Marta González cumple 81 años: su pulseada contra la muerte, la decepción más grande que vivió, los secretos de Boquitas Pintadas y el día que su casa fue un carnaval de maricas

A los 81 años y cursando un cáncer con metástasis, Marta González estrenó la comedia dramática Negociemos... Una historia de amor junto a Rodolfo Ranni.

28 de noviembre, 2025 | 21.06

Cuando supe que tenía metástasis me puse muy triste, hasta que apareció esta obra. La verdad es que soy una loca, no puedo creer como dije que sí en mi estado”, remarca la actriz Marta González en el living de su casa, en un mano a mano con El Destape a propósito del estreno de "Negociemos... una historia de amor", una comedia dramática de Alicia Muñoz que la tiene compartiendo elenco con Rodolfo Ranni.

La actriz, quien hace tiempo anunció abiertamente que cursa un cáncer, repasa sus momentos de gloria en el cine y la televisión, las historias de amor que vivió a lo largo de su vida y los dolores que la forjaron, en medio de su nueva pulseada contra la muerte.

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¿De dónde sacás las fuerzas para actuar?

- De que no me quiero morir. Pese a eso, no le tengo miedo a la muerte. Desde que perdí a mi hijo creo que la muerte no existe y que cuando no estemos más acá, vamos a otro nivel. Pero mientras haya alguien que nos recuerde, siempre estaremos vivos.

A mi hijo me lo recuerdan todo el tiempo, no pasa un día sin que alguien me diga lo buen tipo que era Leandro. El alma no muere.

¿En qué parte del tratamiento contra el cáncer te encontrás?

- Tengo metástasis, no se cura. Podés retrasarlo un poco, pero la tengo en la piel y es el órgano más grande del cuerpo. Así que no creo que esté mucho tiempo más acá.

Marta González posa en su casa (Crédito: Martín Ernesto García).

¿Antes de la muerte de Leandro, tu hijo, tenías desarrollado tu costado más espiritual?

- Sí, Dios me preparó para el dolor más grande que puede tener una madre: la muerte de un hijo. Si bien vengo de un hogar católico y, obviamente, eso hizo que recibiera el bautismo, la comunión y la confirmación, yo tuve una conversión muy grande al cumplir 22 años de casada, durante un viaje a Corrientes con mi ex marido (hace referencia al ex futbolista Osvaldo “Chiche” Sosa, fallecido en el 2020), cuando fui a una misa y algo de lo que dijo el padre hizo que se me abriera el corazón. Ahí empecé a ir todos los días a misa, me agarró un pedo místico (se ríe).

Marta González y su hijo Leandro.

Sus amores, el día que televisaron su casamiento y cómo se enteró que su esposo la engañaba

Negociemos… Una historia de amor presenta un vínculo romántico de personas de la tercera edad. ¿Tuviste algún amor en esta etapa de tu vida?

- Ya no, pero a veces leo noticias de viejos que se casan y pienso que es muy lindo. En lo personal, relaciono el amor de parejas con el sexo y la verdad es que son dos cosas que no tienen nada que ver. Aunque si tienen sexo no sé cómo harán... La mía está muerta hace años (se ríe).

Se puede tener sexo sin caer en prácticas genitales.

- Pero me da un poco de vergüenza. Los viejos tenemos que atravesar eso, la vergüenza de amarse. Los hijos y los nietos suelen meterse y a veces juzgan. “¡Abuela!, ¿Cómo te vas a poner de novia?”. Muchas veces pasa eso. Por eso creo que esta obra es esperanzadora.

Vos has amado mucho…

- También sufrí mucho por amor.

Negociemos... una historia de amor, con Marta González y Rodolfo Ranni.

Hace poco me enteré que tu primera historia de amor con alguien del medio fue con Palito Ortega.

- Con Palito salíamos en la época en la que no se cogía. Me acuerdo de haberme ido a confesar y decirle al padre: “nosotros hacemos de todo, pero lo único que él no hace es penetrarme”. Eran los ‘60, un horror.

A Palito le siguió el ex futbolista “Chiche” Sosa, una fusión deporte-espectáculos que en esa época era bastante novedosa. Hoy es más frecuente, quizás el mejor ejemplo son “La China” Suárez y Mauro Icardi.

