El Festival de Cannes 2026 comenzó con todo menos glamour. La proyección de apertura de La Venus eléctrica, de Pierre Salvadori, dejó una imagen que nadie esperaba: cuando apareció el logo de Canal+ en los créditos, la sala - repleta de productores, actores y técnicos - respondió con un silencio glacial. Minutos antes, France TV (la televisión pública), había recibido un aplauso cerrado. El contraste fue brutal.
"Zappear a Bolloré": 600 profesionales dicen basta!
La bronca tiene nombre y apellido: Vincent Bolloré, el multimillonario bretón dueño de Vivendi, que controla Canal+, CNews y un imperio editorial. En octubre pasado, su grupo adquirió el 34% de UGC - la tercera cadena de cines más grande de Francia - con la intención de quedarse con el 100% para 2028. Si lo consigue, Bolloré manejará toda la cadena de producción cinematográfica: desde el financiamiento hasta las salas donde se proyectan las películas.
El día previo al festival, el diario Libération publicó una tribuna firmada por casi 600 profesionales del séptimo arte bajo la consigna "Zapper Bolloré". Entre los firmantes: Juliette Binoche, Adèle Haenel, Raymond Depardon, Swann Arlaud, Anna Mouglalis y el mismísimo Jean-Pascal Zadi.
"Detrás de su disfraz de empresario, el multimillonario no oculta que lleva adelante un 'proyecto civilizatorio' reaccionario de ultraderecha", denuncia el manifiesto.
El colectivo advierte que la concentración de poder en manos de Bolloré amenaza con transformar el cine francés en una máquina de propaganda. "¿Queremos arriesgarnos a que mañana solo se financien películas al servicio de una ideología?", se preguntan.
La paradoja del cine francés: depender del enemigo
Acá está el nudo del asunto. Canal+ es el principal financista del cine galo. Sin su guita, muchos proyectos directamente no existen. Arthur Harari, coguionista ganador del Oscar por Anatomía de una caída y competidor este año con L'Inconnue, lo pone en crudo: "Mis tres películas recibieron ayuda de Canal+. Sin eso, no sé de dónde habríamos sacado la plata. Pero eso no es razón para callarse".
El problema es que el silencio viene siendo la norma. Según reconocen varios integrantes del movimiento, cuando intentaron sumar apoyos tras el escándalo de la editorial Grasset (cuando Bolloré echó a su director), muchos colegas se hicieron humo. "Hasta los más comprometidos políticamente están aterrados", admite Marine Riou, programadora de cines en Saint-Ouen, de la periferia parisina. La dependencia es aplastante: un distribuidor independiente que pierda el apoyo de Canal+ puede quedarse sin 60.000 euros de un día para el otro. Para muchos, eso es casi todo el presupuesto de lanzamiento de una película.
El hecho de que resulte imposible imaginar un modelo menos dependiente de Canal+ consterna a quienes consideran que el sector «carece de valor e imaginación», atrapado entre los peligros a corto y medio plazo. «Lo que favorece el proyecto político y capitalista de Vincent Bolloré es el doble fuego entre la amenaza estadounidense de desregulación masiva a la que asistimos desde hace algún tiempo y el auge de la extrema derecha», resume Pauline Ginot en el diario Libération. El Centro Nacional del Cine (CNC), es otro blanco predilecto del RN de Marine Le Pen y de la derecha dura, que sueñan con su desmantelamiento además de proponer la privatización de la radio y televisión publicas.
El fantasma de la autocensura
Mientras las organizaciones del sector negocian con Canal+ para mantener los niveles de inversión, crece otro temor: la autocensura. Realizadores y productores cada vez más precarizados empiezan a suavizar sus propuestas o a evitar proyectos que puedan ser catalogados como "woke".
En 2025, Canal+ recortó sus pre-compras un 35%. La creación sufrió. Y el debilitamiento de France Télévisions, el segundo pulmón del cine francés, no ayudó para nada.
El cineasta palestino que Cannes espera pero Francia no deja salir
Como si fuera poco, otro escándalo sacude el festival. Mohammed Alshareef, realizador palestino, fue seleccionado para presentar su documental Super Sila en el mercado de Cannes Docs. El problema: está atrapado en Gaza y las autoridades francesas no mueven un dedo para sacarlo.
El film retrata la vida cotidiana de su familia bajo los bombardeos, con su propia hija como protagonista. Alshareef fue aceptado por el programa Pause del Collège de France, diseñado para proteger a artistas en peligro. La École Nationale Supérieure Louis-Lumière garantizó su acogida. Todo estaba listo. Pero nada pasó.
"Otros países europeos, como España e Italia, lograron evacuar a artistas palestinos en situaciones similares. ¿Por qué Francia no?", preguntan los firmantes de una carta abierta que incluye a Costa-Gavras, Didier Fassin, Nicolas Philibert, Mathieu Kassovitz y Claire Simon.
La Sociedad de Realizadores y Realizadoras de Films (SRF) encabeza el reclamo y exige que el Ministerio de Asuntos Exteriores active los mecanismos de evacuación. "No se trata solo de que un cineasta pueda venir a Cannes. Se trata de saber si nuestros compromisos con la libertad de creación tienen algún sentido cuando se enfrentan a los hechos", rematan.
Un festival en la encrucijada
Cannes 2026 arranca con el cine francés mirándose al espejo. Por un lado, una industria que depende de la billetera de un magnate de ultraderecha mientras intenta rebelarse contra su proyecto político. Por otro, un artista palestino que cumplió todos los requisitos para ser recibido en Francia pero sigue varado bajo las bombas.
En las próximas dos semanas habrá que ver si el "mal humor" contra Bolloré se sostiene - hay películas financiadas por Canal+ en casi todas las secciones - o si el silencio vuelve a imponerse. Lo que está claro es que este año la alfombra roja viene manchada.
