Desde el inicio del conflicto entre Irán y Estados Unidos, con impacto directo sobre el tránsito energético global a través del Estrecho de Ormuz, los valores internacionales del petróleo se recalentaron y trasladaron esa dinámica a los surtidores locales. Sin embargo, el fenómeno no fue homogéneo para todos los países, entre los que Argentina se ubica como uno de los que más encareció el suministro, incluso por encima de economías a las que exporta el crudo. Un informe del Instituto Argentina Grande (IIAG) señala que, desde que se desató el conflicto en Irán, la mayoría de países aumentó los precios de la nafta, pero dentro de los 129 relevados, Argentina se ubica entre los 33 que más incrementaron sus valores. El dato más significativo es la magnitud del ajuste: un 23,8 por ciento de aumento en el país, muy por encima de países comparables de la región como México (9,8 por ciento), Brasil (7,6 por ciento) o Colombia (-0,7 por ciento).
El contraste que plantea el informe del instituto que conduce Gabriel Katopodis, ministro de Infraestructura bonaerense, profundiza la posición estructural de Argentina en el mercado energético. A pesar de ser exportador de petróleo, el precio interno no solo acompañó la suba internacional, sino que la amplificó. En términos comparativos, “hoy un argentino paga, en promedio, 1,42 dólares por cada litro de nafta, mientras que un estadounidense paga 1,09 dólares”, señala el informe.
La referencia a Estados Unidos no es menor, dado que se trata de uno de los destinos de exportación del crudo argentino. En el caso de Brasil, el documento ofrece otra dimensión del problema. Históricamente con precios más altos en surtidor, el país vecino adoptó una política de menor traslado del shock internacional. Como resultado, el litro de nafta se ubica en torno a 1,29 dólares, por debajo del valor argentino.
“Ante el shock de la guerra fueron los que menos reaccionaron al alza”, indica el informe de IAG. En Argentina, la decisión de vincular el valor local a las cotizaciones internacionales implicó que las subas externas impactaran de manera directa. “El precio que paga un ciudadano en el surtidor por un litro de nafta es más caro que el que paga un estadounidense”, sostiene el instituto. En contraste, esquemas de desacople o amortiguación —como los aplicados en etapas previas o en otros países— permiten moderar esas variaciones.
El trasfondo de la guerra
El conflicto en Medio Oriente afectó una de las principales arterias del comercio energético mundial: el Estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor del 20 por ciento del petróleo global. El informe describe este escenario como “la primera disrupción que pone en jaque la física misma del sistema energético mundial”. El cierre intermitente de esa vía elevó el precio del barril de Brent por encima de los 95 dólares, en un contexto de reservas estratégicas en niveles bajos y sin capacidad de respuesta inmediata.
En ese marco, los países con mayor dependencia de importaciones o con exposición directa al conflicto registraron subas más pronunciadas. Sin embargo, Argentina aparece en ese grupo a pesar de no compartir esas condiciones estructurales. “Los que aumentaron por encima de la Argentina son países del sudeste asiático que son especialmente dependientes de importaciones por el Estrecho de Ormuz, países de Sudamérica que no se autoabastecen o países que son parte de la guerra”, detalla el relevamiento.
El impacto doméstico no se limita al precio en surtidor. La nafta actúa como insumo transversal en la economía, por lo que su encarecimiento se traslada al conjunto de los precios. El informe advierte que “cada punto de suba en la nafta arrastra entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales al IPC con rezago de 4 a 6 semanas”. En ese sentido, el aumento de los combustibles consolida un piso más alto para la inflación. Los datos de evolución reciente refuerzan esa tendencia. Entre diciembre de 2025 y abril de 2026, la nafta acumuló un incremento del 24,01 por ciento, más del doble del IPC (9 por ciento) y muy por encima del crecimiento del salario privado registrado (6,7 por ciento). “La brecha no es un dato menor: implica una transferencia de ingreso real desde los hogares hacia la cadena energética”, señala el documento.
Desde noviembre de 2023 hasta abril de 2026, el precio de la nafta aumentó un 542,7 por ciento, lo que equivale a un incremento real del 63,9 por ciento una vez descontada la inflación promedio. Se trata de un cambio significativo en la estructura de precios relativos, con efectos directos sobre el poder adquisitivo. “Argentina llegó tarde al debate global sobre buffers estratégicos: sin reservas de petróleo de emergencia consolidadas ni política de estabilización del precio doméstico, el traslado al surtidor fue casi automático”, sostiene. En ese contexto, el esquema económico enfrenta un límite: “el ancla cambiaria no alcanza cuando el shock es de oferta energética global”.
La evolución de los precios internacionales refuerza el escenario de presión. Al 6 de abril, el petróleo registraba un aumento del 43 por ciento mensual y del 86 por ciento interanual, en línea con el encarecimiento general de las materias primas. Aunque estos movimientos son globales, su impacto local depende de las decisiones de política económica. El caso argentino muestra un traslado más rápido y completo que el de otros países, incluso comparables. La combinación de liberalización de precios, ausencia de amortiguadores y contexto internacional adverso explica buena parte de la dinámica. En ese marco, el precio de la nafta se consolida como un factor clave en la evolución de la inflación y en la pérdida de ingresos reales.
A diferencia de otros momentos, donde los gobiernos intervinieron para desacoplar parcialmente el mercado interno, la estrategia actual prioriza la alineación con los valores internacionales. El resultado es el inevitable en la comparación regional y global: aun exportando petróleo, Argentina paga la nafta más cara que varios de sus pares.
