Las tormentas severas, los incendios forestales y otros desastres naturales están modificando de forma acelerada la manera en que las empresas planifican inversiones, seguros y operaciones. El impacto creciente del cambio climático obliga a revisar proyecciones financieras y estrategias de cobertura, en un contexto donde los eventos extremos ya no son excepcionales, sino parte del escenario habitual que enfrentan compañías de todos los sectores.
A contramano del discurso libertario que lidera el presidente Javier Milei, los fenómenos climáticos extremos se consolidaron como uno de los principales factores de riesgo económico a nivel global. En particular, las tormentas convectivas severas pasaron a ocupar el primer lugar entre los eventos asegurados más costosos del siglo XXI, desplazando incluso a los ciclones tropicales. Este tipo de tormentas, caracterizadas por granizo, vientos intensos y lluvias concentradas, generan daños recurrentes sobre infraestructura productiva, logística y activos urbanos.
Según un informe de AON, durante 2025, las pérdidas económicas globales provocadas por desastres naturales alcanzaron los 260.000 millones de dólares. Aunque ese monto fue el más bajo de la última década, las pérdidas cubiertas por seguros se mantuvieron elevadas, superando los 127.000 millones de dólares. Esta brecha refleja una tendencia preocupante: eventos de menor escala individual, pero de alta frecuencia, generan impactos acumulativos cada vez más difíciles de absorber.
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Empresas bajo presión
Frente a este escenario, las empresas comenzaron a modificar sus esquemas de previsión. Ya no se trata solo de calcular riesgos extraordinarios, sino de incorporar la recurrencia de tormentas, inundaciones e incendios como variables estructurales del negocio. Sectores como la energía, la agroindustria, el transporte y la construcción aparecen entre los más expuestos.
El cambio climático obliga a repensar tanto la localización de activos como las cadenas de suministro. En muchos casos, los costos asociados a interrupciones operativas superan ampliamente los daños materiales directos. Esto impacta de lleno en los balances y en la competitividad, especialmente en economías emergentes, donde una parte significativa de las pérdidas sigue sin cobertura aseguradora.
Más seguros, pero también más brechas
A nivel global, las aseguradoras cubrieron cerca de la mitad de las pérdidas económicas provocadas por desastres naturales en 2025. Si bien se trata del nivel más alto registrado hasta ahora, todavía persiste una brecha de protección cercana al 51%. En regiones con menor penetración del seguro, millones de personas y empresas quedan expuestas a choques financieros difíciles de revertir.
Este contexto está empujando a las compañías a invertir más en prevención y mitigación. La evidencia muestra que demostrar reducciones creíbles en el nivel de riesgo permite acceder a mejores condiciones de asegurabilidad y financiamiento. En ese sentido, la resiliencia dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una decisión estratégica.
Argentina y la región, bajo mayor exposición
En América Latina, los efectos del cambio climático se expresan con fuerza a través de sequías prolongadas, inundaciones y tormentas intensas. En Argentina, estos eventos ya generaron pérdidas económicas significativas y afectaron tanto a actividades productivas como a centros urbanos. Para las empresas locales, la combinación de volatilidad climática y fragilidad macroeconómica profundiza los desafíos de planificación.
La tendencia es clara: el impacto de las tormentas y los desastres naturales seguirá creciendo. En ese contexto, las empresas que no incorporen el riesgo climático en sus previsiones quedarán cada vez más expuestas, mientras que aquellas que inviertan en resiliencia física y financiera estarán mejor posicionadas para sostener su actividad en un entorno marcado por la incertidumbre.
