La encrucijada colombiana se empieza a dirimir este domingo en las urnas. El candidato de izquierda oficialista, Iván Cepeda, ya se ve en el balotaje mientras que la derecha va a una suerte de interna al aire libre entre la heredera del uribismo, Paloma Valencia, y el “Tigre” Abelardo de la Espriella, quien busca renovar el extremismo colombiano con las recetas de Javier Milei, Nayib Bukele y Donald Trump.
Antes de la llegada del primer gobierno de izquierda a Colombia se vaticinaba que si Gustavo Petro alcanzaba la presidencia el país naufragaría -con un dólar y una inflación disparados- hacia una suerte de fondo del mar donde estaría Venezuela esperándolo. Contra todo pronóstico, no solo la moneda colombiana se muestra competitiva frente a la estadounidense y la inflación controlada, sino que también el heredero del oficialismo, Iván Cepeda, es -según todas las encuestas publicadas- el candidato más competitivo para la primera vuelta electoral de este domingo. Una izquierda que supo crecer con políticas no tan centradas en las “minorías”, sino en las “masas”: el caso de la reforma laboral de tintes progresistas y el aumento del salario mínimo del 23% -cuando la inflación fue del 5%, esto es 4,6 veces más que la suba de precios- son emblemáticos. El mensaje no dicho parece ser “menos políticas woke y más medidas ‘obreristas’”. Y aunque públicamente tiene que decir que ganará en primera, Cepeda ya se ve en un balotaje.
“Hoy ninguna campaña en Colombia tiene la capacidad de movilizar el 50% más uno necesario (para definir en primera vuelta), por una simple razón; los candidatos que van punteando tienen unos niveles de rechazo altísimos. Por ejemplo, Iván Cepeda tiene el 39,2% de intención de voto versus el 29,4% de rechazo, Abelardo de la Espriella tiene el 28,5% de rechazo, Paloma Valencia tiene 14,5% de rechazo. Entonces, lo que me indica es que la balanza está nivelada entre positivos y negativos, lo cual no permite generar una tendencia a movilización nacional en el marco de lo que podría ser una primera vuelta”, señaló a El Destape el politólogo colombiano y director de la consultora Punta de Lanza, Felipe Mendoza.
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Solo Álvaro Uribe logró dos veces ganar en primera vuelta, pero el país era otro. Hasta la llegada de Gustavo Petro al gobierno en 2022 de la mano del Pacto Histórico, los partidos de izquierda que quisieron competir en el sistema democrático vigente fueron silenciados con balas en Colombia. Y no se trata de una metáfora. El último intento fue la Unión Patriótica (UP) en la década de los años 80, que surgió con las negociaciones de paz entre el Gobierno y la ya desaparecida guerrilla de las FARC. Más de 30 años después -tres décadas atravesadas por un proceso judicial- la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó en 2023 al Estado colombiano por el exterminio de más de 6.000 integrantes y militantes de la UP.
Un signo de maduración de la democracia colombiana no fue solo la llegada de Petro al poder, sino también que esté llegando vivo a la conclusión de su mandato y que su partido tenga un candidato competitivo en estas elecciones.
Aun en esa madurez, Francisco Javier Toloza, politólogo y exacompañante de la implementación de los Acuerdos de Paz entre las FARC y el Estado colombiano, dijo a El Destape que en estas elecciones se ve una “nueva fase de la crisis del régimen político” del país.
“Por un lado, vemos la dificultad del progresismo de consolidarse; no en las proporciones de las crisis del ciclo progresista que se vieron en Bolivia o en Argentina, sino más bien un proyecto que se fortaleció pero que aún no logró superar al status quo en Colombia”.
Los límites del proyecto de Petro
En este camino, aseguró que el Gobierno Petro presenta “avances muy específicos, muy concretos como es el caso de la reforma laboral. En parte, son magros avances porque la estructura, es decir, tanto el Poder Judicial en relación a la Reforma Pensional (propuesta por Petro), como el Poder Legislativo, como en el caso de la Reforma de Salud (también presentada por el Ejecutivo), lo impidieron”, dijo Toloza.
