¿Por qué estamos tan desconectados del Mundial?

A menos de un mes de la Copa del Mundo, el torneo no parece despertar expectativa. ¿Por qué la sociedad no está más emocionada luego de la victoria que movilizó a millones hace sólo cuatro años?

17 de mayo, 2026 | 09.28

A menos de un mes del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, cuyo partido inaugural es el jueves 11 de junio en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, lo que se vive en nuestro país parece no reflejar los niveles de entusiasmo y pasión a los que estamos acostumbrados. Más aún teniendo en cuenta que Argentina llega como la actual campeona, y por ende candidata, y todo indica que sería el último torneo de Lionel Messi con la celeste y blanca. 

Además, a diferencia de lo que ocurrió en Qatar 2022 cuando cerca de 50 mil hinchas viajaron hasta Medio Oriente para apoyar a la Selección, los partidos se disputan a pocas horas de vuelo y en un país con una cultura menos ajena, lo que haría pensar en el traslado de más aficionados, y sin embargo, los paquetes y millas no se venden como se esperaba. A nivel doméstico, según mediciones en redes sociales, casi cuatro de cada diez argentinos ni siquiera habla del tema, y a nivel comercial, los vendedores de electrodomésticos que suelen ver crecer las ventas de smart TV los meses previos anticipan números desfavorables. El desconcierto crece a medida que se acercan los días y surgen las preguntas que todos estamos gambeteando: ¿por qué no nos entusiasma tanto este torneo? ¿por qué esta vez es diferente?  ¿por qué no podemos conectar con un nuevo sueño mundialista? 

La resaca de Qatar: cuando ya se cumplió el sueño

Hay un hecho concreto y simbólico que no se puede ignorar para comprender las capas de este desánimo disfrazado de desatención: el peso específico de Qatar 2022. La última Copa del Mundo para muchísimos argentinos y argentinas significó el evento emocional y colectivo más intenso de las últimas décadas. La canción Muchachos, el partido picante contra Países Bajos, la final contra Francia, los penales, el llanto de Messi, los festejos inolvidables, el desahogo de Scaloni, la capa del jeque, el desborde en las calles de cada ciudad del país, la llegada de los jugadores y las millones de personas que acompañaron y festejaron junto al micro descapotable, la abuela lalalalala, las tendencias en redes, el Diego alentando desde el cielo, los videos de la multitud que nos dieron piel de gallina, la gente llorando y abrazándose con extraños, las celebraciones en todos los rincones de la tierra. Todo eso constituyó una catarsis colectiva que llevaba treinta y seis años esperando, un grito de desahogo que, por la potencia, nos conmovió y dejó agotados en las mismas proporciones.

Es lógico que después de tal hecho histórico, de una cumbre de adrenalina de ese calibre, el cuerpo, individual y social, necesite tiempo y espacio para reconstruirse. Los procesos emocionales tienen una lógica propia que no responde a los calendarios de la FIFA. Luego del alivio de desprendernos de la mochila que pesaba desde 1986, esa deuda histórica que nos despertaba emociones, rezos, promesas y fantasías previas a cada Mundial, ya no existe. La calentura por ver salir campeón a Messi, la ansiedad por levantar la Copa, fue reemplazada por otra cosa, todavía amorfa y en movimiento, pero seguro con un tono más tranquilo, plácido, un tanto amesetado, e inevitablemente más frío. 

Esta tendencia, que casi todos percibimos y no sabemos cómo describir, aparece reflejada en los números de un estudio de Human Connections Media que analizó más de 106 mil menciones en redes sociales entre octubre de 2025 y enero de 2026 asociadas a los términos “Mundial 2026”, “Mundial de fútbol” y “Copa mundial”. La investigación advierte que casi el 40% de los argentinos no se sintió interpelado por el Mundial. El único momento donde se ve que la conversación explotó y fue tendencia coincide con el sorteo de grupos en diciembre de 2025, hito que explica el 40% de todas las menciones de todo el período. Por fuera de ese día, la conversación fue llamativamente baja para un país futbolero como el nuestro que, además, tiene chances de volver a repetir el título. Las estadísticas, en ese sentido, mostraron que, un poco menos del 40% no se sintió interpelado por el evento, y dentro de ese grupo, el 23% se mostró indiferente y el 16% expresó desinterés.

La foto con Trump y el (des) enamoramiento 

Tal como la novela de Frédéric Beigbeder, podemos decir que “El amor duró tres años", y con el correr de los meses sucedieron cosas que fue erosionando el vínculo afectivo entre los hinchas y la Selección, y generando rispideces. Hubo un hecho en particular que podemos identificar como el más disruptivo de los últimos tiempos ya que por primera vez la política, y en su peor versión, se metió donde antes parecía no tener lugar: la foto de Messi con Donald Trump. 

