Para cualquier opositor, la tentación de confundir gobierno, Estado y sociedad es fuerte. Después de todo, hablamos de la misma sociedad que votó en múltiples oportunidades a un presidente con valores tan detestables como los de Javier Milei. Una sociedad que elige a semejante representante no puede estar libre de culpas. Alcanza con leer en cualquier red social a los asesores estrella del Gobierno y a su ejército de trolls, con estipendios a cargo del Erario, para encontrar estos valores: racismo, homofobia, misoginia y clasismo extremo. No falta nada. Es como si se hubiese abierto la caja de Pandora y hubieran escapado todos los demonios que, al parecer, estaban entre nosotros.
¿Pero es realmente esta la sociedad argentina? Vale adelantar que, si así fuera, habría que contentarse con las palabras que Dante encontró en las puertas del Infierno en la Divinaa Comedia: “Lasciate ogne speranza, voi ch'entrate”, algo así como: “Los que entran, abandonen toda esperanza”.
Pero, al margen del gobierno presente, la realidad es bastante diferente. Adicto a los datos, en el buen sentido, el sociólogo Daniel Schteingart hurgó en los valores morales comparativos de la Argentina respecto de otras sociedades y encontró que, de acuerdo con la Integrated Values Survey, que releva información de decenas de países, solo al 4 por ciento de los argentinos les molestaría tener un vecino inmigrante; a menos del 9 por ciento, un vecino homosexual; al 4 por ciento, uno con sida; al 2 por ciento, uno de otra religión; y al 3 por ciento, uno de otra raza. Schteingart no niega que localmente existan problemas de discriminación, prejuicios y desigualdades que deben ser discutidos y combatidos, pero destaca que, en términos comparativos, los números ubican al país entre las sociedades más tolerantes del planeta.
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Muy probablemente la Argentina no sea el cómodo “país con buena gente” que pregonaba la publicidad de gobiernos precedentes, pero seguramente se parece mucho más al “crisol de razas” que inculcaba la educación pública heredera de la Generación del '80 que a la imagen que sostienen muchos antropólogos contemporáneos, incómodos con el concepto de crisol por considerar que invisibiliza a las minorías. Cuando se contraponen referencias a los “cabecitas negras” o al más reciente y despectivo “marrones”, se confunde racismo con el más trivial clasismo. Los cantitos de tribuna, aunque de contenido lamentable, expresan más pertenencia tribal que chauvinismo o rechazo racial.
La primera tensión social es de clase y va siempre desde los que ya están hacia los que llegan. El desdén de las clases medias urbanas por los migrantes internos en los albores del peronismo no es muy distinto del que antes padecieron, por ejemplo, los “gringos pata sucia” o los “gallegos brutos” durante las sucesivas olas migratorias. Lo que prevalece en todas partes son las pretensiones de alcurnia de los NyC (nacidos y criados) frente a los recién llegados. Aunque usemos jerga local, el comportamiento es universal. Como canta Jorge Drexler: “Yo no soy de aquí, pero tú tampoco”. Los que llegaron antes sienten que los nuevos vienen a quedarse con lo que consideran suyo. Se trata de clasismo, que circunstancialmente puede expresarse como racismo, especialmente cuando el otro, el recién llegado, pertenece a una cultura muy diferente. La tensión persiste hasta que las sociedades la procesan. El multiculturalismo es el producto necesario de las migraciones, no una superación moral del orden precedente.
La segunda tentación para el análisis es caer en el argumento de la autoridad moral. Quienes acusan de racismo provienen de sociedades objetivamente más atravesadas por conflictos raciales, como Estados Unidos, donde la segregación se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XX y cuya política exterior ha recurrido reiteradamente a la guerra contra los “otros culturales”, o de una Europa en decadencia donde, dejando de lado el detalle nada menor del pasado colonial, abundan partidos políticos mayoritarios o cuasi mayoritarios que expresan abiertamente formas de rechazo hacia los inmigrantes. Este fenómeno es, a su vez, un subproducto de sociedades que están dejando de reproducirse y comienzan a sentirse minoría en sus propios países, un destino demográfico que deberán procesar.
Aquí el problema se parece bastante a la generalización de la primera tentación. No son la sociedad estadounidense ni las sociedades europeas las que acusan de racista a la sociedad argentina. No es que “el mundo nos acusa”. Si se excluye a parte del periodismo deportivo, la crítica proviene, en particular, de referentes de la anquilosada izquierda ilustrada, tanto estadounidense como europea.
A partir del fracaso del llamado socialismo real, cuyo hito más visible fue la caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior derrumbe de la Unión Soviética, comenzó a consolidarse un cambio cultural cuyas raíces pueden rastrearse, entre otros fenómenos, en el sobrevalorado Mayo Francés de 1968 y, sobre todo, en el surgimiento del posmodernismo, que alcanzó su madurez durante la década de 1980. La vieja izquierda fue perdiendo su base material. La lucha de clases quedó subsumida por las luchas identitarias; la transformación material, por la reivindicación de las minorías.
En el presente, una de las expresiones de ese devenir es el puritanismo woke, o wokismo. La expresión genera confusión y merece una aclaración. Las derechas son enemigas del wokismo porque rechazan las identidades que este reivindica. Son enemigas de buena parte de esas minorías: desde el feminismo hasta las identidades de género y desde la diversidad sexual hasta las minorías raciales y étnicas.
La crítica al wokismo desde la izquierda es completamente distinta. Ya desde el Marx de La cuestión judía, la defensa de los derechos de las minorías forma parte de la tradición de izquierda. La emancipación de cualquier minoría integra el proyecto de emancipación social. Pero se trata de una cuestión de prioridades. Para la izquierda tradicional, la emancipación principal es la de la clase trabajadora, no la de las minorías sexuales o étnicas. La lucha principal no es por la identidad de las minorías, sino por las condiciones materiales de vida de las mayorías. De nuevo, la lucha de clases no puede quedar subsumida por las luchas identitarias. Por eso, para muchos autores, entre ellos Susan Neiman, no se puede ser de izquierda y woke al mismo tiempo. Adicionalmente, esta reivindicación de las minorías derivó en una ideología moralizante y cancelatoria, probablemente como herencia del puritanismo calvinista del que el wokismo estadounidense es tributario, un proceso exacerbado por las redes sociales que no tardó en generar una reacción social e, indirectamente, alimentar a las viejas derechas.
Tal es el estado de situación de los sectores que, con increíble liviandad, convirtieron a la Argentina en un presunto villano dentro de una lucha global entre el bien y el mal. Una disputa en la que terminó mezclándose incluso el histórico conflicto árabe-israelí y que motivó que muchos referentes de la intelectualidad de la izquierda local descubrieran que algunos de sus referentes del Primer Mundo resultaron ser verdaderos botarates.-