El politólogo colombiano también planteó el escenario del lado de enfrente de la cancha:
“Y por este lado, hay un reordenamiento del status quo con factores de orden nacional pero también internacional. Con Trump y Marco Rubio influyendo en la derecha colombiana”, señaló.
La elección del domingo es parte de ese reordenamiento. Ahora la verdadera batalla de esta instancia no es entre la izquierda y la derecha, sino la propia interna de esta última. La disputa entre el uribismo y “el Tigre”; tienen que elegir su cara más competitiva.
La pregunta es ¿qué tipo de derecha pasará a dirimir el poder en el balotaje del 21 de junio? O más precisamente ¿qué cara de este espectro político pasará a segunda vuelta? Porque en términos de programa Valencia -que compite con el sello Centro Democrático del expresidente Álvaro Uribe (2002-2010)- buscó acercarse a las propuestas del ultraderechista de la Espriella, con la seguridad y la crítica a la política oficialista de “Paz Total” como centro. Las diferencias parecen ser solo de estilos.
El sistema electoral colombiano no tiene PASO obligatorias como Argentina, así que esta primera vuelta funciona como tal y va a enfrentar a la derecha tradicional -que de centro solo tiene el nombre del sello partidario- y la ultraderecha aggiornada, como una interna real y despiadada donde solo uno quedará en pie.
El “Tigre” que mira al León argentino y se alinea con “la internacional reaccionaria”
El "Tigre" eligió adoptar el manual de Milei y, en palabras del internacionalista Juan Gabriel Tokatlian, toda la “internacional reaccionaria”.
Abogado reconocido de quienes impulsaron la mayor estafa piramidal en Colombia conocida como DMG -y la paradoja de la vida fue que David Murcia Guzmán, el cerebro de la firma, terminó denunciando formalmente a de la Espriella por presunta estafa, cohecho y traición- así como también de políticos, empresarios, paramilitares y figuras de alto perfil vinculadas al narcotráfico.
“Está bien, es su trabajo. Si tiene que defender a esos personajes… y bueno, es su trabajo”, expresó otro de sus electores en Bogotá a El Destape.
También fue abogado de Alex Saab, el empresario colombo-venezolano allegado a Nicolás Maduro que días atrás fue nuevamente extraditado a Estados Unidos.
“Abelardo fue el resultado de una campaña muy bien hecha desde lo técnico, desde el marketing político. Es una campaña que se forma desde hace unos 10 años...”, señaló Mendoza.
Además, el consultor colombiano estima que es “el contrario” que necesita el candidato de Gustavo Petro. “El Presidente, con su narrativa, ha generado una polarización que ha determinado niveles de radicalidad, de agudización de las contradicciones”.
El abogado y empresario barranquillero, que grabó un disco “De mi alma italiana” en el tiempo que se radicó en Florencia, ahora busca traducir al código caribeño los elementos del manual de la “nueva” derecha global. Por eso se le suele caer de la boca el nombre de otro animal de la fauna derechista, el del “León” Milei, sobre todo cada vez que promete motosierra al gasto público y cuando dice que no pertenece a “la casta”. Le gusta presentarse como outsider e independiente pero sus vínculos con el establishment empresario son conocidos.
Como señaló la periodista Camila Osorio en El País, el supuesto “representante de ‘los nunca’ cada vez recibe más apoyos de personas que representan a quienes llama despectivamente ‘los de siempre’”.
De Nayib Bukele eligió “la mano dura”; su promesa de militarización total y construcción de megacárceles para terminar con el crimen organizado, mientras que de Donald Trump toma el nacionalismo estético y el perfil de showman mediático.
Colombia y la violencia: el país que no controla todo su territorio
Frente a la estabilidad económica que logró Gustavo Petro -a pesar de haber peleado en público con Donald Trump, que lo acusó de ser un líder narco- la derecha se agarra fuerte a la agenda de seguridad. Una de las deudas que más se le cobra al presidente que supo ser parte de la extinta guerrilla M-19.
“La bandera de la derecha hoy es el mito del paraíso perdido”, explicó Francisco Toloza.
En esa línea, hay críticas al Gobierno acerca de que la seguridad se deterioró y que su política de Paz Total fracasó.