La imagen de Lionel Messi con el Presidente de EUA, en medio de una visita oficial a la Casa Blanca junto al plantel del Inter Miami, campeón de la MLS, se viralizó y generó una catarata de opiniones, debates y discusiones sobre el jugador que hasta ahora parecían vedadas. Por primera vez en mucho tiempo los argentinos y argentinas miramos de reojo a nuestro Capitán. Es que el encuentro cobro trascendencia en el marco de un contexto particular: el mundo entero estaba en vilo por los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán; el ICE y la política anti migratoria del gobierno norteamericano protagonizaban una escalada en sus metodos violentos de persecución, detención y asesinato de personas; se había perpetrado recientemente la intervención militar de Venezuela; y por último se suma la publicacción escandalosa de los archivos Epstein que incluían graves acusaciones y delitos que incluían una red de tráfico sexual y abuso de menores. En medio de todo aquello, Messi y sus compañeros no solo aceptaron la invitación a la Casa Blanca, sino que además aplaudieron mientras Trump anunciaba nuevos ataques. Algo de esa admiración y amor incondicional con la Pulga, que se había sembrado durante décadas, se degradó, o por lo menos se puso en duda, en solo minutos. 

Por supuesto que hubo diferentes lectoras del mismo hecho: mientras algunos lo entendieron como un acto meramente protocolar respetando la tradición que el presidente reciba a los campeones, para otros sectores fue una decisión desafortunada que despertó sentimientos que fueron desde la desilusión hasta el enojo. No faltaron quienes recordaron la negativa de la Selección Argentina a llevar la Copa a la Casa Rosada, decisión que en su momento había sido respetada, y hasta entendida, con el objetivo justamente de cuidar al equipo de la grieta política y que no quedara asociado a ningún gobierno en particular. Tres años después, el mismo capitán que le dijo que no a Alberto Fernández apareció sonriente en la Casa Blanca. 

El factor económico: cuando la cabeza está en el bolsillo

Todo el panorama anterior sería insuficiente para explicar la magnitud del desenganche y la distancia que mantenemos con el Mundial. El factor determinante es otro, y está mucho más vinculado a nuestra vida cotidiana, a la rutina, a los malabares diarios, a los cálculos para ver si llegamos o no a pagar la tarjeta, al poco espacio que nos queda al final del día, a la imposibilidad de relajarnos, en medio del torbellino social, y disfrutar del fútbol.

Cualquiera de los datos de la economía nos muestra una tendencia unificada hacia el empeoramiento material de las condiciones de vida. Pero hay otros estudios que evidencian cómo eso afecta directamente nuestro bienestar y salud mental. El informe 2025 del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA),  alertó sobre uno de los niveles de estrés económico y social más altos de los últimos 20 años. Según las cifras, el 46% de la población vive bajo condiciones de “estrés económico”, más allá de si su situación personal o nivel de ingresos los sitúan técnicamente por encima de la línea de pobreza. 

Existe una percepción generalizada de incapacidad real para cubrir las necesidades básicas. En la misma línea un estudio de Bienestar Financiero de Mercer en 2025 identificó que siete de cada diez argentinos y argentinas reconocen que la presión económica afecta su vida cotidiana; el 86% indica que los problemas económicos dañan considerablemente su bienestar; y un 14% experimenta tal nivel de estrés que la situación llega a afectar su descanso y sueño.

En un contexto en el que más del 40% de los trabajadores se encuentra en la informalidad, en el que los salarios no le ganan a la inflación, en el que la deuda se convirtió en método de disciplinamiento, el entusiasmo mundialista compite con urgencias de otra escala. Mientras la cabeza está ocupada calculando cómo llegar a fin de mes, pareciera no haber espacio mental y emocional para sostener la euforia colectiva. No hay pan ni circo. Ese agotamiento, esa imposibilidad de engancharse con el inicio del Mundial, se puede ver en los números del comercio y el consumo. En general la fiebre mundialista suele impulsar la venta de televisores y smart tvs, pero también de camisetas, botines, pelotas, pantalones y todo tipo de productos relacionados con la Selección Argentina. 

