Energía, tecnología y guerra en la nueva fase del capitalismo

29 de marzo, 2026 | 16.14

La guerra de EEUU e Israel contra Irán no puede leerse como una mera secuencia de bombardeos de drones y misiles, represalias cruzadas y amenazas diplomáticas. Lo que está en juego no es solamente la correlación militar inmediata en Asia Occidental -el mal llamado “Medio Oriente”-, sino una disputa más profunda por el control de corredores económicos, energía, e infraestructura que organizan el valor y el poder en esta etapa histórica.

El asesinato de Ali Larijani, los ataques sobre South Pars y Assaluyeh, la amenaza de cierre del estrecho de Ormuz, el ultimátum de Donald Trump (con “olor” a preparación de una incursión militar terrestre en el país persa) y la extensión mundial del conflicto muestran que estamos ante una confrontación que desborda el campo de batalla clásico y se instala en el corazón mismo de la reproducción material del capitalismo digital-financiero.

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En otras palabras, la dimensión militar se entrelaza de manera cada vez más orgánica con la nueva fase de la economía mundial, donde la acumulación, la dominación y la guerra pasan por el control de nodos críticos, de capacidades tecnológicas y de la circulación de energía, datos y mercancías. Desde esta perspectiva, la ofensiva estadounidense-israelí sobre Irán debe ser situada en el marco más amplio del denominado “enfrentamiento del G2”, donde Asia Occidental sigue siendo un punto decisivo en la disputa estratégica entre Estados Unidos y China. No sólo porque allí se concentra una parte sustancial del petróleo y del gas que alimenta a las economías asiáticas, sino porque el control sobre sus estrechos, puertos, redes energéticas y corredores de datos impacta de forma directa sobre qué fuerza mundial va controlar las territorialidades principales de la llamada conexión euroasiática.

El estrecho de Ormuz como arma estratégica

El primer rasgo central de esta guerra es su carácter energético. El estrecho de Ormuz no es un elemento secundario del conflicto, sino su verdadero centro de gravedad: Un arma estratégica en las manos de Irán.

Por allí circula una porción decisiva del petróleo mundial y una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. En consecuencia, cualquier amenaza sostenida sobre ese corredor no sólo desestabiliza al Golfo Pérsico, sino que sacude los precios básicos de toda la economía mundial. China, India, Japón, Corea del Sur y Singapur aparecen como los principales receptores del impacto potencial, mientras Europa también queda expuesta por su dependencia del GNL qatarí.

La nueva fase del capitalismo no ha vuelto irrelevante a la energía fósil, como a veces sugieren ciertos discursos ingenuos del auge de las “energías limpias”. Por el contrario, la llamada transición tecnológica y la expansión del capitalismo digital-financiero requieren cantidades crecientes de energía estable, abundante y asegurada. Los sistemas de inteligencia artificial, la nube, los centros de datos, la industria militar de precisión y las plataformas logísticas del comercio mundial se sostienen sobre una base energética robusta. Dicho de otro modo, detrás de la retórica de la innovación y del futuro, la materialidad energética continúa siendo decisiva.

Eso explica por qué la infraestructura petrolera y gasífera de Irán se ha transformado en blanco prioritario. También explica por qué la guerra en torno a Ormuz tiene un significado que excede con mucho el mercado del crudo. Quien condiciona ese corredor puede perturbar cadenas industriales, disparar costos logísticos, tensionar mercados financieros y alterar los equilibrios de poder entre las grandes potencias. En el marco del “enfrentamiento del G2”, esto adquiere una relevancia todavía mayor. Una interrupción prolongada en el Golfo afectaría con fuerza a China, que depende de esos flujos para su metabolismo industrial, pero también revelaría la capacidad estadounidense de militarizar la circulación planetaria de bienes estratégicos en un momento de aguda competencia sistémica.

Irán lo sabe. Por eso su doctrina no se orienta a una victoria convencional sobre EEUU o Israel, sino a instalar un régimen de incertidumbre, desgaste y encarecimiento del conflicto, no sólo en costos bélicos sino en su repercusión global como medio para obligar al posicionamiento de actores que no están involucrados de forma directa en la dimensión militar. El uso de misiles, drones, guerra electrónica, minas navales y estructuras descentralizadas bajo protagonismo de la Guardia Revolucionaria responde a una lógica precisa. No se trata de igualar tecnológicamente al adversario en todos los terrenos, sino de impedirle cerrar la guerra en sus propios términos. La guerra asimétrica iraní, en ese sentido, no busca solamente responder. Busca prolongar el tiempo del conflicto, saturar defensas costosas, ampliar el teatro de operaciones y forzar una ecuación política más compleja para sus enemigos.

Así se comprende también la extensión de ataques y amenazas hacia Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak. Lo que se pone en cuestión es la totalidad de la arquitectura de seguridad del Golfo y, con ella, una parte sensible del andamiaje geoeconómico de la distribución económica mundial. Irán intenta demostrar que una agresión sostenida sobre su territorio puede convertirse en una crisis general para todo el sistema regional. En esa decisión aparece un cálculo de gran racionalidad estratégica. La guerra deja de ser un duelo lineal para convertirse en una disputa por el precio general de la estabilidad.

Todo esto obliga a pensar que la guerra sobre Irán no se agota en la relación trilateral entre Teherán, Washington y Tel Aviv. Lo que aparece en escena es una disputa por el control de un cuello de botella de la economía mundial. Desde el punto de vista de la potencia angloamericana, asegurar la navegación, disciplinar a Irán y preservar la arquitectura de seguridad del Golfo es también preservar capacidad de mando sobre una arteria decisiva para el abastecimiento energético. Desde el punto de vista iraní, en cambio, la amenaza de cierre de Ormuz constituye un instrumento en la guerra prolongada, constituyéndose en un factor de disuasión asimétrica de enorme magnitud, porque le permite elevar los costos de la guerra mucho más allá de sus fronteras, y socializar el conflicto entre múltiples actores.