“Pero en última instancia esto ignora que el conflicto armado continúa y que los años de la política del gobierno protofascista de Uribe de Seguridad Democrática no pusieron fin a la guerra”, señaló.
De la Espriella apuesta a consignas efectistas, pero que no son nuevas: bombardeos a todos los campamentos de los grupos armados ilegales y erradicación de cultivos de coca mediante bioherbicidas.
“De la Espriella no tiene una propuesta novedosa frente a ningún tema. Él introduce todas las políticas de seguridad fracasadas de Uribe”, dijo Toloza.
Mientras que el candidato oficialista, cuyo padre Manuel Cepeda fue asesinado por pertenecer a la Unión Patriótica, y que llevó a Uribe al banquillo de los acusados, se muestra como una cara más institucional.
La tradición uribista con rostro de mujer
La senadora del Centro Democrático, Paloma Valencia, llegó con vuelo alto a ser candidata presidencial ya que en marzo fue la elegida en una interna que terminó siendo la más grande en términos de electores, con 5,8 millones de sufragios.
Pero las encuestas muestran que fue desinflándose hacia un tercer lugar después de de la Espriella, que se planta como el verdadero candidato de derecha.
Valencia, a principio de campaña, se mostró como la mujer que podría ser la primera presidenta de Colombia y, junto con su vice, Juan Daniel Oviedo, que es abiertamente gay, intentó sumar adherentes en el centro.
Pero, a medida que fue perdiendo terreno, comenzó a hablar del “puño de hierro de la mujer colombiana”, de bombardeos a bandas criminales y frases efectistas.
“Colombia no está preparada para que nos gobierne una mujer”, dijo a esta cronista un conductor de Uber que tradicionalmente ha votado a Uribe pero ahora migrará a de la Espriella.
Valencia es una combinación de los “modales de palacio” con el peso del historial de su mentor, Álvaro Uribe. Una tradición que supo combinar el alineamiento total con Estados Unidos y su Plan Colombia hasta los “falsos positivos”, uno de los episodios más graves de violación de los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad en el país.
La Comisión de la Verdad en Colombia registró 6.402 civiles asesinados en estado de indefensión que fueron presentados falsamente como guerrilleros o criminales abatidos en combate.
Pero la senadora que es oriunda del Cauca, una de las zonas más conflictivas del país por la presencia de distintos grupos armados, tiene su propio historial y en esta campaña se lo reflotan permanentemente.
En la red social X le retuitean un posteo que hizo en 2015 en el que propuso un referendo o una consulta ciudadana para que el departamento del Cauca se divida en dos:
“Un departamento indígena y otro para los mestizos”.
Ella estaría en este último grupo, claro.
La guardiana del templo uribista es nieta de un expresidente, de una elite terrateniente y defensora del empresariado tradicional. Su discurso se centra en el regreso a la “Seguridad Democrática”, la clásica mano dura institucional contra las guerrillas y bandas criminales que operan en Colombia y el orden macroeconómico clásico.
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Con este telón de fondo, las urnas de este domingo no solo van a medir el caudal electoral de un progresismo que intenta consolidarse frente a los límites del propio sistema, sino que forzarán a Colombia a elegir qué diagnóstico quiere para su futuro.
El dilema excede los estilos: es la decisión entre profundizar la institucionalidad de una izquierda que logró romper la agenda exclusiva de la violencia con una idea de “Paz Total” que apunta -sin lograrlo aún- a las causas estructurales, o volver a las recetas de la securitización y la mano dura; ya sea con los modales tradicionales del uribismo o bajo el shock del marketing de un “Tigre” sediento de polarización.
De esa interna de la derecha va a salir el rival que esperará Iván Cepeda en el balotaje del 21 de junio. El candidato oficialista será señalado por la falta de resultados de su política de “Paz Total”, pero también va a estar acompañado de un legado del petrismo; y es que este logró que además de la agenda de seguridad en Colombia se hable de desigualdad.
Y la región también va a estar mirando a Bogotá para entender si la ola reaccionaria global anexa un nuevo experimento caribeño o si el país logra blindar su compleja y madurada democracia.