En La Plata, por ejemplo, recientemente el gerente de Casa Silvia, un comercio histórico de electrodomésticos que funciona desde 1983, dijo que, comparando la situación con el Mundial pasado, en 2026 debería haber un aumento de un 50 o 60% respecto de un año normal. Sin embargo las estimaciones apuntan a un aumento de alrededor de 30% por las bajas de ventas que se han registrado en los últimos meses. A nivel nacional, las proyecciones del sector son cautelosas: las ventas podrían moverse entre una caída del 10% y una suba de apenas el 5%, luego de un 2025 que había mostrado fuerte crecimiento. El Mundial aparece como uno de los pocos factores capaces de traccionar demanda, pero la “cresta de la ola”, reconocen los propios comerciantes, “no sería tan alta como en otros años.”

En la última semana el Hot Sale 2026 torció un poco la tendencia y aumentó las ventas, pero conservando ciertos patrones: los consumidores compran con más planificación, comparan precios, priorizan financiación, y en general eligen los productos menos costosos. En una nota reciente en el diario perfil Camila Nasir, gerente de Marca y Comunicación de Tienda Nube, explicaba que el cruce entre los descuentos y la previa mundialista abrió “una oportunidad comercial estratégica” para las marcas con productos temáticos. La lógica impulsiva y pasional tan característica en la previa de otros mundiales no se registra en épocas de bolsillo flaco y cálculo permanente. En ese escenario, la camiseta oficial se volvió un lujo: la titular cuesta $129.999, la alternativa llega a $149.999, y la versión jugador alcanza $219.999. 

Siempre yo (no) te sigo a todas partes 

Seguir el recorrido de la Selección Argentina en la fase de grupos, según estimaciones de agencias de turismo, cuesta entre 8.800 y 9.500 dólares por persona sin incluir el pasaje de ida. Ver un solo partido puede salir entre 2.800 y 3.300 dólares en una ubicación intermedia, y en una platea en el centro de la cancha, el valor puede llegar a los 4.990 dólares. Pero las agencias operadoras no venden entradas sueltas sino incluidas en un paquete con alojamiento, traslados y vuelos internos. Todavía hay vuelos baratos, canjes de millas y entradas disponibles para fechas mundialistas en diferentes plataformas ya que la demanda es de moderada a baja, y con una particularidad: muchos eligen entradas solo para un partido de fase de grupos, y entre los más optimistas están los que viajan solo para presenciar algún partido de las fases más avanzadas. 

A la barrera económica se suman el miedo y rechazo que causa el contexto estadounidense bajo la administración Trump que ya adelantó una fuerte presencia del ICE en estadios, un despliegue sin precedentes de controles migratorios, y la dificultad para obtener una visa en poco tiempo. Esto no es algo que afecta solo a los argentinos, sino que se replica en todas las latitudes. Una encuesta de la Asociación Estadounidense de Hoteles y Alojamiento (AHLA) reveló que el 80% de los establecimientos en ciudades sede reportan reservas internacionales por debajo de lo previsto.

El Mundial y el fin de los grandes relatos

Pero, quizás, se sume un aspecto todavía más profundo que es difícil de trasladar a cifras y números. Tal vez esta sensación de desconexión no sea solamente con el Mundial, con Messi, o las camisetas. Podemos pensar que lo que está cambiando es nuestra forma de vincularnos con los grandes acontecimientos colectivos y las formas tradicionales de pertenencia  en medio de las redes sociales, la hiper fragmentación del consumo, la sobreestimulación permanente, el agotamiento cotidiano. 

Hoy vivimos bajo un bombardeo constante de noticias, crisis, escándalos, memes, tendencias, contenidos, guerras, inflación, publicidades, algoritmos, videos cortos, ansiedad y precarización, que nos absorben la energía. Todo al mismo tiempo, todo a velocidad 2.O, compitiendo por nuestra atención y nuestro tiempo, explotando todos nuestros sentidos, desconectándonos de la vida material, de la calle y de lo comunitario. Incluso el fútbol, históricamente uno de los lenguajes más poderosos de la cultura argentina, quedó atrapado dentro de esa lógica de consumo rápido y disperso. 

Durante décadas el Mundial funcionó como una pausa emocional, un momento esperado para vivir 100% presente y compartir en familia, con amigos, con parejas, con otros. Era un ritual masivo que nos atravesaba a todos por igual, uno de los pocos momentos capaces de suspender, aunque fuera parcialmente, las diferencias sociales, territoriales, políticas, etarias y económicas. Si bien todavía conserva la potencia simbólica, ya no parece organizar la vida social de esa manera porque el ecosistema cultural y de consumos dejó de funcionar de forma sincronizada. Por eso el clima previo a la Copa del Mundo 2026 se siente distinto, raro.