El crucero MV Hondius navegaba por aguas de la Patagonia cuando los primeros pasajeros empezaron a bajar con fiebre, dolores musculares y dificultad para respirar. Lo que parecía un brote aislado se transformó en una emergencia sanitaria que activó alertas en al menos cuatro países. La Organización Mundial de la Salud puso en marcha sus protocolos, y la noticia sigue dando vuelta al mundo. El motivo: el virus detectado no es un hantavirus cualquiera. Es la cepa Andes, la única del planeta con capacidad documentada de transmitirse de persona a persona.
Esa particularidad es la que encendió todas las alarmas. Porque cuando un virus que normalmente se contrae por inhalación de partículas de roedores comienza a saltar entre humanos, se prenden algunas alarmas. Es el patrón que siguió el Ébola, el SARS y el propio COVID-19. El interrogante entonces es inevitable: después de la pandemia que paralizó al mundo, ¿estamos ante el inicio de una nueva? ¿Puede la cepa Andes, esa que circula en la Patagonia desde hace décadas, desencadenar algo similar a lo que vivimos en 2020?
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Los hechos concretos no ayudan a calmar los nervios. El brote del crucero ya acumula varias muertes. Los pasajeros se dispersaron por distintos países antes de que se detectara el foco. Y la cepa Andes ya había demostrado en episodios anteriores —El Bolsón en 1996, Epuyén entre 2018 y 2019— que puede saltar de una persona a otra. En esos brotes, la transmisión se produjo en ámbitos familiares, en ceremonias fúnebres, entre el personal de salud. El contacto estrecho y prolongado fue la clave. ¿Pero alcanza esa forma de transmisión para sostener una pandemia?
Lejos de la catástrofe sanitaria, los números disponibles hasta ahora dibujan otro panorama. Argentina notificó 32 casos de hantavirus entre enero y abril de 2026. Chile, 38. Bolivia, 11. Son cifras que cualquier sistema de salud puede manejar sin entrar en crisis. Pero el brote del crucero, con su dinámica internacional y sus muertes, fuerza a preguntarse si esos números podrían cambiar. La OMS ya se pronunció: el riesgo para la salud pública es "bajo". Mientras tanto, la Organización Panamericana de la Salud fue más allá: "Este evento no representa el comienzo de una nueva pandemia".
Infectólogos que atendieron los brotes anteriores, biólogos moleculares que rastrean los roedores resevorios y organismos internacionales que monitorean cada mutación coinciden: la cepa Andes es especial y eso es justamente lo que la frena.
La médica infectóloga Gabriela Piovano (MN: 85.555) confirma que el virus Andes tiene una característica que lo distingue de otras cepas: la transmisión de persona a persona, aunque aclara que es excepcional. "Hay muchas publicaciones que hablan en el sentido de que la variante Andes sería la única capaz de transmitirse entre personas", explica. Pero advierte: "La transmisión es baja. Requiere un contacto muy estrecho. No tiene la capacidad que tiene el coronavirus o el virus del sarampión". Eso explica por qué los brotes suelen circunscribirse a ámbitos familiares o ceremonias fúnebres, como ocurrió en El Bolsón y Epuyén, y no se convierten en epidemias masivas.
Sobre el brote a bordo del MV Hondius, Piovano pone el foco en la falla institucional más que en el azar. "La única forma que podés conseguir sofocar brotes es aislando a las personas que están expuestas", sostiene. Y es contundente: "Si no hubieran respetado las normas recomendadas, las empresas y los estados también, esto no tendría por qué pasar". Para la especialista, el episodio del crucero expone una debilidad en los protocolos de control sanitario en fronteras y en el transporte de pasajeros, algo que ya había quedado en evidencia durante la pandemia.
La infectóloga también vincula la aparición de casos de hantavirus con dos fenómenos que vienen creciendo en la Patagonia: el cambio climático y la expansión humana sobre hábitats naturales. "El hecho de que haya más temporada de calor y de lluvia hace que los ratones tengan más actividad. Las inundaciones pueden hacer que el virus que estaba en un campo termina inundando una localidad", detalla. Pero agrega un factor igual de relevante: "La gente cada vez invade más zonas donde antes sólo había animales: countries, soja, turismo de aventura, turismo rural. Todo eso nos expone". El avance de la frontera agropecuaria y turística sobre el territorio del ratón colilargo patagónico es, según su mirada, una bomba de tiempo silenciosa.
