Alí Hoseiní Jamenei nació el 19 de abril de 1939 en Mashhad, ciudad sagrada del noreste de Irán. Descendiente de una familia clerical originaria de Tafresh e instalada luego en Tabriz, fue el segundo de ocho hermanos, dos de los cuales también siguieron la carrera religiosa. Desde su infancia recibió formación islámica tradicional bajo la supervisión de su padre y de distintos ulemas.
Su trayectoria intelectual lo llevó a los seminarios islámicos de Mashhad, luego a Nayaf —donde estudió algunos meses— y finalmente a Qom, donde entre 1958 y 1964 se formó bajo la guía de figuras de enorme influencia como los grandes ayatolás Seyyed Hosein Boruyerdí, Alamé Tabatabaí y el propio Ruholá Jomeiní, quien ya entonces desafiaba el proyecto modernizador del Shah.
Como muchos estudiantes de su generación, Jamenei priorizó la militancia política sobre los estudios religiosos. Fue arrestado por primera vez el 2 de junio de 1963, y nuevamente días después, cuando las fuerzas del régimen detuvieron al ayatolá Jomeiní desatando una ola masiva de protestas. En los años siguientes, la SAVAK —la policía secreta del Shah— lo persiguió reiteradamente por sus clases de pensamiento islámico, enviándolo varias veces a prisión a lo largo de la década del '60 y del '70.
Tras el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, Jamenei ocupó un lugar central en la nueva arquitectura del poder. Entre 1981 y 1989 fue presidente de Irán. Cuando Jomeiní murió, en junio de 1989, fue designado su sucesor como Líder Supremo —la máxima autoridad del Estado—, cargo que ocupó de manera ininterrumpida hasta su muerte. En 2010, la revista Forbes lo ubicó en el puesto 26 entre las personas más poderosas del mundo.
Junto a Jomeiní y al ayatolá Akbar Hashemí Rafsanyaní, Jamenei fue reconocido como una de las tres figuras que más marcaron la historia de la República Islámica. Su nombre figura en la Constitución iraní como marya' o «fuente de emulación» del chiismo duodecimano, la principal corriente del islam iraní.
Un ataque en el mes sagrado del Ramadán
La ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel del sábado 28 de febrero de 2026 golpeó al menos 30 objetivos de alta jerarquía en territorio iraní. Entre los blancos figuraron ministerios, la oficina del Líder Supremo, el Palacio Presidencial, la Agencia de Energía Atómica, complejos militares y aeropuertos. La acción se produjo en pleno Ramadán y en medio de negociaciones diplomáticas en curso por el programa nuclear iraní.
Antes de la prensa de Irán, tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu habían confirmado la muerte de Jamenei y llamaron al pueblo iraní a levantarse contra su gobierno.
En El Destape, Telma Luzzani describió el ataque —denominado «Furia ética» por sus ejecutores— como parte de una estrategia más amplia de Washington para recuperar el control de Medio Oriente y revertir la pérdida de un aliado clave que se consumó con la revolución de 1979. «EEUU busca el control de la región por parte de Israel», señaló, en el contexto de una disputa geopolítica global que tiene a China como protagonista.
Durante sus más de 35 años al frente del Estado iraní, Jamenei sostuvo una política exterior de resistencia frente a Estados Unidos e Israel, a quienes denominaba respectivamente el «Gran Satán» y el «régimen sionista». Bajo su conducción, Irán desarrolló su programa nuclear, apoyó a grupos como Hezbolá en el Líbano y a los hutíes en Yemen, y consolidó vínculos con Rusia y China.
Casado y con seis hijos, el ayatolá dominaba el persa y el árabe, y hablaba con menor fluidez el azerí, lengua materna de su padre. En su juventud fue aficionado a la poesía y frecuentó los círculos literarios de Mashhad. También fue traductor: vertió al persa obras del influyente teórico islamista Seyyed Qotb.
Su muerte abre una etapa de incertidumbre profunda para Irán, para la región y para el orden mundial. La represalia iraní ya comenzó: sus fuerzas atacaron siete bases estadounidenses en igual número de países, cerraron el tráfico marítimo en el estratégico Estrecho de Ormuz y anunciaron el reinicio de la ofensiva de los hutíes en el Mar Rojo. El mundo observa, con temor, si este conflicto puede escalar a una guerra global.
