A pesar del uso intensivo de inteligencia artificial y todos los recursos de la mayor fuerza militar del planeta, la ofensiva de Estados Unidos e Israel en Irán entró en un punto de quiebre y volvió a sentar a las partes ante una mesa de negociación. El fracaso de los simulacros del Pentágono y la persistencia de la capacidad de daño del régimen Teherán demuestran que, en la geopolítica de 2026, la tecnología no sustituye a la estrategia. El “exceso de testosterona” y los errores de cálculo de la administración Trump ignoran parte de la reconfiguración de lo que significa el poder, hoy asociado al riesgo.
Es que Teherán, el actor atacado y el más débil en la ecuación -que nada tiene que ver con una defensa de su régimen- se reservó una carta para sentarse a negociar en Islamabad, con Estados Unidos: el control del estrecho de Ormuz que como ya se repite hasta el cansancio es la vía navegable por donde pasa el 20% del petróleo y gas natural licuado del mundo. Las conversaciones se extendieron hasta la madrugada del domingo y se retomaron hoy.
En una declaración compartida por medios iraníes el sábado mientras las delegaciones estaban dialogando en Pakistán, la Guardia Revolucionaria precisó que bajo las "regulaciones específicas" del manejo de la vía marítima, los buques militares podrían ser recibidos con una "respuesta contundente" en caso de incursionar en el estrecho. Por su parte, Trump dijo que empezaron a limpiar de minas el paso controlado por Irán y, este domingo, ante la renovada sorpresa mundial, ordenó un bloqueo naval del estrecho y detener a cualquier embarcación que haya pagado un peaje a Teherán.
Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.
La circulación por el estrecho de Ormuz sigue siendo un punto trunco en las conversaciones. Una fuente iraní citada por la agencia Reuters, Washington accedió a una de las condiciones que Teherán imponía para avanzar en ese tema que era el desbloqueo de activos iraníes retenidos en Qatar y en bancos de otros países, pero un responsable de la delegación estadounidense desmintió esos dichos. La inclusión de Líbano en el alto el fuego también mantiene a los negociadores lados opuestos, ya que es una de las presiones de Israel en una mesa en la que no está sentado.
El poderío militar solo no alcanza
Si Estados Unidos fue o no arrastrado a una guerra por Israel es algo que ya parece secundario. Pero si como relató días atrás el New York Times, Trump tomó esta decisión luego de que Benjamín Netanyahu le presentara un diagnóstico exagerado de una victoria rápida y subestimó a sus propios asesores, el hecho habla bastante mal del liderazgo del republicano. Según el artículo, el primer ministro israelí le aseguró que el programa de misiles balísticos de Irán sería destruido en semanas, que Teherán sería incapaz de cerrar el estrecho de Ormuz, y que las manifestaciones en Irán contra el régimen -que plagaron ciudades iraníes en diciembre y enero y sufrieron de las mayores represiones de la historia de esta república islámica- se reanudarían y que las milicias contribuirían a mellar las bases del gobierno. No pasó.
Esta es una primera cuestión, el poder político relativiza o desestima la opinión de expertos o sus propias burocracias especializadas. Al dar rienda suelta a la aventura de Netanyahu, Trump desoyó al director de la CIA, John Ratcliffe, que tildó las propuestas del primer ministro para un cambio de régimen en Irán de farsa, así como las palabras del propio secretario de Estado, Marco Rubio, que las describió como "un disparate".
En la misma línea del articulo del NYT fue el director del Centro Nacional Antiterrorista de EE. UU., Joe Kent, que dejó la administración Trump a principios de la guerra. En su carta de renuncia dijo que "altos funcionarios israelíes y miembros influyentes de los medios de comunicación estadounidenses" utilizan información errónea para engañar al republicano "haciéndole creer que Irán representaba una amenaza inminente para Estados Unidos". Pero las voces de alerta sobre un posible desastre para Washington vienen de hace tiempo.
En 2002, Estados Unidos desarrolló el mayor y más caro simulacro de guerra de su historia. El general retirado Paul Van Riper, al mando de las fuerzas enemigas, el equipo “Rojo”, usó tácticas de baja tecnología para anular la superioridad en ese campo de Estados Unidos, el equipo “Azul”. Los primeros eran parte de un país similar a Irak o Irán que "tenía recursos naturales cruciales para la comunidad mundial". Van Riper pudo hundir un grupo de portaaviones estadounidense en solo 10 minutos: usó mensajeros para evitar que EE. UU. interceptara las comunicaciones electrónicas; señales de luz de linternas para coordinar despegues de aviones sin usar radios; ataques de saturación, lanzando misiles desde embarcaciones comerciales y civiles que abrumaron los sistemas de defensa de los portaaviones.
