A casi dos semanas de las elecciones generales en Perú, el país sigue a oscuras sobre quiénes van a disputar el balotaje previsto para el 7 de junio y cada vez más se mueve en un escenario que trasciende la inestabilidad política convencional. No es solo el hecho de que la nación andina, pasado tanto tiempo, todavía sea incapaz de definir los nombres de quiénes disputarán la segunda vuelta; es que la crisis de representación profundiza su camino y con ella el desprecio por la institucionalidad democrática. Mientras el ahora exjefe del organismo electoral renuncia y es investigado por las irregularidades en el día de la elección, y algunos candidatos llaman a extender la votación o gritan fraude, la población parece mirar con una cierta indiferencia que sugiere que “las cosas” de la democracia pierden relevancia.
En concreto, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), en la mira de todos por la falta de resultados y por las irregularidades, dijo el viernes que ya no tiene actas pendientes de revisión después de contabilizar poco más del 95% de ellas. Ahora, solo hay que esperar a que los Jurados Electorales Especiales (JEE) resuelvan sobre las poco más de cuatro mil actas observadas. De estos resultados va a depender qué candidato se enfrentará a Keiko Fujimori, la ultraderechista hija del expresidente Alberto Fujimori, y líder del partido Fuerza Popular.
Por ahora, el candidato de izquierda Roberto Sánchez, el candidato de Juntos por el Perú, que lleva el sombrero a lo Pedro Castillo y que pide la liberación del expresidente, se perfila para la segunda vuelta. El ultraconservador Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, va tercero pero todavía tendría chances. Este último, además de gritar fraude, pidió extender los comicios con “elecciones complementarias” para permitir sufragar a las personas que no pudieron hacerlo, pero este viernes el Jurado Nacional de Elecciones lo rechazó por unanimidad.
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Los problemas en la jornada electoral, que fueron desde demoras en la apertura de las mesas electorales en la capital peruana y dejaron sin votar a más de 50.000 personas, obligaron a ampliar por 24 horas el sufragio, algo inédito en Perú, y provocaron los llamados a extender aún más el proceso. Además, esto derivó en los señalamientos contra el titular de la ONPE. Este viernes, la justicia allanó el domicilio de Piero Corvetto, el exjefe del organismo, quien renunció el martes poco antes de ser interrogado por la Fiscalía por las múltiples fallas en las votaciones de la primera vuelta. Sin embargo, la justicia peruana rechazó la solicitud de la Fiscalía para detener preliminarmente a Corvetto. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE), la máxima autoridad electoral del país, estima que los resultados finales no se conocerán antes del 15 de mayo.
La oferta: un sistema "estallado" y fragmentado
La oferta electoral de este año fue el reflejo de una institucionalidad en ruinas. Con 35 candidatos presidenciales y la boleta electoral más grande de la historia del país, el sistema electoral se mostró estallado, una consecuencia bastante previsible después de haber tenido 9 presidentes en apenas 10 años y de que tres de ellos están presos -sin contar otros tres previos que pasaron por la cárcel-. A su vez, una vez más, ninguno de los que lleguen al balotaje, alcanzan el 18% de los votos (¡válidos!). Esta fragmentación no es accidental, sino la radicalización de lógicas más profundas y de larga data.
El politólogo peruano Alberto Vergara teoriza hace ya algunos años que el peligro de Perú no es ir hacia un tipo de tiranía, sino hacia la dilución democrática y hacia la “irrelevancia”; a nadie parece importarle demasiado. Esto alimentado por lógicas políticas cortoplacistas. “Lo que hemos visto en estos años es básicamente esta suerte de juego de las sillas, histérico por la presidencia, con un Congreso que también solamente se mueve por razones de corto plazo y que hacen que sea un sistema político caótico, imprevisible, donde uno siente que ni los actores ni las instituciones realmente lo regulan”, dijo el mes pasado en una entrevista con RPP, y agregó que si esto no cambia, en el país van a seguir con esta lógica de que en Perú “la gente debuta en política con la presidencia de la república, es decir, en las lógicas cortoplacistas en las cuales los partidos se crean para arrendárselos a un candidato a la presidencia y para subastar las listas al Congreso. Esas lógicas están en el 80% de los partidos. Entonces, el Perú no tiene un problema en representantes, el Perú tiene un problema en representación”.
Otro proceso que viene de la mano de la fragmentación es que no solo los candidatos a la presidencia reciben bajos porcentajes de voto, sino también los legisladores. Todo esto se traduce en que de las decenas de fuerzas que querían entrar al Congreso, solo unas pocas -en el caso del Senado seis- lo logren. De todas formas, el Parlamento es lo único que “permanece” mientras todo se desvanece en el aire, incluida la figura presidencial que parece totalmente intercambiable y prescindible.
