Rodeado de críticas hacia dentro de los Estados Unidos y a pocos meses de las elecciones legislativas, el presidente Donald Trump se siente perseguido por la sigla "TACO", una abreviatura creada hace algún tiempo por sus opositores y que hoy volvió a tomar fuerza. TACO es el acrónimo de "Trump Always Chickens Out" ("Trump siempre se echa atrás"), concepto que volvió a instalarse en medio de la guerra con Irán y reavivó un debate entre los norteamericanos: hasta qué punto las amenazas del magnate republicano son creíbles o forman parte de una estrategia de presión que termina, casi siempre, en una negociación.
El concepto no nació como una consigna partidaria de los demócratas ni tampoco como un meme en redes sociales. Fue parido en Wall Street, donde analistas e inversores detectaron un patrón repetido en la conducta de Trump. Primero anuncios de alta escala, después tensión en los mercados y, al final, un giro hacia posiciones más moderadas. Con el tiempo, esa lógica se convirtió en una categoría para interpretar su forma de ejercer el poder.
Las agencias Reuters y Associated Press ya habían usado el término en 2025, vinculado a la guerra comercial y a los aranceles masivos que el republicano asignó a distintos países, pero ahora reaparece en un escenario mucho más delicado como lo es la guerra en Medio Oriente.
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La reciente crisis con Irán expuso con claridad ese esquema. Trump endureció su discurso, lanzó advertencias de gran escala y fijó plazos que incluían la posibilidad de ataques directos sobre infraestructura estratégica iraní. El tono generó alarma global, impacto en el precio del petróleo y una fuerte reacción diplomática. Sin embargo, cuando el ultimátum se acercaba a su vencimiento, la Casa Blanca anunció una tregua de dos semanas y abrió una instancia de negociación que, según justificaciones oficiales, se apoya en propuestas consideradas "trabajables".
El efecto fue inmediato. Los mercados, que operaban bajo la hipótesis de una escalada mayor, reaccionaron rápido con un retroceso de los precios del petróleo y con las bolsas recuperando terreno. Pero más allá de la reacción financiera, lo que volvió a escena fue la idea de un nuevo "TACO moment": la percepción de que Trump lleva la tensión al límite, pero evita el choque definitivo cuando los costos, fundamentalmente económicos, empiezan a crecer. Esa lectura, cada vez más extendida, tiene implicancias concretas.
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Más que una mera burla, "TACO" funciona hoy como un termómetro de desgaste político. El problema para Trump no es únicamente la ironía, sino el efecto que esa percepción puede tener. Si gobiernos, inversores y líderes militares empiezan a descontar que sus amenazas pueden diluirse en una negociación, el poder disuasivo de su estrategia se debilita. Y si decide avanzar sin retroceder, lo hará en un contexto donde parte del mundo dudará, hasta último momento, de si va en serio.
Con las elecciones de medio término en el horizonte y el conflicto con Irán todavía abierto, la discusión ya no pasa solo por el apodo. Lo que está en juego es la eficacia de su presunto estilo político basado en la presión máxima.
