El ajuste encubierto: no saber usar una app puede dejarte sin jubilación o sin remedios

La atención personalizada fue reemplazada a los adultos mayores por asistentes virtuales, mientras que los formularios en papel dieron paso a gestiones en línea. Quienes no lograron adaptarse a estos cambios quedaron, en la práctica, excluidos del acceso a servicios básicos.

06 de julio, 2026 | 17.40

El proceso de bancarización y digitalización de los cerca de siete millones de jubilados y pensionados se desarrolló con fuerza en la última década y, en especial, tras la pandemia del coronavirus. En todo este tiempo coexistieron los canales de atención presencial y digital, aunque la demanda terminaba concentrándose en los cajeros automáticos, que con frecuencia se veían colapsados. Sin embargo, más allá de la expansión informática sobre el sistema previsional, los adultos mayores sufren la falta de acceso e información respecto a las herramientas tecnológicas que determinan desde suma de ingresos hasta medicamentos.

En otros tiempos era usual la imagen de muchos jubilados que llegaban desde muy temprano para hacer fila antes de la apertura de los bancos. Esas esperas, además de responder a una necesidad práctica, se convertían en espacios de encuentro y socialización que ayudaban a aliviar el aislamiento que suele acompañar a quienes, al dejar la vida laboral activa, pasan a una etapa en la que la sociedad muchas veces los invisibiliza o margina. Con el tiempo, la incorporación de sistemas informáticos más modernos por parte de las entidades bancarias y la Anses impulsó la migración de las operaciones desde los cajeros automáticos hacia el home banking. Hoy, una aplicación instalada en el teléfono celular permite cobrar los haberes, pagar servicios, abonar cuotas y realizar la mayoría de las gestiones bancarias sin necesidad de concurrir a una sucursal. 

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No obstante, aunque la digitalización redujo la necesidad de desplazarse y simplificó numerosas operaciones, también tuvo un efecto menos visible: al disminuir las instancias de interacción presencial, contribuyó a profundizar la soledad de muchas personas mayores, para quienes esos espacios de encuentro formaban parte de su vida cotidiana. Y en lo práctico, depender de terceros del círculo familiar para concretar trámites por la incapacidad en el uso de nuevas tecnologías. 

La brecha digital: el fantasma del sistema jubilatorio

De acuerdo a una encuesta de la consultora Focus Market, más de la mitad de los relevados (55%) afirmó conocer de cerca el caso de un adulto mayor que perdió el acceso a un derecho o servicio esencial —como una jubilación, un turno médico, un medicamento o una cuenta bancaria— por no saber utilizar plataformas digitales. A ese porcentaje se suma un 25% que, si bien no atravesó una situación similar en su entorno inmediato, considera que este tipo de casos son habituales. Solo dos de cada diez encuestados creen que no se trata de un problema frecuente. Sobre un total de 2.650 respuestas, ocho de cada diez personas reconocen o sospechan que esta realidad ocurre a su alrededor. Los datos muestran que no se trata de una percepción aislada.

La problemática adquiere mayor relevancia en un contexto demográfico en el que la población envejece de manera sostenida. En Argentina, más del 15% de los habitantes tiene 60 años o más, y esa proporción continuará en aumento durante las próximas décadas. Según estadísticas del Indec, el 87,8% de las personas de ese grupo etario utiliza teléfono celular y el 84,7% accede a internet. Sin embargo, esos indicadores esconden diferencias importantes: apenas uno de cada cuatro adultos mayores utiliza una computadora y, entre quienes tienen más de 65 años, WhatsApp constituye la principal puerta de entrada al mundo digital. En muchos casos, la experiencia tecnológica no se extiende mucho más allá de esa aplicación.

Las desigualdades también aparecen con fuerza cuando se observan el nivel educativo y los ingresos. Mientras que el uso de internet alcanza a casi el 94% de los adultos mayores con estudios universitarios, desciende al 67% entre quienes no completaron la educación secundaria. Algo similar ocurre según la situación económica: en los hogares de menores ingresos el acceso a dispositivos tecnológicos ronda el 80%, frente al 97% registrado en los sectores de mayores recursos. A ello se suma un dato revelador: casi cuatro de cada diez personas mayores de 65 años que no utilizan internet aseguran que la principal razón es que no saben cómo hacerlo.

Pese a estas limitaciones, la digitalización de los servicios públicos y privados avanzó a un ritmo acelerado. Hoy, la mayoría de los trámites cotidianos —desde solicitar un turno médico hasta gestionar una jubilación, acceder a medicamentos, operar una cuenta bancaria o solicitar prestaciones sociales— se realizan casi exclusivamente a través de plataformas digitales. En ese proceso, la atención personalizada fue reemplazada por asistentes virtuales, mientras que los formularios en papel dieron paso a gestiones en línea. Quienes no lograron adaptarse a estos cambios quedaron, en la práctica, excluidos del acceso a servicios básicos.

Fuentes cercanas a la Defensoría de la Tercera Edad señalaron a El Destape que el 70% de los beneficiarios no utiliza correctamente el modelo de aplicación en celular provisto por los organismos vinculados a la estructura previsional. Sobre este supuesto se construye la idea de ajuste encubierto, ya que se ponen a disposición prestaciones o beneficios a los que una mayoría no accede por una impericia técnica que el Estado no se encarga de corregir. En otras palabras, bajar el gasto con buenos modales y la dictadura del los chatbots.

La falta de competencias digitales también expone a las personas mayores a otro riesgo creciente: las estafas informáticas. El aumento de los casos de engaños telefónicos y otras modalidades de fraude tiene como principales víctimas a adultos mayores que carecen de las herramientas necesarias para identificar estas maniobras, con consecuencias que en muchos casos implican la pérdida de sus ahorros.

Lo cierto es que la tecnología también puede convertirse en un factor de inclusión cuando logra ser incorporada de manera efectiva. Diversos estudios internacionales muestran que los adultos mayores que adquieren habilidades digitales experimentan menores niveles de soledad, una mayor autonomía para desenvolverse en la vida cotidiana y una mejor percepción de su calidad de vida. El acceso a la tecnología, en ese sentido, no solo facilita trámites y comunicaciones, sino que también es una oportunidad para fortalecer la independencia personal y económica.