“El problema es el parlamento. En los 10 últimos años, Perú ha tenido un parlamento unicameral en donde se ha concentrado el poder”, dijo esta semana Fernando Tuesta Soldevilla, profesor de ciencia política y exjefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales. Y comentó que la cantidad de presidentes de los últimos años, se explica, entre otras razones, por el mecanismo de la vacancia. Este “es un instrumento por el que el parlamento se deshace del presidente y entonces concentra todo el poder en el parlamento y vacía de poder al presidente. Tenemos un presidente, José María Balcázar, que no lo vemos desde hace semanas. Está prácticamente desaparecido y esto no cambia mucho porque el poder recae en el Congreso”, comentó en dialogo con CNN en español.
En 2021, Vergara había comentado en un artículo en el diario El Comercio, un llamado a que los políticos firmaran un pacto muy simple de cuatro palabras que tendría que rezar: “No vacaré, no disolveré”. Esto en alusión al mecanismo de vacancia y al que los legisladores peruanos apelan constantemente desde hace años. Y es que el sistema político en Perú se rige por un equilibrio de poderes extremo que permite tanto al Legislativo como al Ejecutivo interrumpir el mandato del otro en ciertos momentos y si se siguen ciertas condiciones fijadas en la Constitución. Por un lado, el Congreso tiene la facultad de destituir al presidente mediante la "vacancia por incapacidad moral" , -se necesitan 87 votos, dos tercios de la cámara, y que por ejemplo se usó contra Martín Vizcarra y Pedro Castillo-. Claro, se trata de un mecanismo legal, pero usado al extremo y que termina operando como un motor de inestabilidad institucional constante. Quien llega al Ejecutivo nacional duerme con los ojos abiertos porque con la banda presidencial comienza un juego de supervivencia política si el Congreso es opositor o quiere jugar su propio juego
Pero quien se calza la banda presidencial tiene también sus propias armas. La facultad de disolver el Parlamento está en sus manos si este le niega la confianza a dos de sus gabinetes de ministros de forma consecutiva. Resultado: nuevas elecciones legislativas y nuevo Congreso, lo que pasó por ejemplo en 2019. “Ojo por ojo… y todos nos quedamos ciegos”. Por eso Vergara, que habla de esos mecanismos como “armas nucleares de la constitución”, llamó años atrás a que los candidatos hagan un “pacto de no agresión”. Spoiler: no pasó y no parece que vaya a pasar.
Por esto, las elecciones del domingo 12 y lunes 13 no muestran ningún cambio de estas lógicas. “Forman parte de una trayectoria, de un momento, de un ciclo de inestabilidad crónica que no se ha acabado y que estas elecciones y que estas elecciones no le van a poner punto final”, dijo también Vergara.
La demanda: entre el desconocimiento y el desapego
Días antes de la elección, las encuestas de Datum revelaron un dato resonante: el 80% de los peruanos no sabía cómo votar. No es que no supieran a quién votar porque estaban indecisos sobre los candidatos, sino que se trataba de una ignorancia técnica sobre el proceso mismo. Y es que los peruanos fueron a votar usando la boleta más grande de la historia del país, con medidas de 42 x 44 cm y cinco columnas para distintos tipos de elección.
Si se hacía doble clic en los comentarios de estos electorales, se veía una profunda confusión técnica ya que el 61% de quienes sí conocían la boleta, decían que igualmente era confusa por la enorme cantidad de ítems y la complejidad del voto preferencial. Esto convivía -y sigue conviviendo- con una desconexión del proceso electoral: El 50% de los votantes encuestados confesó no haber visto siquiera el modelo de la boleta antes de entrar al centro de votación. La política parece haber perdido su capacidad de enamorar en Perú.
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Los niveles de desaprobación de la última presidenta, Dina Boluarte, antes del actual de transición Balcázar, llegó a tener 85% de desaprobación, mientras que los cambiantes Congresos superaron el 90%. Y no se trata de episodios, sino de tendencias sostenidas. Y todo este lío generalizado que deviene en este cierto desencanto por la política no llega a bajar sustancialmente la participación en las elecciones, pero algo se ve. “Desde el retorno a la democracia en 2001, la participación electoral presidencial se había mantenido por encima del 80%, pero esa tendencia comenzó a cambiar en 2021 cuando alcanzó el 75%, una cifra similar a la del actual proceso electoral”, señaló el viernes Celag, el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica.
En suma, lo que vive el Perú hoy es una "alternancia sin alternativa", pero esa frase, que Vergara usó en el año 2012, habla de una tendencia que persiste. En el escenario actual, independientemente de quién gane en la segunda vuelta, no parece haber indicios de grandes cambios. El ciclo de inestabilidad crónica parece lejos de cerrarse.
Y esto no se trata de una crisis meramente política, sino que se vislumbra como algo que va más allá. Hay una voluntad transversal en contra de las instituciones democráticas y de lo público. Cuando el 80% de la población no sabe cómo interactuar con el sistema electoral y la renuncia de sus autoridades no genera una reacción social, la democracia deja de ser un ejercicio de ciudadanía para convertirse en una lotería de la que nadie espera soluciones reales. Total, sea quien sea que llegue a alguna instancia de poder, seguro va a durar menos que el desencanto.
