Los más ricos deberán pagar más

14 de mayo, 2026 | 00.05

Hay que repetirlo, porque el público se renueva, pero especialmente porque los adversarios trabajan a tiempo completo, repiten y repiten. Machacan las ideas a través de sus medios de comunicación mayoritarios hasta convertirlas en sentido común. “No se puede gastar más de lo que entra” insisten, mientras recortan gastos y regalan a los más ricos parte de lo que antes entraba. “La inflación es el resultado del déficit fiscal”, redundan mientras, en ausencia de déficit, la suba generalizada de precios no se detiene y alcanza picos del 50 por ciento anual.

El actual Gobierno no engañó. Javier Milei siempre dijo que venía a destruir el Estado y recibió el apoyo mayoritario ¿Qué imaginaba el votante? ¿Qué seguridad, salud, educación e infraestructura no eran el Estado? Ahora, cuando la destrucción multidimensional comienza a ser evidente, también se advierte que la reconstrucción, si llega, será lenta y, sobre todo, gravosa. Desde el campo nacional y popular la primera pregunta que debe hacerse quien quiera suceder a la actual administración es de dónde saldrán los recursos para financiar la reconstrucción. La respuesta obliga a repasar algunos fundamentos teóricos elementales, como el equilibrio presupuestario, el déficit y sus limitaciones y efectos.

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El repaso también es necesario porque hay mucha confusión entre discurso y teoría. Si alguien dice que es liberal o se sincera y dice directamente que es de derecha, el interlocutor inmediatamente sabe cuál es el núcleo de su pensamiento e ideas económicas. En cambio, si dice que es peronista, no se sabe nada, puede ser cualquier cosa. El peronismo cordobés es indistinguible del macrismo. El peronismo de los movimientos sociales se desentiende del funcionamiento del capitalismo real y de conceptos como productividad y competitividad, reivindica el pobrismo sacrificial como virtud y llega a decir que la industria no importa. El peronismo federal o “del interior” es una suerte de neomenemismo y parte del cristinismo –no precisamente Cristina– hasta se siente cerca de la dirigente trotskista Myriam Bregman. Incluso el falso ambientalismo antiproducción, bajo el nombre de fantasía de “ambientalismo popular”, tiene su lugar bajo el sol camporista. El batido ideológico es completo y a ninguno le falta el justificativo de alguna página escrita por Perón, allá lejos y hace tiempo. Cosas del movimientismo que, como el déficit fiscal, parece no ser de izquierda ni de derecha. Así como te digo una cosa, te digo la otra, como decía el General. 

Tras el catastrófico cierre del gobierno del Frente de Todos, que aquí no vuelve a repasarse, reapareció la idea entre buena parte de los siempre volubles economistas, de que el equilibrio fiscal era el nuevo consenso de la profesión, cualquiera sea el espacio político, lo que significaría que todos los problemas inflacionarios del gobierno 2019-23 habrían respondido a la existencia de un déficit presupuestario. En el límite del absurdo, y frente al evidente fracaso del experimento libertario, hasta reaparecen voces críticas que reivindican el déficit, lo que significa haber comprado la falsa dicotomía “déficit sí o no”.

La realidad es diferente. El primer paso es advertir que la ecuación del déficit dice que Ingresos menos Gastos es igual a Déficit o Superávit presupuestario. Los gobiernos interesados en la destrucción del Estado solo piensan en ajustar por el lado del gasto porque representan a quienes más deberían aportar por el lado de los ingresos, es decir los más ricos. Pero resulta evidente que también se puede alcanzar el equilibrio presupuestario por el lado de los ingresos. Esto no quiere decir que el problema de la escasez desaparezca y que los ingresos se pueden aumentar indefinidamente solo por la vía de la voluntad política. Como lo sabe cualquier administrador tributario, recaudar nunca es fácil. Lo que se destaca es que el mismo gobierno que se dice preocupado por el equilibrio fiscal es el que, al mismo tiempo, reduce los impuestos a los más ricos, es decir dilapida recursos fiscales por el lado de los ingresos.

Luego, aparece una segunda dimensión crucial. En economía, a diferencia de la contabilidad, las variables de las ecuaciones no son estáticas, sino dinámicas. El comportamiento de las variables presupuestarias tiene lo que se denomina “un fuerte componente endógeno”. El Gasto es uno de los componentes de otra ecuación, la de la demanda agregada. Si se reduce el gasto cae la demanda y se contrae el producto. En el caso local, además, se contrae el producto de las actividades que, con la actual estructura, más impuestos recaudan. Dicho de manera directa, la dinámica económica determina que la baja del gasto induce una baja en los ingresos. Si se quiere mantener el equilibrio sólo por esta vía se cae en el conocido fenómeno del “perro que se muerde la cola”, del ajuste que demanda nuevos ajustes para mantener el equilibrio. Esta secuencia da lugar, por un lado, un escenario macroeconómico recesivo, que hoy no se manifiesta cabalmente en la evolución del PIB como consecuencia del aporte de las economías de enclave, y por otro, una destrucción progresiva de las funciones del Estado, el objetivo declarado de Javier Milei, quien vale recordar se declaró “el topo que destruye el Estado por dentro”.

La primera conclusión preliminar es que se puede “mantener las cuentas en orden” manejando los dos componentes del Presupuesto, gastos, pero también ingresos. Luego, el equilibrio presupuestario no es un dogma para ninguna economía. Incurrir en déficit puede ser un requisito indispensable para salir de una recesión, de lo que se sigue que el mismo aumento de la actividad será lo que genere los ingresos para volver al equilibrio. Pero el problema local es otro. No existe un mercado de deuda en moneda propia desarrollado para financiar ese déficit, lo que reduce el margen –léase bien– para el “nivel de déficit” en el que es posible incurrir. Lo que debe evitar el hacedor de política es pasarse de rosca.

El segundo punto que debe reverse es la relación entre déficit fiscal e inflación. La vulgata neoclásica sostiene que el mecanismo de transmisión es monetario, lo que en los hechos se demostró como una falacia. La verdadera correa de transmisión siempre es vía costos. Si se habla de exceso de déficit fiscal sin mercado de deuda en moneda propia desarrollado, la inflación se transmite vía dolarización de excedentes y aumento del precio del dólar, el principal precio básico de la economía local.

La segunda conclusión preliminar es que el freno relativo de la inflación durante algunos períodos de la actual administración se debió a que ingresaron por múltiples fuentes –blanqueo, deuda externa, aportes del Tesoro estadounidense y exportaciones de sectores dinámicos– las divisas suficientes para sostener el “ancla cambiaria”, es decir el precio del dólar.

La tercera conclusión preliminar es que, por sus dificultades para financiarlo, la economía local tiene menos margen que otras para sostener la “herramienta transitoria para salir de las recesiones” que es el déficit fiscal. Está compelida a tener las cuentas más ordenadas, lo que significa que, para impulsar un gasto que apenas repare las funciones esenciales del Estado –salud, educación, infraestructura y seguridad y defensa– deberá mejorar los ingresos. Cualquier agenda para un proyecto nacional y popular deberá contemplar el cobro de más impuestos a los más ricos, es decir hacer lo contrario a lo que se hizo, por ejemplo, en 2023, cuando se bajaron los impuestos a los altos ingresos.

Finalmente, otro punto central de la agenda, imposible de soslayar, será la relación con los mercados que, a pesar de la asimetría generada por el sobreendeudamiento disparado a partir de 2016 y profundizado por el mileísmo, no podrá ser nunca de subordinación.-

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).