Por qué la Selección Argentina reinventa nuestra identidad: el acontecimiento político que puede sacudir la anestesia nacional

El éxito de la Selección Argentina se transformó en un acontecimiento político-cultural que sacudió la anestesia nacional frente al relato individualista.

19 de julio, 2026 | 22.00

En tiempos en los que el fútbol globalizado parece rendirse ante la desinformación y el capitalismo desbocado de las apuestas, la Selección Argentina logró transformarse en un acontecimiento político inédito. De la mano del orgullo por lo nacional y el recuerdo latente de las Islas Malvinas, el equipo de Lionel Scaloni quebró la inercia diaria y la anestesia generalizada de una sociedad golpeada, demostrando que la identidad argentina está viva, en plena reinvención y dispuesta a plantarse ante los relatos del individualismo.

Detrás del brillo de las medallas y la euforia colectiva que inunda las calles tras cada victoria, late un pulso subterráneo que excede lo puramente deportivo. No es solo el disfrute de ver rodar la pelota ni el éxtasis de las victorias; es la irrupción de gestos genuinos que cortan la inercia de la vida cotidiana, de un hastío insoportable.

En un contexto ¿atípico? dominado por las plataformas digitales y las apuestas promovidas hasta por las máximas figuras del deporte, el fútbol parece transitar su época más mercantilizada. Sin embargo, cuando las narrativas populares se apropian del juego, la cancha se convierte en un tablero donde se disputan sentidos mucho más profundos.

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El regreso de Malvinas: de lo político a la cancha

(FOTO: Reuters).

El fútbol nunca fue neutral, por más que los discursos desde lugares de poder se empeñen en trazar una frontera ficticia entre el deporte y la realidad social. El momento en que el plantel argentino desplegó la bandera de Malvinas en pleno campo de juego no fue un acto planificado en las oficinas de marketing, sino un acontecimiento político y cultural nacido de la espontaneidad. Surgió del impulso de un hincha que arrojó el trapo desde la tribuna, pero cobró una dimensión histórica gracias a la valentía y decisión política de los jugadores de sostenerlo ante los ojos del mundo.  

Al hacerlo, el plantel no solo desafió las rígidas y punitivas normativas de censura de la FIFA, que criminalizan cualquier expresión popular, sino que desató una verdadera batalla cultural en la inercia del día a día. Ese gesto visual y potente, potenciado por la carga emotiva de haber vencido históricamente a los ingleses, perforó la desinformación reinante. Su mayor impacto no quedó registrado en las planillas oficiales, sino en las casas: niños y niñas, movilizados por la imagen, volvieron a preguntar a sus padres y abuelos qué significan las islas para nuestra historia.  

Ludmila Fernández López, comunicadora, creadora de contenidos y licenciada en Comunicación Social, entre otras, analizó en diálogo con El Destape el ímpetu que tuvo el hecho: "Esa acción despierta micro conversaciones en todo el mundo, atraviesa las generaciones... cómo el hecho de visibilizar una causa se termina convirtiendo en algo tan potente: la importancia de la comunicación, de instalar una narrativa diferente. que por ahí puede ser una cosa sintetizadora, ¿no? Porque Messi no va a hablar como el Che Guevara; sin embargo que diga: 'Che, la gente no llega a fin de mes y esto se lo debíamos a la gente', se termina convirtiendo en algo súper interesante ".

Un freno al relato libertario y globalizado

Esta muestra explícita de amor por lo nacional operó como un cortocircuito inesperado en el relato libertario que impera en la coyuntura actual. Mientras los discursos oficiales predican el individualismo a ultranza y demuestran una línea sumisa a los intereses de corporaciones globales —como la propia FIFA o el libre mercado desregulado—, la Selección Argentina construyó una épica basada en la pertenencia y la construcción colectiva.

