El lunes después de la final del Mundial fue uno de esos días grises que nos hacen sentir un poco solos, un poco vacios, un poco angustiados, un poco perdidos, un poco tristes, y todo eso junto también. Además del despertador, mas tortuoso que nunca, volvieron las reuniones, las cuentas por pagar, los grupos de WhatsApp del trabajo, las noticias de siempre, los pendientes, las charlas de ascensor sobre el clima, y los semáforos y esquinas llenos de personas que, otra vez, caminaban sin mirarse, sin registrarse, sin buscar complicidad en la mirada ajena. En solo cuestión de horas, la vida pasó de ser un cuento maravilloso a una normalidad de terror, y con ella volvió todo aquello que durante poco más de un mes había quedado suspendido.
A diferencia de la final perdida con Alemania en 2014, la escena y la sensación que dejó el subcampeonato de la Selección Argentina en 2026 fue ampliamente favorable, una respuesta inusual para la historia reciente y el fervor popular. Lejos de la búsqueda de culpables o errores tácticos, predominó el orgullo por los jugadores, por lo que pusieron en cada partido, la admiración por un equipo que llevó a nuestro país a lo más alto y representó, en un momento de muchísimas angustias y carencias sociales, al pueblo argentino. Los mensajes en redes sociales, la gente en las calles, el recibimiento en el predio de Ezeiza, fueron solo algunos gestos visibles del profundo agradecimiento hacia un ciclo que, con Lionel Messi y Lionel Scaloni como principales referentes, construyó una de las experiencias deportivas más significativas de las últimas décadas a nivel mundial.
Sin embargo, junto con ese sentimiento de orgullo y pecho inflado, se asoma una tristeza persistente, incómoda, una sensación que excede el resultado y que probablemente tenga menos que ver con la copa que no llegó y mucho más con el final de un tiempo excepcional. Desde el partido inaugural el jueves 11 de junio de 2026 entre México y Sudáfrica en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, la vida cotidiana se reorganizó alrededor del calendario del Mundial. Los horarios y obligaciones se acomodaron a la agenda oficial, las conversaciones giraron en torno a equipos, jugadas, polémicas y posibles formaciones, y, por unas semanas, las preocupaciones habituales perdieron centralidad frente a una expectativa envolvente y compartida. Por supuesto que no desaparecieron los problemas económicos, las tensiones políticas, ni las obligaciones laborales, pero sí dejaron de ocupar el centro de la escena, situación que quiso ser aprovechada por el gobierno nacional para meter mano a su agenda de ajuste y entrega. El Mundial funciona como una suspensión de la rutina, una pausa que permite que millones de personas enfoquen su atención en una misma historia y experimentar, al mismo tiempo, una forma distinta de habitar lo cotidiano.
Esa experiencia que estamos duelando tiene una explicación que excede al deporte o las características propias de este mundial. En una sociedad atravesada por la aceleración permanente, donde la lógica del rendimiento nos exige producir, responder, consumir, trabajar y resolver de manera inmediata e ininterrumpida, los espacios capaces de interrumpir esa dinámica son cada vez más escasos. El Mundial funciona como uno de esos pocos y raros acontecimientos que logran desplazar, aunque sea temporalmente, el peso de las preocupaciones y exigencias diarias de todo un colectivo, reemplazandolas por una preocupación distinta, reparadora.
Quizá no sucede en todas las latitudes planetarias, pero en Argentina el mundial nutre la energía emocional colectiva y nos fortalece como nación porque modifica nuestra relación con los demás. Si bien somos un país que se caracteriza por la afectividad, la calidez y la reciprocidad en los vínculos cercanos, en general en nuestro día a día nos cruzamos y convivimos con cientos de personas que nos son indiferentes. Atravesamos la ciudad, las calles, el transporte público, las plazas mirando una pantalla de celular, consumiendo contenidos seleccionados por el algoritmo, hiperfragmentados, cuya tarea es mantenernos cautivos y aislados, confirmando nuestros sesgos y prejuicios. Vivimos apurados, quemados, absorbidos por nuestros propios problemas y acostumbrados a que el otro aparezca como un desconocido, un competidor, una molestia o alguien completamente ajeno.
