Genki Kawamura se convirtió en una de las estrellas de la última edición del Festival de Cannes. Su película Exit 8, adaptación cinematográfica del homónimo videojuego, fue ovacionada durante ocho minutos, mientras que su estreno superó los 5.000 millones de yenes en taquilla japonesa.
Kazunari Ninomiya se pone en la piel de un joven que, durante un viaje en subte, recibe una noticia capaz de cambiar su vida para siempre. Lo que parece ser apenas un instante cotidiano se transforma en el comienzo de algo mucho más inquietante. Pero esa revelación está lejos de ser lo peor que le ocurrirá ese día.
A medida que avanza el trayecto, cada detalle empieza a volverse extraño, como si algo invisible lo empujara hacia un destino del que no puede escapar. Exit 8 habla sobre las decisiones que tomamos y sobre esas señales que, por apuro, alienación o distracción, dejamos pasar, pero que traen grandes consecuencias.
Entrevista a Genki Kawamura, director de Exit 8: pasar por alto la anomalía
Felicitaciones, Genki, por la película. ¿Por qué decidiste adaptar un videojuego? ¿Qué encontraste en él que te resultó atractivo?
— Cuando conocí el videojuego me llamó mucho la atención. Aunque es un juego muy simple, tiene una estructura de bucles que me pareció muy interesante. También tiene algo de ese mecanismo de “encontrar errores”, de detectar pequeñas anomalías.
Después empecé a mirar videos de personas jugándolo y entendí que había tantas historias posibles como jugadores. Cada persona reaccionaba de manera distinta frente a la experiencia. Eso me resultó muy atractivo como punto de partida para una película.
Además, lo relacioné con el purgatorio de La Divina Comedia de Dante. Ese espacio donde aparecen, de alguna manera, los pecados o las fallas que todos los seres humanos llevamos escondidos.
En ese sentido, la película plantea una paradoja interesante. La experiencia del videojuego suele ser solitaria, pero en Exit 8 pareciera que solo es posible salir del encierro dejando de estar encerrado en uno mismo. ¿Cómo fue llevar esa tensión al cine?
— Todos los días tomo el subte para ir a trabajar en Tokio y suelo observar a la gente. Casi todos están mirando el celular. Están completamente concentrados en la pantalla y, muchas veces, dejan de percibir lo que ocurre alrededor.
Puede que un bebé empiece a llorar o que algo pase al lado, pero nadie lo registra. En esas pantallas vemos guerras, violencia, sufrimiento, pero lo único que hacemos es seguir deslizando el dedo.
Quizás no tengamos el pecado de haber matado a alguien, pero sí existe otro tipo de culpa: la de fingir que no vemos la realidad. Hay una forma de egoísmo en eso, una tendencia a encerrarnos en nosotros mismos.
Por eso pensé en ese espacio que recuerda al purgatorio de Dante, un lugar donde uno se ve obligado a enfrentarse con aquello que normalmente evita mirar.
¿Qué herramientas te dio el terror para representar esta distopía en la que, por momentos, parece estar inmersa la sociedad?
— Todos los días nos enfrentamos a pequeñas anomalías. Cosas mínimas, desajustes, señales extrañas. Lo importante es si somos capaces de advertirlas. Cada vez que aparece una anomalía también aparece una elección: avanzar, detenerse, ignorarla o prestarle atención.
Creo que la película trabaja sobre eso. Sobre la conciencia de que siempre estamos tomando decisiones. Lo importante no es solo elegir, sino hacerlo de manera consciente.
Hay un tema sensible que aparece en la película: el aborto. En Japón es legal desde hace décadas, pero por momentos la película podría interpretarse como si tomara una posición en contra. ¿Es así?
— Mi postura es neutral. En realidad, el foco de la película no está puesto en el aborto, sino en el hombre. La mujer ya tomó una decisión. Lo que me interesaba era mostrar a un hombre enfrentándose a la responsabilidad de convertirse en padre.
Eso implica aceptar una responsabilidad social y personal que cambia completamente la vida que llevaba hasta ese momento. Él vivía de una manera bastante egoísta, centrado en sí mismo, y de pronto se ve obligado a confrontar con otra realidad.
La película tuvo una gran recepción. ¿Cómo fue el paso por Cannes y por los otros festivales?
— Me hizo sentir que esa sensación de aislamiento que muestra la película existe en todo el mundo. La imagen de personas mirando el teléfono, viviendo de manera muy solitaria, y esa especie de culpa colectiva de fingir que no vemos la realidad, es algo que no pertenece solo a Japón. Es un problema universal. Creo que eso fue lo que conectó con públicos de distintos países.
Al mismo tiempo, la película tiene una estética muy japonesa: un espacio minimalista, ordenado, limpio, casi cotidiano. Pienso que la combinación entre ese tema universal y una identidad visual tan específica ayudó a que la película encontrara una recepción tan fuerte en festivales.