- ¡Fui la primera botinera! (se ríe) Ahora hay muchos casos más. Cuando yo me puse de novia con “Chiche”, él jugaba en la Primera B y no tenía un peso. Nos conocimos en un casamiento judío, aunque ninguno de los dos somos judíos. Ahora, las chicas que salen con futbolistas ven eso como un trofeo que les permite crecer en su posición económica. 

Una vez la actriz Bárbara Mujica me pidió que le cuente que me había pasado la primera vez que vi a “Chiche” en malla, en el ‘65, y la verdad es que era impresionante. Era físicamente perfecto.

¿Me podés contar cómo fue la televisación de tu boda?

- Fue un gran espectáculo, me casé en 1968. Lo gracioso es que el remisero que nos llevó hasta la Iglesia se asustó por la cantidad de gente que había en el lugar y se las picó, así que de ahí me fui en taxi hasta la Confitería del Molino.

Tuve un matrimonio difícil, pero mis hijos salieron hermosos. Éramos muy jóvenes los dos, fue muy difícil. Tuve mucha culpa en mi frustrado matrimonio, porque a mí me gusta atender a todo el mundo, soy más madre que mujer.

Pero del otro lado él no estuvo bien…

- “Chiche” fue un hijo de puta, pero entiendo que había cosas que necesitaba y como no las recibía en mi casa, se iba a buscarlas a otro lado.

¿Cómo te enteraste que te engañaba con otras mujeres?

- Cuando me enteré que veía a otras mujeres lo mandaba a la puta que lo parió, pero al final siempre me convencía. Yo quería tener un matrimonio para toda la vida, en mi mentalidad era la de Susanita, de Mafalda. Quise envejecer junto a “Chiche”, pero no pudo ser. Me acuerdo de una vez que Libertad Lamarque me dijo, cuando estábamos haciendo Aplausos en el teatro: “¿Sabías que tu marido, mientras vos estás actuando, está con la mujer de Thorry (Juan Carlos) en la última fila chapando?”. Ay, sentí un dolor físico tan grande ese día. Llevábamos 7 años de matrimonio.

"Mi casa siempre estuvo llena de mariconas. Las maricas son las grandes amigas de mi vida"

Uno de tus roles más importantes en cine fue esa inolvidable Nené en Boquitas Pintadas, de Leopoldo Torre Nilsson. ¿Cómo llegaste a ese guión?, ¿habías leído la novela de Manuel Puig?

- Lo tengo muy patente eso. Yo leí la primera emisión que había salido de Boquitas Pintadas y mi primera reacción fue decirle a una amiga, “que lindo sería poder hacer a Nené”. Me parecía un personaje tan rico. Dos años después me llamaron para hacerla. Resulta que Beatriz Guido me había visto recibir un premio que gané por la obra Aplausos y le había llamado la atención mis labios pintados de rojo. Automáticamente le avisó a Babsy (Leopoldo Torre Nilsson) que yo tenía que hacer de Nené en la película. Y a la semana recibí su llamado. Tuve suerte.

¿Qué recuerdos te quedan de ese rodaje?

- Era una fiesta. Estábamos Leonor Manso, Luisina Brando y yo, y llegábamos a un set de filmación casi hollywoodense. Babsy era muy genial y nunca lo escuché gritar durante la filmación porque sabía lo que quería y sabía pedirlo. 

Nunca imaginé la repercusión que iba a tener Boquitas Pintadas. Gracias a la película llegué a San Sebastián y pude conocer a Sophia Loren, Richard Burton, estrellas de verdad.

¿La considerás una de las primeras películas del cine argentino hecha para gays y personas queer?

- No recuerdo alguna otra película así que se haya hecho en los ‘70. Tampoco los gays se mostraban tanto… en el ambiente siempre fuimos abiertos. 

Mi casa siempre estuvo llena de mariconas. Las maricas son las grandes amigas de mi vida. De hecho, mi mamá hizo el primer baile de travestis cuando no existían los travestis. En el año 1962 yo vivía con mi familia en una casa grande en Palermo y un día se acercaron a mi mamá -que era extra, vestidora y amaba el ambiente de la actuación- los bailarines del Teatro Colón para pedirle la casa, porque querían hacer un baile para juntar fondos para viajar a Europa. Ella les dijo que sí. Era un baile de carnaval.

Me imagino, habrían ido montadísimas los bailarines.