Finalmente, Piovano resume las medidas de prevención que deberían ser de conocimiento público pero que rara vez se aplican de manera sistemática. "Hay prácticas que son de riesgo. Usar equipamiento cuando se trabaja en zonas rurales, limpiar metódicamente las cosas que vienen de afuera, controlar los galpones, asegurarse de que no haya grietas para que los ratones no ingresen a los depósitos", enumera. Y remata con una observación que apunta a la conducta individual: "Y el personal tiene que usar los implementos, tiene que haber instrucción". Detrás de cada brote, sugiere la especialista, no hay solo un virus, sino también una cadena de descuidos que empieza en la falta de prevención y termina en una urgencia médica.
Por su parte, el Dr. Raúl Enrique González Ittig, investigador del CONICET y especialista en genética de poblaciones de roedores reservorios, aporta una mirada complementaria desde la ecología del virus. Sobre el aumento de casos en Argentina, lo vincula directamente con las condiciones climáticas: "Es muy probable que el aumento del número de casos de hantavirus se relacione con el período de mayor humedad y el fenómeno de El Niño que estamos experimentando". Explica que "a mayor número de precipitaciones, sobre todo en las provincias del centro y el norte, hay mayor cobertura vegetal y disponibilidad de alimentos para los roedores. Si hay individuos infectados, aumenta la circulación del virus y la probabilidad de transmisión a humanos". La mayoría de los genotipos virales del país, aclara, "se transmiten de roedores a humanos y no forman brotes. Lo que vemos en la estadística es un aumento total de casos, pero son todos casos aislados en diferentes lugares de la geografía".
Sobre el brote en el crucero, González Ittig confirma lo que ya se sospechaba: "Es muy probable que la pareja holandesa haya adquirido el virus Andes en el sur de Chile o en el sur de Argentina a lo largo de su recorrido. Finalmente siguieron viaje y embarcaron en Ushuaia, donde comenzaron los síntomas y lamentablemente fallecieron". Y descarta que el contagio haya ocurrido en Tierra del Fuego: "Considero que es simplemente un infortunio. En Santa Cruz casi no hay casos humanos, y en Tierra del Fuego no hay roedores infectados ni se detectaron nunca. Jamás hubo un solo reporte de hantavirus ni del lado chileno ni del lado argentino. Que se hayan contagiado en Ushuaia lo veo casi imposible".
Respecto a la situación epidemiológica actual, el investigador del CONICET describe un escenario de casos dispersos más que de brotes generalizados. "Diría que es un aumento de casos aislados a lo largo del territorio, con zonas endémicas tradicionales, pero también casos fuera de lo que se consideraba zona endémica. En particular se han detectado muchos casos en la provincia de Buenos Aires, pero nuevamente todos aislados. De brote solo podemos hablar en el caso del barco y, obviamente, el brote anterior conocido fue el de Epuyén".
En materia de prevención, González Ittig enfatiza la necesidad de campañas de concientización masivas. "Hace falta folletería, publicidad en la radio, publicidad en la televisión. Que la gente que va al campo vaya con algún nivel de protección, lavado de alimentos, lavado con lavandina de lugares que han estado cerrados mucho tiempo". Recuerda el ejemplo de las cabañas patagónicas: "No ingresar a la cabaña sin previo rocío de lavandina, y después cuidar con barbijo para no respirar partículas virales que pueden haber estado en suspensión". Y concluye con una advertencia práctica: "Lamentablemente no hay vacunas. Como los casos son aislados, tampoco se puede decir que el problema esté focalizado. Lo que se ven son muchos casos dispersos en la geografía de un país muy grande". La experiencia del COVID, sugiere, debería servir para aprender a protegerse también del hantavirus en ámbitos rurales y silvestres.
El brote del MV Hondius encendió las alarmas y puso a prueba los protocolos internacionales. La cepa Andes demostró una vez más que puede saltar entre humanos, pero los números, la ciencia y los organismos de salud coinciden: no hay evidencias de que estemos ante una nueva pandemia. La transmisión es posible, sí, pero tan limitada que necesita condiciones muy específicas para prosperar. El verdadero riesgo, entonces, no está en que el virus mute hacia una forma más contagiosa, sino en que la sociedad ignore las lecciones que deja cada brote. La prevención, la ventilación, el aislamiento temprano y la articulación entre países son las herramientas reales para contenerlo. El hantavirus no se va a ir, pero el pánico, según los expertos, sobra. La vigilancia, en cambio, no.