Este ejercicio llamado Millennium Challenge -cuyos resultados que se mantuvieron en secreto por 20 años y luego fueron desclasificados -fue una advertencia, no de que eso podría suceder exactamente así, sino de que el cálculo de superioridad tecnológica y militar sin estrategia puede fallar. “Lo verdaderamente triste es que algunas de las cosas que aprendimos nunca se compartieron”, dijo Van Riper al Washington Post después de que se difundieran los detalles de aquellos ejercicios.
El año pasado, después del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra instalaciones nucleares de Irán, el titular del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, general Dan Caine, durante una conferencia de prensa en la que estuvo con el secretario de Guerra, Pete Hegseth, dijo: “Teníamos tantos doctores trabajando en el programa de prueba -realizando modelos y simulaciones- que, de forma discreta y secreta, nos convertimos en los mayores usuarios de horas de supercomputadora en los Estados Unidos de América”. Pero meses más tarde, en febrero de este año, volvió a lanzar ataques contra Teherán y casi una veintena de ciudades en 24 horas mostrando que la supuesta destrucción total del programa nuclear iraní no había sido tal. Además, las simulaciones que hizo el Pentágono con IA desde entonces tampoco arrojaron los empantanados resultados para EE. UU. que vemos ahora en el país de mayoría persa. Incluso aseguraban la captura del estrecho de Ormuz por parte de Washington en 24 horas. Esta es la segunda cuestión, la Inteligencia Artificial no alcanza para eliminar totalmente los errores de cálculo y de hecho suele ser una herramienta que tiende a escalar los conflictos.
La periodista de Bloomberg, Katrina Manson, cuyo ultimo libro se titula Proyecto Maven -en alusión a una de las IA utilizadas por el Pentágono y que es desarrollada por Palantir del magnate Peter Thiel- dijo el mes pasado que habló con asesores militares estadounidenses que le transmitieron información similar y que hacen hincapié en que la IA puede ser una herramienta de escalada, “y también, lo que es aún más problemático, ser servil. Existe una tendencia a estar de acuerdo con quien formula la pregunta. ¿Debería ir a la guerra? ¿Sería buena idea lanzar este misil? Si la pregunta se plantea de esa manera, asumiendo una intención o una acción, la IA también tiende a reforzar esa opinión. Por lo tanto, para controlar la formación de opiniones, es necesario considerar la IA con mucha cautela”.
También hubo voces de alerta en el Congreso de Estados Unidos, donde los propios expertos de Trump opinaban que no había una amenaza significativa que ameritara una disrupción tal como la que terminó provocando la guerra. Por ahí pasaron por ejemplo Tulsi Gabbard, la directora de Inteligencia Nacional, quien ahora es funcionaria del magnate pero que en el pasado supo decir que al designar "al ejército de otro país como una organización terrorista" como hizo Trump con la Guardia Revolucionaria de Irán sentaba “un precedente peligroso” y cuando este ordenó el asesinato del general iraní Qassem Suleimani, jefe de la Fuerza Quds de Irán, en 2020, lo denunció como un acto de guerra.
La funcionaria estadounidense dijo en el legislativo en marzo de 2025 que la comunidad de inteligencia estadounidense, compuesta por 18 elementos que ella supervisa, "sigue evaluando que Irán no está construyendo un arma nuclear y que el Líder Supremo Khamenei no ha autorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003". Algo que enojó a Trump, quien necesitaba hablar de peligro nuclear inminente para “justificar” sus ataques de junio pasado. Después del enojo del magnate, Gabbard dijo que Teherán sí iba en ese camino. Una vez más, se ve una muestra del desprecio de Trump de sus filas especializadas y cómo se terminó politizando la inteligencia.
¿Quién va perdiendo?
En el último número de la revista The Economist, en el que asegura que Donald Trump es el gran perdedor de esta guerra, publica un análisis bastante demoledor: "El exceso de testosterona" llevó a la Casa Blanca a confundir la letalidad militar con una verdadera victoria estratégica. Y el diagnóstico de una -al menos por ahora- pérdida para el bando EE. UU.-Israel se centra en que no están logrando los objetivos declarados cuando anunciaron esta nueva ofensiva: no lograron garantizar la seguridad regional, no consiguieron un cambio de régimen en Irán y fallaron en desarme del programa balístico y de enriquecimiento de uranio del régimen de Teherán.
