De "la llorería" a la final del morbo

El partido del morbo llegó al fútbol argentino. En la final, River enfrentará a Belgrano y reeditará una final pero, ahora, por un título y no por la permanencia en Primera División.

18 de mayo, 2026 | 18.57

Hay un momento en “El Partido” –el hermoso documental del Argentina-Inglaterra de México 86 que se estrenará este jueves en distintas salas del país- en el que el polémico árbitro tunecino del cotejo, Alí Benacceur, le agradece a los jugadores ingleses porque decidieron seguir jugando luego de su error grosero que validó “La Mano de Dios”, el uno-cero de la selección que desbloqueó el juego de cuartos de final en el Azteca y que Diego Armando Maradona anotó con su mano para ganarle el salto al desconcertado arquero inglés Peter Shilton. El documental le pregunta entonces a Oscar Ruggeri, cuarenta años después, cuál habría sido la reacción de los jugadores argentinos si “La Mano de Dios” hubiese sido inglesa y no argentina. “Todavía estaríamos corriendo al referí”, responde Ruggeri. Una definición perfecta de nuestro fútbol. De un fútbol que le hace honor al último libro de Martín Sivak: “La Llorería”. Un fútbol en el que todos lloran. Con o sin razón (eso casi ni importa). Lo importante es sacar ventaja. “El que no llora no mama”.   

“La guardia alta”, advirtieron ya no hinchas en las redes, sino también las actuales y las ex autoridades de River en la previa del sábado contra Central, porque el “Canalla” venía de ganarle con polémica a Racing en Rosario por la expulsión de “Maravilla” Martínez (él inocente, pero otra vez irresponsable). Difícil imaginar un escándalo similar si el ganador de ese duelo hubiese sido Racing y no Central, porque al “Canalla” le anularon un gol también de modo polémico (pero no tanto, según el “indignómetro” de numerosos medios de Buenos Aires). Desde nuestro centralismo porteño domina, por ejemplo, el retorno del “mundialista” Leandro Paredes y su influencia en un Boca al que antes le costaba una enormidad jugar bien al fútbol. Pero hay que irse a Rosario para apreciar lo que significa Angel Di María, su influencia y su identificación “canalla”. En Buenos Aires, sin embargo, Di María queda reducido al “secanuca” que le gritó, entre tantos, el hincha de River ayer en el Monumental, en la victoria “millonaria”, merecida, 1-0 contra Central, primer boleto a la final del campeonato.

Es cierto, Di María, que antes del partido reflotó él mismo el viejo debate “porteños vs interior”, no ayudó mucho cuando en su momento se prestó a celebrar un trofeo inconsulto dentro de una camioneta, tan cerca del poder. Ayer, cierto discurso buscó despersonalizar el insulto que sufrió el sábado en el Monumental: “siempre se insultó a la figura del equipo rival”. Pero no fue siempre así. Lo atestiguan, entre tantos, campeones mundiales de México 86. El sábado, el Monumental estalló cuando, apenas iniciado el partido, el árbitro Nicolás Ramírez ni siquiera consideró infracción una barrida de Franco Ibarra que sacó de la cancha lesionado y llorando al goleador Sebastián Driussi. “Chiqui Tapia botón/ sos un hincha de Boca la puta madre que te parió”, coreó el Monumental. Boca, el supuesto protegido, lleva tres años sin ganar absolutamente nada en un fútbol que reparte títulos para todos. Y Central, otro protegido supuesto, sufrió el sábado dos penales en contra, ambos merecidos (no hubo lupa esta vez sobre las amarillas que Ramírez podría haber aplicado a River y decidió no cobrar).

El fútbol decide todo en el momento, muchas veces en apenas segundos. También la sanción y la ejecución de los penales: ¿y si Facundo Colidio habría fallado con su tiro débil y al medio (pero que jugó con el engaño previo al arquero Jeremías Ledesma, quien eligió tirarse a su izquierda)? Los jugadores no fallan sus penales porque los patean de modo irresponsable, como solemos apuntar desde un micrófono. Miedos y nervios al margen, siempre recuerdo un diálogo con Carlos Bianchi al día siguiente de que “el Loco” Abreu clasificó a Uruguay a cuartos de final del Mundial 2010 con un recordado penal de “cucharita” contra Ghana. “¿Loco? Para nada. Patear así es lo que le da a él mayor seguridad”, me respondió Bianchi.  

Previamente, en el mismo partido del sábado había fallado su penal Gonzalo Montiel. Segundo penal fallado en diecinueve ejecuciones. Justo él. Garantía de River y de la selección campeona mundial. Como también fallaron ayer domingo el “Chino” Zelarrayan y el “Mudo” Vázquez,    los dos jugadores acaso más experimentados y mejor ejecutantes de Belgrano en su aun así ganadora definición por penales contra Argentinos en La Paternal. Y como falló segundos después para Argentinos, y de modo clamoroso, nada menos que Enzo Pérez, el más experimentado de todos dentro del campo, su penal “masita” que terminó definiendo la nueva eliminación del equipo de Nicolás Diez. Otro compañero de él eligió en cambio reventar el arco. También falló. Lo sorprendente, eso sí, fue que Argentinos, que ganó el sorteo, haya elegido que los penales se patearan frente a una obra en construcción, y no frente a sus propios hinchas. 

La derrota de ayer de Argentinos (otra vez superior al rival, pero “maldito” en los penales) se pareció a la que había sufrido unos días antes San Lorenzo contra River. Ambos vieron el cielo a un milímetro. En apenas segundos mudaron a tristeza profunda. El fútbol es naturalmente injusto, como suele sucedernos con la vida. La injusticia también habilita el llanto. Y siempre está la contracara. El triunfo dramático contra San Lorenzo, sabemos, “resucitó” al River de Eduardo Coudet, que un mes atrás parecía al borde del incendio, y que ahora es finalista con Belgrano.

El equipo del “Ruso” Ricardo Zielinski ganó el otro boleto de modo aun más impensado, porque estuvo a segundos de quedar afuera, porque Argentinos tiene más fútbol y porque el rival era además otro supuesto “protegido” de la AFA (otra vez fallaron los alarmistas eternos del “ya está todo arreglado”). El fútbol, entre tantas cosas, es juego y corazón. Y en La Paternal, méritos al margen, terminó ganando el corazón de Belgrano, que ahora jugará su final del morbo el domingo contra River en el Mario Kempes. Es un morbo que reflota recuerdos del descenso de River en 2011 y que asegura letra para toda la semana. Por suerte, tenemos ya también evidencias suficientes que nos demuestran que, más allá de las trampas que ama el poder, el fútbol también es juego, error y azar. Y que, como ya decía un viejo dicho uruguayo, los partidos “terminan cuando acaban”.