Davos 2026: la guerra intercapitalista rompe el pacto euroestadounidense

Un cruce frontal entre el trumpismo y los globalistas europeos expuso el fin de la alianza de posguerra y dejó a la vista una disputa sin eufemismos por el control del orden mundial. Entre aranceles, señales a China y un “Consejo de Paz” que busca debilitar a la ONU, la puja entre depredadores abre un escenario de riesgos y falsas disyuntivas para los pueblos.

25 de enero, 2026 | 00.05

Un choque entre europeos y estadounidenses hizo vibrar, esta semana, el tablero internacional. El escenario fue Davos, un paisaje nevado y falsamente idílico donde se reúnen, año tras año, los poderes financieros y políticos más despiadados del mundo.

Los contendientes fueron el gigante unipolar en decadencia, Estados Unidos, versus la Unión Europea (o al menos una parte de ella porque las dinámicas políticas y sociales internas ya no nos permiten imaginarla como un todo).

El contexto: la pugna entre el nuevo orden internacional imaginado por el presidente Donald Trump con su séquito de extrema derecha y los manotones de ahogado de la Europa fragmentada que, para sobrevivir, se aferra al salvavidas del capitalismo financiero globalizado. La voz cantante del primer grupo fue Howard Lutnick, el ministro de Comercio de Trump. El portavoz de los segundos, el premier canadiense Mark Carney.

Un hecho llamativo sacudió además el encuentro de Davos: la abrupta desaparición de los clásicos modales y eufemismos que tan bien describe el filósofo mexicano Fernando Buen Abad en su artículo “¿Qué hay de nuevo Davos?”.

Cada año, llega al Foro Económico Mundial “un número nutrido de comerciantes de guerras, pero no con botas ni fusiles sino con trajes oscuros y powerpoints”, escribe Buen Abad. “Hablarán de ‘seguridad’, ‘estabilidad regional’, ‘reconstrucción’, ‘industria de defensa’. Cada palabra como eufemismo cuidadosamente pulido para ocultar la sangre detrás del balance. Las guerras, vistas en Davos, no son una tragedia, sino una oportunidad de inversión. (…) La semiótica bélica del foro transforma la muerte en externalidad, y la destrucción, en indicador de crecimiento.”

Sin embargo, este año, 2026, los eufemismos no fueron invitados y el pacto entre las élites euroestadounidenses desapareció. La carta fuerte de los globalistas, encarnados por el canadiense Mark Carney, fue decir tres verdades que hoy ya son imposibles de esconder: a EEUU no le interesa más el pacto asimétrico consentido por la UE; la vieja alianza de posguerra está rota y el antiguo orden mundial no va a volver.

Empujados al borde del abismo por Trump y después de comerse varios cachetazos –excluirlos del tema ucraniano; acusarlos de ser unos aprovechadores; castigarlos con aranceles y ¡el colmo! considerarlos públicamente como una “civilización en decadencia”-, los europeos se animaron a reaccionar. La estrategia fue desplegada en pleno Foro de Davos.

Aproximación a China y otras estrategias

miércoles 21 de enero el Parlamento Europeo dejó en suspenso la ratificación del acuerdo comercial UE-EEUU. Ese mismo día, el fondo de pensiones sueco, Alecta, y el danés Akademiker Pension, vendieron bonos del Tesoro estadounidense jugando con el desplome de su precio y el consiguiente terremoto en Wall Street.

A esta “advertencia” financiera se sumaron las señales de aproximación a China por parte de varios países europeos. A fines de este mes, el primer ministro británico, Keir Starmer, se reuniría con el presidente chino Xi Jinping y, por otro lado, está confirmado que Beijing edificará, a pasos de la City de Londres, una superembajada china, la mayor en toda Europa. El Reino Unido tendrá que reparar tres años de hielo producidos por el veto a Huawei en redes 5G, medida que tomó por orden de EEUU.