La potencia de esa energía patriótica incidió, quizá, de forma indirecta en la realidad institucional del país, con lo que ocurrió al día siguiente en la sesión de Diputados, en la que el oficialismo no pudo, o no quiso, juntar los votos para tratar la Ley de Tierras. "Sería cautelosa de decir que la victoria ante Inglaterra y la bandera calaron en el corazón de los legisladores. Me parece que no y entiendo que, por una cuestión estratégica, dijeron: 'No podemos hacer esto en este auge patriótico', cuando una sociedad que estaba anestesiada de pronto le cargó sentido político a ese patriotismo. Pero sí lo que hace es mover la correlación de fuerzas, que la gente, jugando con este término amplio, puede llegar a tomar de una manera mucho más negativa la noticia de ese tipo de leyes que hace uno dos meses atrás", explicó la comunicadora Fernández López.

La doble cara del mito: ¿épica colectiva o trampa del sacrificio?

El rendimiento de la Selección en la cancha repite un patrón sistemático que mantiene en vilo al país: la necesidad de remontar los partidos y sufrir hasta la última milésima de segundo. Esta dinámica despierta dos interpretaciones sociológicas contrapuestas. Por un lado, emerge una épica luminosa y fabulosa sobre la resiliencia indomable de nuestro pueblo. Es la radiografía de un equipo con diferencias físicas visiblemente notorias que la media internacional y proveniente de un país económicamente golpeado y empobrecido, que sin embargo jamás se achica ni se deja vencer psicológicamente ante las bestias del primer mundo europeo.

Mientras los planteles del norte global se muestran abatidos o disociados cuando el resultado les es adverso, el futbolista argentino compite con más sed de gloria que nunca.  Por otro lado, en la vida cotidiana y alejado de lo deportivo, existe un encuadre sumamente peligroso: la trampa de romantizar el "saber sufrir". En la coyuntura actual, los sectores que dominan la hegemonía del relato utilizan esta narrativa del sacrificio inevitable para validar la crueldad económica y la resignación social cotidiana. Es el peligro de homologar la épica deportiva con la validación del empobrecimiento, bajo la promesa cuasi religiosa de que es necesario pasarla mal hoy para disfrutar mañana.

El desafío radica, entonces, en la batalla cultural por el sentido: no permitir que el sufrimiento deportivo sea usado como anestesia para domesticar el dolor social. "Esta idea de que 'hay que saber sufrir' es peligrosa, porque quienes dominan hoy la hegemonía del relato la están usando para hacer mucho daño... ese sacrificio medio religioso e irracional se puede encuadrar peligrosamente", comentó Fernández. 

Una identidad en reinvención que sacude la resignación

Lejos de las etiquetas y las categorías cerradas donde la política tradicional intenta encasillar a los protagonistas, tildándolos a veces de tibios o apolíticos, los gestos de este equipo demuestran que la identidad argentina está viva, en constante movimiento y en plena reinvención. Excede los límites partidarios y abre nuevas posibilidades para salir de la oscuridad y el hastío que arrastra el país.

"No se va a agotar en lo que la Selección genere, sino en cómo sepamos interpretarlo. Y eso no es traer agua para tu molino ni podemos apropiarnos de que Messi piense como nosotros. Ellos con sus complejidades y con sus propios intereses. Se trata de qué relato podemos elaborar a partir de eso, qué síntesis podemos elaborar a partir de eso. El deporte se trata de contarse historias significativas, qué historias nos contamos como nación, qué historias contamos de nosotros mismos. Todo está por verse y, quizá, pueda ser lo que sintetice otros relatos posibles", cerró Ludmila.

El fútbol, en definitiva, cumple su rol social más noble: no el de salvar la economía ni solucionar leyes de fondo, sino el de crear historias que trasciendan como nación. Historias que nos recuerdan quiénes somos y de qué somos capaces cuando nos une el amor por lo nacional, logrando sacudir, aunque sea temporalmente, el cansancio y la resignación colectiva para volver a mirar hacia adelante con una luz de esperanza. La Selección Argentina está "angelada" porque supo construir su angelamiento a través de un fútbol de que respeta sus raíces y que no olvida de dónde viene.