- Estaban todas divinas. Imaginate eso en una casa de familia… En la sociedad todavía no se hablaba de travestismo y menos de transformismo, y en casa había una revolución de mariconas bailando. Al rato cayó el comisario a mi casa, para cerrarla por un impuesto, y una de las chicas lo sacó a bailar. El tipo se puso como loco con el bailarín y si bien mi mamá le dijo que “la chica era un chico”, se lo terminó llevando al telo y ahí se encontró la sorpresa. Al día siguiente volvió y nos quiso cerrar la casa (se ríe).

Volviendo al cine y lo queer, recién en los ‘80 estuvieron Adiós, Roberto y Otra historia de amor, de Américo Ortiz de Zárate.

- Era un chico divino Américo, yo lo quería mucho. Fue asistente de dirección en una de las películas de Torre Nilsson. 

Nosotros fuimos dos veces con Babsy a San Sebastián. La primera vez fue con Boquitas Pintadas y la gente ovacionó la película. Y al año siguiente lo invitaron de nuevo para presentar La guerra de cerdo y a los gallegos no les gustó nada. Es una película muy fuerte, pero pasamos un momento horrible. De pronto me sentí insegura como actriz, no sabía si había hecho algo mal o qué.

¿Siempre te importó la mirada del otro?

- En ese momento un poco me importaba. Me acuerdo de una crítica que había hecho un periodista muy conocido sobre Boquitas Pintadas, que elogiaba mucho a la película y a todos los actores menos a mí. Me angustié mucho y le dije a Babsy, quien me respondió: “No sabe ver. Tu personaje es muy difícil, porque es gris”.

Del otro lado también recibí alegrías: hace unos años atrás el hermano de Mirtha, José Martínez Suárez, me dijo que Boquitas Pintadas era la mejor película de la historia del cine argentino.

Te alimentó el ego.

- Me dio orgullo. Tuve una muy buena carrera.

¿Es cierto que un capítulo de la telenovela Estrellita, esa pobre campesina hizo 80 puntos de rating?

- Sí, pero muy pocas veces recuerdan mi trabajo en televisión. Yo protagonicé dos de las telenovelas más importantes de la época (Estrellita, esa pobre campesina y Ella, la gata), pero estoy olvidada (se ríe). Por lo general, cuando los medios hablan de las telenovelas siempre llaman a Leonor Benedetto que hizo Rosa de lejos, o a Luisa Kuliok por La extraña dama.

La pulseada contra la muerte: "A Dios le gusta la gente que lucha por lo que quiere"

¿Estás actuando con peluca?

- Sí, pero odio la peluca. Nunca en mi vida usé peluca, porque siempre tuve un pelo envidiado por todo el mundo, tupido y espeso. Y la verdad es que a mí me hubiese encantado subirme al escenario así como estoy porque creo que sería muy potente para la obra -que se trata del reencuentro de dos enamorados separados por la vida durante 40 años. Él se va a Italia y se queda con una imagen de la mujer que amó y la encuentra décadas después, en la misma plaza donde se conocieron, leyendo un libro- pero Ranni no quiere…

¿Qué dicen los médicos de tu decisión de seguir actuando?

- Me felicitaron todos. El otro día le pregunté al jefe de cirugía del Instituto Fleming si podía tomar una copa de champagne y me dijo: “¿una sola? Es muy poco”. A mi edad y en el estado en el que me encuentro los médicos me dan vía libre para algunas cosas.

Marta González posa en su casa (Crédito: Martín Ernesto García).

El 28 de noviembre cumplís 81 años. ¿Lo vas a festejar?

- Voy a estar trabajando  y muy lejos de los míos. Ya el año pasado, para los 80, mi hija me hizo una hermosa fiesta sorpresa con todos mis amigos, mis hermanos, nietos y sobrinos (se emociona). Fue hermoso.

¿Hablás con tu hija sobre la muerte?

- Ella me dice “mamá, todos nos morimos”, pero yo sé que va a sufrir mucho cuando yo no esté más en este mundo. Mi hija es la jefa de obstetras en el Hospital Rivadavia y siempre lidia con la vida y la muerte.

La última: ¿Tener cáncer te acercó a otras personas con cáncer?

- Sí. Los pacientes con cáncer ponemos el cuerpo, pero hay mucha gente detrás que trabaja para que estemos mejor: científicos que prueban vacunas, médicos que investigan remedios, mucha gente. Hay que tener mucha fuerza para salir adelante porque a Dios le gusta la gente que lucha por lo que quiere.