También Canadá tendrá que reparar las heridas con China: en 2018 (por mandato de la Casa Blanca), detuvieron en el aeropuerto de Vancouver a Meng Wanzhou, vicepresidenta de Huawei e hija del fundador de la gigante tecnológica. Ella estuvo tres años con arresto domiciliario en Canadá. El 14 de enero, Carney, empujado por los elevados aranceles impuestos por Trump y buscando diversificar las perspectivas canadienses, viajó a Beijing. La prensa china explicitó cuál es la expectativa del gobierno de Xi: la “autonomía estratégica” es decir, que Ottawa establezca una política exterior independiente de Washington.

En otro movimiento de “desobediencia” a Trump, varios países europeos se niegan a respaldar el Consejo de Paz (por Gaza) lanzado por el presidente estadounidense en un claro intento por destruir a las Naciones Unidas como institución internacional de resolución de conflictos. Lamentablemente, la Argentina genuflexa, ingresó a ese Consejo pagando una altísima cuota de admisión: entregar al Pentágono el estratégico puerto de Tierra del Fuego.

Un duelo entre depredadores

El combate de esta semana en el templo de Davos no fue a favor o en contra de un orden más democrático, ni más igualitario, ni más justo para las mayorías. La pugna fue entre dos formas de capitalismo extremo -globalistas y proteccionistas-, uno que tuvo su época dorada a partir del derrumbe de la Unión Soviética y otro que busca rediseñar el sistema regresando a las fórmulas con la que EEUU se convirtió en potencia.

Y la pelea fue al desnudo. “La administración Trump y yo estamos aquí para dejar algo muy claro: la globalización es una política fallida”, atacó el ministro de Comercio, Howard Lutnick. “Este Foro Económico Mundial ha defendido exportar, deslocalizar, encontrar la mano de obra más barata del mundo y dijo que así el planeta sería un lugar mejor. Pero lo cierto es que, Estados Unidos y sus trabajadores se han quedado atrás. Y estamos aquí para decir que ‘Estados Unidos primero’ es un modelo diferente y que invitamos a otros países a tenerlo en cuenta. Nuestros trabajadores son lo primero”.

Más tarde, en una cena privada, las palabras de Lutnick sobre cómo debería ser el nuevo orden mundial, provocó abucheos y la ofensa arrebatada de la ex jefa del FMI, Christine Lagarde, quien se retiró ofendida en medio de la comida.

En cuanto al vocero de los globalistas, Mark Carney, con total desvergüenza, admitió que, con el bonito discurso de la libertad de mercado y el orden basado en reglas del neoliberalismo, las potencias occidentales han estado estafando, durante décadas, a la mayoría del mundo. (Lo prueban las cifras de Oxfam 2026: gracias al neoliberalismo la concentración de riqueza en el 1% de la población mundial es igual a lo que pueden poseer juntos el 95% de los habitantes del planeta).

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”, declaró el canadiense.

“Esta ficción era útil. (Pero ahora) ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis -financiera, sanitaria, energética y geopolítica- dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema”. Carney propuso entonces una salida: “En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto”.

La guerra intercapitalista recién ha comenzado. No se trata de una disyuntiva como la que vivimos en la década del 90 cuando millones de militantes antiglobalización copaban las calles de Seattle, Niza, Praga o Barcelona rechazado el libre comercio, la desigualdad económica y la destrucción del Estado de Bienestar. Entonces se atacaba al FMI o a la Organización Mundial del Comercio por razones muy diferentes a las que hoy esgrime Trump.

Hoy los pueblos que defendemos la soberanía y la equidad podemos caer en un falso dilema. La economista e investigadora del Conicet, Luciana Ghiotto, lo explica con claridad. “Oponerse frontalmente a las políticas comerciales de Trump podría interpretarse como una defensa implícita del statu quo neoliberal; apoyarlas significaría legitimar un proyecto que, aunque nombradamente contrario al libre comercio, está diseñado para fortalecer el poder del capital estadounidense sin cuestionar las relaciones sociales de explotación y desigualdad que le subyacen.”

Y recomienda: “No basta con oponerse a acuerdos específicos; es necesario construir modelos alternativos de relaciones económicas internacionales que cuestionen profundamente la propia lógica capitalista”.