6 de abril: Día Internacional del Deporte para el desarrollo de la paz mientras Trump está de fiesta

Lejos de los ideales de Coubertin, Donald Trump se mueve como quiere y toma a los eventos deportivos como rehenes. 

06 de abril, 2026 | 16.00

Hace 130 años exactos, 6 de abril de 1896, comenzaban en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Eran un ideal de encuentro pacífico de las naciones en un mundo en pugna. Es un discurso que hoy parece una burla, cuando el anfitrión del Mundial 2026 ataca y asesina al líder de uno de sus anfitriones (Irán) y amenaza con devolver a todo ese país, y a toda su gente, “a la Edad de Piedra”.

El 6 de abril de 1896, efectivamente, 241 atletas masculinos (no estaban permitidas las mujeres) de 14 países iniciaban la disputa de 43 competiciones de 9 deportes bajo la vigilancia de Pierre Fredi de Coubertin, el barón francés que vio al deporte como un medio de paz y educación, ideales nobles, aunque rápidamente arrasados por el exitismo, la patria y el negocio. La victoria del local Spiridon Louis en el Maratón alegró al empobrecido pueblo griego, pero más aún al príncipe Constantino, cuyas ambiciones políticas, y su dinero, salvaron la cancelación de los Juegos. No fue nuevo. Ya en los idealizados Juegos de la Antigua Grecia los triunfos de Astilo de Crotona en las carreras de carros en los años 484 y 480 a.C., eran publicidad para el tirano Gelón, de Siracusa, que lo había contratado.

Tras la edición racista siguiente de los Juegos de Saint Louis 1904 (hubo pruebas para pigmeos, indios, negros y animales que asquearon a Coubertin) Londres salvó al barón (que amaba al deporte inglés) con los Juegos más dignos de 1908. Pero cuatro años después, Estocolmo 1912, estalló el primer conflicto netamente político. Las monarquías aliadas del imperio austrohúngaro por un lado y Rusia por el otro impusieron sus banderas ante triunfos de atletas de las anexionadas Bohemia y Finlandia. En la siguiente edición de Amberes 1920, a pedido británico, no fueron invitadas las potencias derrotadas en la Primera Guerra Mundial: Alemania, Austria, Bulgaria, Hungría, Turquía, Rumania y Polonia.

París, por orden de Coubertin, organizó otra vez los Juegos en 1924 y no invitó a Alemania. En Los Angeles 1932 se impuso la ejecución de los himnos para los atletas vencedores y en Berlín 36, plena Alemania nazi, los vencedores locales saludaron brazo en alto a Hitler. El Comité Olímpico Internacional (COI) jamás se disculpó por haberle regalado su juguete al nazismo. El otro gran golpe que sufrieron los Juegos Olímpicos sucedió en Munich 72, atletas israelíes asesinados por el comando palestino “Setiembre Negro”, más los que murieron luego en una base aérea por impericia de la propia policía alemana, según confirmaron documentos muchos años después. El COI ordenó un día de duelo. Al día siguiente reanudó las competencias.

Antes, en la edición de Melbourne 1956 (que ganó la sede a Buenos Aires), había comenzado la era de los boicots, que se intensificaron durante la Guerra Fría, con epicentro en los Juegos de Moscú 80 y Los Angeles 84. Años también de puro doping, aunque el Muro cayó de un solo lado, y la competencia, como ironizó un especialista, dejó de ser “comunismo vs capitalismo” y se redujo a “Adidas vs Nike”.

Pocas veces el COI quedó tan expuesto a los tiempos modernos como en los últimos Juegos de Invierno de Milano-Cortina. Atletas de Estados Unidos fueron consultados en cada conferencia sobre cómo se sentían representando al país de Donald Trump y a su política imperialista y aislacionista. El presidente magnate respondió desde Washington que los deportistas críticos a su gestión no debían representar más al país. Días después, en plena disputa de los Juegos Paralímpicos de Invierno, Trump inició los ataques a Irán, una burla a la famosa “Tregua Olímpica” que, supuestamente, deben respetar todas las naciones.

Tampoco Rusia respetó esa tregua y por eso (y también por sus casos masivos de doping) fue expulsada hace años de los Juegos. El corredor de skeleton ucraniano Vladyslav Heraskevych quiso recordar en Italia que Rusia invadió su país, pero el COI le prohibió usar un casco homenaje, argumentando que violaba reglamentos de símbolos políticos en escenarios de competencia olímpica. El mismo COI, claro, ni siquiera menciona a “Palestina” ni a sus cientos de atletas asesinados por el Ejército de Israel.

Fue aquel ideal humanitario de Coubertin lo que impulsó en 2013 a las Naciones Unidas a celebrar cada 6 de abril el Día Mundial de la Actividad Física y el Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz. “El valor del deporte para unir comunidades, fomentando la tolerancia, el respeto y la comprensión mutua” y la actividad física como “vehículo para el avance hacia metas de desarrollo sostenible y paz”. Lo que ayer pudo haber sido un ideal, hoy suena una burla. Dentro de poco más de dos meses, Estados Unidos será sede del Mundial. Y en 2028 organizará los próximos Juegos de Verano en Los Angeles. El Estados Unidos de Trump que asesina o secuestra líderes de otros países, amenaza con invasiones, interviene en otras naciones, declara guerras divinas y reprime a los migrantes de su propio país. Cuentan que Coubertin, ya inquieto, se despedía hace un siglo del olimpismo con una advertencia a sus sucesores: “circo o templo, a vosotros os toca elegir”. Eligieron el circo. Y ahora se lo regalan a Trump.