A Netanyahu, además de esos objetivos no cumplidos se le reprochan otros. Poco antes del anuncio del alto el fuego, Trump le informó sobre el acuerdo con Teherán. Netanyahu, aunque aceptó participar, se mostró totalmente incómodo e insatisfecho por haber sido excluido de las negociaciones y enterarse a última hora. Editoriales en Israel, de medios como Haaretz, así como en Estados Unidos, de diarios como el Wall Street Journal, apuntaron que ese ninguneo de Trump es un indicio de que Tel Aviv no era un socio en igualdad de condiciones de Washington porque quedó excluido de las negociaciones.
Además, el esfuerzo belicista está generando cansancio en la sociedad -si bien el apoyo a la guerra sigue siendo masivo- se redujo y esto a meses de unas elecciones en las que la oposición, según sondeos recientes, podrían reunir apoyo para formar una coalición alternativa a la que apoya a Netanyahu. Este, a la vez, intenta cubrir con la niebla de la guerra sus procesos judiciales; y de hecho este domingo, dado que había un cese el fuego, se tendría que haber reanudado su juicio por corrupción, pero volvió a pedir una prórroga.
Y si bien Netanyahu le sacó a Trump el “permiso” de seguir atacando el Líbano - Israel optó por un ataque masivo al punto de alcanzar en torno a 100 objetivos en 10 minutos- eso fue una muestra de que pese a las constantes promesas del primer ministro israelí de que llegará la “victoria total”, Hezbollah sigue desestabilizando a Israel. Igual que en Gaza, la idea de combatir a grupos armados con la estrategia de “cortar el pasto” no ofrece más que un tiempo de relativa disuasión.
Y mientras los israelíes ven que esos dos grupos -que no son una amenaza existencial para Israel- recobran capacidad de acción, ahora tienen que tolerar otro fracaso de las promesas de su líder ya que Irán no ha sufrido reveses significativos en sus programas nuclear y de misiles. Las mismas editoriales señalaban que Tel Aviv -igual que EE. UU.- tiene clara superioridad militar sobre Irán, pero carece de un plan diplomático para una paz duradera.
El poder reservado a los más “débiles”: la provocación del riesgo
Más allá del resultado que arrojen las conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Islamabad, hay algunas otras lecciones aprendidas además de los errores de cálculo y falta aparente de una estrategia para la guerra. No solo en Irán, sino también desde el ataque de Hamás a Israel e incluso la supervivencia de ese grupo armado luego del genocidio contra los palestinos de Gaza, así como la vigencia de Hezbollah después de las constantes matanzas de sus líderes: las guerras asimétricas pueden no consagrar victoria para estos grupos minoritarios, pero pueden desestabilizar a los principales actores internacionales e incluso tener efectos a nivel global, como se vio con el cierre de facto del estrecho de Ormuz.
El frágil alto el fuego en Irán es considerado por el especialista en asuntos de seguridad de la Universidad de Chicago, Robert Pape como “una revelación”. Según él, “Estados Unidos empleó una fuerza abrumadora y, aun así, no pudo controlar el resultado” de esta guerra y “eso supone un cambio estructural en el equilibrio de poder”, porque si durante décadas, el poder de EE. UU. significó garantizar flujos energéticos estables”, ahora incluso “con la fuerza máxima, esa estabilidad no puede asegurarse”. “Los aliados lo notan. Y cuando los aliados se cubren las espaldas —el poder cambia. El cambio clave: El poder no se trata solo de lo que controlas. Se trata de lo que puedes poner en riesgo. En una economía global, riesgo es igual a poder”, afirmó en X.
El viernes Trump dijo en su red social Truth Social que “los iraníes no parecen darse cuenta de que no tienen más opciones que extorsionar al mundo a corto plazo utilizando las vías marítimas internacionales”. A lo que el internacionalista argentino Esteban Actis respondió asegurando que “la carta iraní en 40 días de guerra” era ni más ni menos que el máximo valor del Truco: el ancho de espadas.
Al final del día, la tecnología más sofisticada del mundo por ahora no pudo resolver un dilema que es más geográfico y político que militar. En Islamabad, lo que se negoció no es solo un alto el fuego, sino el reconocimiento de una nueva realidad: en la era de la IA, el "ancho de espadas" sigue siendo la capacidad de un actor menor para dislocar la economía global. Estados Unidos e Israel ¿estarán revisando la idea de que la superioridad militar es un músculo inútil si no sabe cómo responder a quien no tiene nada que perder, pero sí todo para arriesgar? La guerra de 2026 marca resquebraja cierta ilusión que aun parecen tener algunos líderes respecto a la invulnerabilidad tecnológica y militar.
