Los Caligaris y sus 28 años de fiesta y circo: "Somos una banda de alegría”

A 28 años de trayectoria, Los Caligaris celebran su identidad circense, el crecimiento descomunal en México y su regreso a Cosquín Rock haciendo de la alegría un oficio.

29 de enero, 2026 | 15.28

Raúl Sencillez habla y parece que estuviera arriba de un escenario. Se ríe, exagera, se interrumpe, vuelve. La cadencia es la de alguien que lleva 28 años de banda, miles de kilómetros encima y una certeza que repite como mantra “somos una banda de alegría”. En ese plural entra todo, la historia compartida desde la infancia, la familia, el circo, México, Cosquín Rock y esa mezcla rara entre disciplina y juego que define a Los Caligaris desde Córdoba para el mundo.

La primera definición que aparece es el descanso. No como lujo, sino como necesidad. “Nos empezó a pasar que hasta la pandemia hacíamos giras de tres meses, dos meses… muchísimo. Ahora nos damos cuenta y lo máximo que hacemos son 20 días”, cuenta. No es una decisión menor para un grupo que hizo de la ruta su hábitat natural. “Es necesario estar bien porque somos una banda de alegría. Si estás medio fundido se nota”, dice.

En el calendario de verano, Los Caligaris parecen, según su propia metáfora, aves migratorias. “Hace un par de años que somos como las gaviotas, vamos donde hace calor”, suelta entre risas. Y en ese mapa soleado hay un país que dejó de ser destino para convertirse en segunda casa: México. El crecimiento fue lento, artesanal, casi improbable. “No fue que llegamos en 2007 y rompíamos lugares. Encontramos tierra fértil y dijimos ‘acá pasa algo con nuestra música’”.

Las primeras fechas fueron en salas diminutas, escalones angostos, aforos desbordados. “Había un lugar donde entraban 250 personas… nosotros metimos 500”, recuerda. Dormían en casas prestadas, viajaban en una combi vieja, “la habíamos bautizado ‘la aceituna’”, y empujaban el vehículo cuando se quedaba. Años después, la postal es otra, Auditorio Nacional, Foro Sol, estadios para decenas de miles. Pero Sencillez insiste en subrayar el proceso. “No fue de la noche a la mañana”.

Ese reconocimiento mexicano incluso rebotó hacia Argentina. “Nos empezaron a reconocer acá a partir de nuestro éxito en México”, admite. Y la escena se repite en Estados Unidos, donde se mezclan argentinos, colombianos, guatemaltecos y salvadoreños. “Se arma una fiesta hermosa porque, aunque somos distintos, tenemos las mismas raíces”.

Los Caligaris, "la banda más feliz del mundo"

La pregunta inevitable es cómo se sostiene una banda durante casi tres décadas sin implosionar. Raúl no romantiza: “Hicimos terapia de grupo”, revela. Después llega la explicación más simple y más compleja a la vez, amistad. “Nos conocemos desde la infancia. Cuando armamos la banda queríamos tocar en bares de Córdoba, que nos den de tomar gratis y jugar a ser estrellas de rock”. El tiempo, claro, cambió los objetivos. “Hoy a veces nos juntamos a tomar mate y diagramar cosas. Ser músico no es levantarse tarde y estar tirado, es viajar, ensayar, trabajar”.

Antes de los escenarios multitudinarios hubo otra carpa, literal. La historia circense es origen en la biografía de Sencillez. “Yo vivía en un circo cuando era chico. Mis viejos eran bohemios, me apoyaron siempre”. Trapecistas, acróbatas, guitarras heredadas, una batería regalada por un tío. El abuelo, dueño del circo, sembró la idea que décadas después se transformaría en sello, Los Caligaris hacen piruetas mientras suenan sus canciones. “Lo del circo se dio de manera natural. Cuando buscamos un distintivo apareció toda la cuestión escénica y visual”.

La fiesta de Los Caligaris es un clásico en Cosquín Rock.

Esa identidad se apoya en una misión que ellos no buscan esconder. “Recibimos muchos mensajes de gente que nos cuenta cómo una canción nuestra los ayudó en un momento difícil. Es re loco”, dice. Para los 25 años armaron un documental con testimonios de fans. La alegría no es pose. “No es fingido ni forzado. Somos así, todo el tiempo riendo, poniéndonos apodos. La música es una manera de desnudarnos”. Y también de crecer: “Al principio le componíamos a una novia o al barrio; hoy le componemos a los hijos. El próximo disco será para los nietos”, bromea.

En esa dualidad entre lo íntimo y lo gigante se mueve la banda. Pueden cerrar un estadio o elegir un club pequeño. “Son distintos sabores”, resume. En un boliche de 400 personas escuchan los gritos del fondo; en un estadio, si se saca los in-ears, el sonido llega con delay y se pierde. Ninguna experiencia anula a la otra, conviven.

La conversación inevitablemente desemboca en Cosquín Rock, territorio sagrado para cualquier músico cordobés y donde se presentarán el próximo mes. Raúl sonríe al recordar la primera vez. “Fuimos todos vestidos de gaucho y con bigotes… a algunos ni nos crecían porque éramos muy chicos”. El festival, dice, cambió con los años, pero la emoción se mantiene intacta. Ahora les toca un horario simbólico, cerrar el escenario a las 12.30 de la madrugada, un 14 de febrero. “Siempre tratamos de hacer algo especial para Cosquín”, adelanta. Habrá invitados, reversiones del rock nacional y el repertorio propio que ya funciona como himnario festivo.