El Mundial parece romper con ese mecanicismo de la vida cotidiana y nos devuelve a la vida comunitaria. La camiseta de la Selección como uniforme, las banderas en los frentes y balcones como código de pertenencia, un comentario sobre el partido que genera vínculo e interés, la ilusión en las miradas que se entiende sin mediar sonido, o incluso un festejo con un desconocido después de un gol que por unos instantes es tu mejor amigo. Pequeños gestos que alcanzan para establecer una complicidad inmediata. El colectivero, la cajera del supermercado, un vecino, o cualquier persona en la calle dejan de ser extraños para convertirse en alguien con quien compartimos un significado.
Ese reconocimiento mutuo produce un alivio, que aunque es difícil de cuantificar, se percibe con claridad en el cuerpo. El sociólogo Emile Durkheim analiza que las sociedades necesitan de rituales colectivos porque es en esos momentos excepcionales donde se renueva el lazo social y donde los individuos comprenden que forman parte de algo más grande que ellos mismos. Podemos hablar entonces de esa energía compartida como una efervescencia colectiva, una emoción que no pertenece a cada persona por separado, sino que nace precisa y unicamente del hecho de vivirla con otros. Así como los rituales religiosos cumplían en el pasado esa función, en el mundo contemporaneo mucho más secularizado e individualizado, la Copa del Mundo es uno de esos acontecimientos capaces de producir la existencia corporal y simbólica de un “nosotros” que trasciende las diferencias cotidianas. En tiempos donde predominan la fragmentación, la polarización y el repliegue sobre la vida privada, esa posibilidad de encontrar un punto en común con cualquiera nos armoniza porque nos devuelve algo que escasea en la vida cotidiana: la certeza de pertenecer.
En una época atravesada por la exaltación del individuo, el mérito individual y la autosuficiencia, esta Selección produjo una identificación a través de un relato colectivo, a contramano, incluso teniendo al mejor futbolista del planeta. En sus declaraciones el DT Scaloni eligió siempre hablar de la fortaleza del grupo grupo, del esfuerzo compartido. En la conferencia luego de la derrota ante España, el llanto desconsolado del DT no tenía que ver con el resultado del partido sino con el fin de un ciclo de jugadores que mostraron una manera de jugar y representar forma de entender el éxito: “En mi vida pensamos todos los chicos del cuerpo técnico estar en ese lugar. Entonces, para seguir, se necesitan un montón de cosas, sobre todo volver a resetearse, volver a formar un grupo como este, que difícilmente se vuelva a formar”, dijo entre lágrimas.
Esa experiencia que esta semana empezamos a despedir deja una enseñanza que excede al fútbol y seguramente vaya a engrandecerse con el paso del tiempo. Este equipo, además de coleccionar trofeos y triunfo épicos, nos refrescó, en el abrazo con los argentinos, que las emociones más intensas siguen siendo colectivas, que los grandes logros nunca son completamente individuales y que, incluso en una sociedad atravesada por la polarización, el malestar y el cansancio, persiste una enorme capacidad para construir comunidad cuando aparece una causa compartida. Las calles explotadas antes y después de cada partido, los abrazos con desconocidos, los bares repletos, las reuniones de familias y grupos de amigos, los gritos de gol en cada una de las escuelas, y hasta el silencio del domingo pos derrota son escenas sociales disfrazadas de futboleras. Fueron la expresión de una cultura profundamente comunitaria que sobrevive incluso cuando buena parte del discurso público oficial insiste en que cada uno debe arreglarse por su cuenta. La Selección no inventó esa identidad, pero si la hizo visible, la volvió cuerpo y la rescató del olvido.
