Tiene 88 años y cada domingo prepara ravioles para decenas de personas: la cocinera que convirtió a un pequeño pueblo bonaerense en un destino turístico

En Las Marianas, una localidad rural del partido de Navarro, Doña Irma sigue amasando a mano los ravioles que la hicieron famosa. Su restaurante familiar atrae visitantes de distintos puntos del país y se transformó en uno de los grandes atractivos gastronómicos de la provincia de Buenos Aires.

23 de julio, 2026 | 13.50

No hay nada mejor que la cocina casera: el sabor de los platos hechos con dedicación, el diferencial de condimentar a gusto y el cariño detrás de cada preparación. Eso es lo que pasa cuando uno entra al restaurante de Irma, una mujer que en 1958 descubrió su pasión por la gastronomía y, desde entonces, dedica cada fin de semana a cocinar para cientos de personas.

Cada fin de semana, decenas de personas llegan hasta Las Marianas, un rincón rural de la provincia de Buenos Aires, para probar los ravioles caseros de Doña Irma Angrigiani, una cocinera de 88 años que desde hace más de seis décadas mantiene viva una tradición familiar.

Ubicado a unos 140 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, el restaurante "Doña Irma" funciona en un antiguo edificio que durante décadas recibió a viajeros del tren y que hoy volvió a llenarse de vida gracias al turismo rural. Allí, la protagonista sigue levantándose temprano cada fin de semana para preparar una por una las recetas que aprendió en su juventud y que todavía hoy cocina casi de la misma manera que hace 60 años.

La especialidad de la casa son los ravioles de verdura, preparados con masa fresca elaborada en el día y un relleno cuya receta continúa siendo un secreto familiar. Aunque muchos clientes intentaron descubrir cuál es el ingrediente que los vuelve tan especiales, ni Irma ni su familia revelan el misterio. Cada domingo el restaurante recibe alrededor de 70 reservas y puede atender hasta 90 comensales. Todo se prepara de manera artesanal, sin recurrir a productos congelados. Además de los ravioles, el menú incluye canelones, tallarines, carnes al horno, postres caseros y otras recetas tradicionales que completan una experiencia gastronómica profundamente ligada a la cocina de campo bonaerense.

Cuatro generaciones detrás del mismo proyecto

Aunque Irma sigue siendo el alma del restaurante, el emprendimiento ya involucra a cuatro generaciones de la familia. Su hijo Andrés, su nieto Nahuel y hasta su bisnieto participan en el funcionamiento cotidiano del lugar, manteniendo vivo un legado culinario que comenzó mucho antes de la reapertura del restaurante.

La historia del salón también está estrechamente vinculada al propio pueblo. En la segunda mitad del siglo XX funcionó como hotel y comedor para quienes llegaban en tren a Las Marianas. Tras años de inactividad, la familia decidió recuperar el edificio y transformarlo nuevamente en un punto de encuentro, esta vez con Doña Irma como gran protagonista.

Como ocurrió con muchos pueblos ferroviarios, Las Marianas sufrió un fuerte impacto cuando dejaron de pasar los trenes de pasajeros. La pérdida de conectividad provocó una disminución de la actividad económica y del movimiento de visitantes.

Sin embargo, durante los últimos años el turismo rural comenzó a cambiar esa realidad. La gastronomía, los productos regionales, la tranquilidad del paisaje y la historia del pueblo hicieron que cada vez más personas eligieran visitarlo durante los fines de semana. El restaurante de Doña Irma se convirtió en uno de los principales motores de ese crecimiento y en una de las razones por las que muchos viajeros descubren esta pequeña localidad de Navarro.

Cómo visitar el restaurante de Doña Irma

Las Marianas se encuentra a unos 27 kilómetros de Navarro y unos 130 de CABA. Para llegar desde la Ciudad de Buenos Aires es necesario tomar la Ruta Provincial 41 y luego recorrer un tramo de camino rural hasta ingresar al pueblo.

Debido a la gran demanda, el restaurante trabaja principalmente con reservas, especialmente los domingos, cuando los famosos ravioles caseros son el plato estrella. Quienes llegan hasta allí no solo buscan una buena comida: encuentran también una historia familiar, una cocina a leña y la calidez de un pueblo que hizo de la hospitalidad una de sus principales tradiciones.