El segundo día de Rock en Baradero tuvo algo de consagración. Con el predio ya en estado de ebullición tras el arranque del viernes, la jornada del sábado terminó de confirmar por qué este festival, doce años después, sigue siendo una postal viva del rock argentino en todas sus formas.
Desde temprano, el escenario Pogo marcó el pulso. El debut de Florián abrió la tarde con una carga emotiva que encontró rápido eco en un público expectante, dispuesto a abrazar lo nuevo sin perder la intensidad. A partir de ahí, la curva no hizo más que crecer, Gauchito Club aportó frescura, Marilina Bertoldi desplegó su magnetismo habitual y los pesos pesados terminaron de consolidar la jornada.
Cuando Rata Blanca salió a escena, el anfiteatro ya era un hervidero. Lo mismo sucedió con Babasónicos, que convirtió su set en una experiencia colectiva, elegante y eléctrica a la vez. El cierre en ese escenario quedó en manos de Peces Raros, que empujó todo hacia una dimensión más sensorial, con bases electrónicas y un público completamente entregado.
El presente de la música argentina en Rock en Baradero
Pero si algo distingue a Baradero es su capacidad de multiplicar climas en simultáneo. En el escenario Ritual, la jornada tuvo otra narrativa: Indios, El Zar y Terapia fueron construyendo una atmósfera que creció en intensidad hasta explotar con Catupecu Machu y El Kuelgue, dos propuestas que, desde lugares muy distintos, lograron una conexión total. El broche lo puso El Mató a un Policía Motorizado, con un público que coreó cada tema como si fuera un manifiesto generacional.
Más relajado pero no menos vibrante, el escenario Del Parque funcionó como refugio y sorpresa. Ahí, nombres como Los Tabaleros y Los Pericos sostuvieron el clima festivo hasta el final, demostrando que el espíritu del festival también vive en esos cruces inesperados entre géneros y generaciones.
Con más de 25 mil personas a lo largo del fin de semana, el segundo día dejó una imagen difícil de discutir: el rock argentino no solo sigue convocando multitudes, sino que además convive en un presente donde lo consagrado y lo emergente se potencian mutuamente. Hubo pogo, sí, pero también comunión. Hubo clásicos, pero también nuevas canciones que encontraron su lugar.
