantos edificios se debe a que no siguieron normas de construcción antisísmica –afirma Del Valle–. En San Juan y Mendoza (Argentina) o en Chile, se construye con sistemas que absorben los movimientos, ya sea mediante resortes en las bases u otros mecanismos. Si uno se fija, puede ver que hay algunos grandes edificios altos que resistieron. Esos probablemente hayan sido construidos de acuerdo con las normas".
El USGS compartió esa visión en su evaluación preliminar. Sostiene que en general, la población de esta región vive en edificios vulnerables a los temblores sísmicos, con materiales que no cuentan con la ductilidad necesaria para absorber las ondas sísmicas sin derrumbarse.
Ardió el Cinturón de Fuego
Mientras Venezuela atravesaba su mayor catástrofe sísmica en décadas, el planeta tembló en varios otros puntos. Un sismo de magnitud 6,9 sacudió las costas de Iwate, en la isla de Honshu, Japón. Un movimiento de 5,6 se registró en el condado de Mendocino, en el norte de California. Perú y Filipinas sumaron sacudidas de menor intensidad. El portal especializado Volcano Discovery contabilizó más de 600 eventos sísmicos en esa sola jornada del 24 de junio.
Sin embargo, para los geólogos no hay conexión directa entre estos eventos. “En toda la línea de costa del Pacífico hay una zona que se denomina Cinturón de Fuego porque allí el fondo del Pacífico se mete debajo del continente. Eso se llama ‘subducción’ y es la tercera forma en que se mueven las grandes placas en las fracturas de la corteza terrestre –comenta Del Valle–. Pero ninguna parte del planeta, ya sea en el fondo del mar o sobre los continentes, está libre de tener terremotos. Y aunque sabemos dónde es más probable que sucedan, hasta ahora no se puede saber cuándo van a ocurrir. En Chile se produjo el terremoto más poderoso del mundo [fue de 9.5 de magnitud, el 22 de mayo de 1960 en cercanías de la ciudad de Valdivia]. Otros muy potentes son los que se producen en Japón. Los terremotos ocurren porque la Tierra está viva. En la Luna no hay... tampoco en Marte o en Venus. Eso depende de que el núcleo de los planetas, como ocurre en el nuestro, esté muy caliente y tenga una parte fundida. Entonces, cuando hay un desplazamiento, cuando hay un movimiento, se generan corrientes de lava y eso crea tensiones internas que producen los sismos”.
El Cinturón de Fuego del Pacífico es una franja tectónica de aproximadamente 40.000 kilómetros con forma de herradura que rodea prácticamente todo el océano de ese nombre. Según el USGS, esta región concentra cerca del 90% de la actividad sísmica mundial y alrededor del 75% de los volcanes activos del planeta. Es el resultado de que allí convergen algunas de las placas tectónicas más grandes de la Tierra: la del Pacífico, la Norteamericana, la de Nazca, la de Cocos, la Filipina, la Sudamericana y la Australiana.
Réplicas
Tras cualquier terremoto de gran magnitud, la Tierra no descansa de inmediato. Las réplicas, que son sismos secundarios generados por el reacomodamiento de las rocas en la zona de ruptura, son esperables y, en algunos casos, pueden ser peligrosas en sí mismas, especialmente para estructuras ya debilitadas. En las primeras ocho horas posteriores al doble sismo venezolano, el GFZ registró al menos una réplica de magnitud 4,6.
Gaite Castrillo recuerda que la historia registra casos en que una réplica supera al sismo principal. "En Lorca (España), en 2011, a menos de dos horas de un terremoto de magnitud 4,5 ocurrió uno de magnitud 5,1. En este caso, el de 4,5 lo llamamos terremoto premonitor". Este tipo de fenómeno, aunque infrecuente, obliga a mantener la vigilancia y a no regresar a edificios dañados hasta que las autoridades certifiquen su seguridad estructural.
Los investigadores subrayan que la imposibilidad actual de predecir terremotos antes de que ocurran hace que los sistemas de alerta temprana y la construcción sismorresistente sean las dos herramientas más poderosas con las que se cuenta para reducir víctimas. Dado que los terremotos seguirán sucediendo, lo importante es estar preparados para soportarlos de la mejor manera.