En esa misma lógica, la ofensiva sobre el yacimiento de South Pars y la ciudad industrial y portuaria de Assaluyeh deben interpretarse como un golpe dirigido al núcleo energético que sostiene la capacidad económica y estratégica del país persa. Allí no se golpeó solamente un objetivo físico, sino que se atacó uno de los núcleos más sensibles del sistema energético iraní, un punto en el que confluyen extracción, procesamiento, logística, petroquímica e interconexión industrial. Golpear ese nodo significa afectar al mismo tiempo la capacidad económica, la infraestructura y la sustentación del esfuerzo militar de Irán. En otras palabras, ese yacimiento es la fuerza de la mano iraní que estrangula a Ormuz.

Inteligencia artificial, infraestructura digital y guerra

La guerra actual no se juega solamente en la cuestión energética. Hay una segunda dimensión que resulta decisiva para comprender la novedad histórica del conflicto. Nos referimos a la incorporación de la inteligencia artificial, los centros de datos, las redes de telecomunicaciones y los sistemas de procesamiento algorítmico como parte constitutiva de la guerra. La ofensiva sobre Irán deja ver que la infraestructura digital ya no es un soporte pasivo de la economía contemporánea. Todo lo contrario: Se ha convertido en un componente central de la confrontación militar, de la capacidad estatal y de la producción de poder.

La integración de herramientas de inteligencia artificial en sistemas de selección de blancos, procesamiento de inteligencia y aceleración de la cadena de ataque muestra un salto cualitativo. Procesos que antes podían requerir días o semanas pasan a resolverse en minutos o incluso segundos. Esto incrementa la densidad operativa de la ofensiva, reduce tiempos de deliberación y acorta el margen de juicio humano efectivo.

La llamada kill chain algorítmica no constituye un detalle técnico, y se ha convertido en una profunda transformación de los conflictos armados actuales, que dibujan los contornos de una guerra de redes, señalando la llamada multidimensionalidad militar contemporánea. Allí las comunicaciones y la velocidad de procesamiento de datos se vuelven una variable tan importante como la potencia de fuego. En la nueva fase, el dominio de las comunicaciones, de la información, y de la aceleración de la decisión se integran al campo militar como parte del mismo proceso.

Por eso la disputa entre el Pentágono y las grandes empresas tecnológicas no debe leerse como un desacuerdo secundario entre socios circunstanciales. Allí se está discutiendo quién define los usos legítimos de la IA, qué límites pueden imponerse al Estado y hasta qué punto las corporaciones privadas quedan subordinadas al complejo militar. El conflicto con Anthropic, así como la redefinición contractual de OpenAI y la expansión de sistemas asociados a Palantir, expresa una tendencia más general. El capitalismo digital-financiero no elimina al Estado, sino que lo subsume a otro tipo de relación jerarquizada con el gran capital tecnológico, en una clave crecientemente militarizada. En ese marco, la frontera entre empresa, defensa, plataforma y aparato de seguridad se vuelve cada vez más porosa.

Irán leyó muy bien el asunto, y ya atacó a centros de datos y servicios digitales en Israel, Emiratos y Bahréin. En el marco de la escalada del conflicto, la Guardia Revolucionaria Islámica iraní anunció que comenzará a considerar como objetivos militares legítimos a “centros económicos y bancos vinculados a Estados Unidos e Israel”. En esa misma línea, difundieron una lista de empresas tecnológicas asociadas al desarrollo de capacidades militares, entre las que se encuentran Nvidia, Google, Microsoft, Oracle, IBM y Palantir, junto con proveedores de servicios en la nube con presencia en Israel y en distintos puntos de Medio Oriente.

Esta cuestión es de enorme importancia teórica y política. Durante años se nos presentó la digitalización como si implicara una progresiva desmaterialización de la economía, y donde se esgrimían principios como el de la llamada “neutralidad de la red”. Sin embargo, lo que revela la guerra es exactamente lo contrario. La inteligencia artificial depende de electricidad abundante, refrigeración, chips, conectividad, puertos seguros, insumos industriales y sistemas logísticos estables. Los centros de datos no flotan en el aire. Están anclados en territorios, redes y fuentes energéticas concretas, que tienen dueños e intereses geopolíticos.

Conclusiones

La conclusión política de fondo es que la guerra actual no anuncia un retorno al pasado, sino una radicalización de tendencias del presente. El capitalismo en su nueva fase integra de manera cada vez más estrecha acumulación, militarización y digitalización. Allí donde algunos ven sólo innovación, aparecen también nuevas formas de destrucción organizada. Allí donde se promete conectividad y eficiencia, emerge la posibilidad de una guerra más veloz, más automatizada y más imbricada con la reproducción cotidiana de la vida social. Por eso, entender la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán exige pensar más allá del episodio. Exige leer en ella una de las formas históricas que asume hoy la crisis del orden mundial.

Ésta guerra debe ser comprendida como una guerra multidimensional, propia de la nueva fase del capitalismo. No estamos ante un conflicto acotado, ni ante una reedición pura de las guerras interestatales del siglo XX. Estamos frente a una confrontación donde energía, inteligencia artificial, infraestructura digital, finanzas, logística y poder militar conforman una misma trama. Por eso el conflicto obliga a abandonar las lecturas asentadas en visiones superestructurales e institucionales (“multipolarismo”) fragmentarias y a reconstruir una mirada estratégica capaz de ver la unidad entre economía política, geopolítica y tecnología en la que se enfrentan dos proyectos estratégicos principales con capacidad de subordinar a otros, lo que hemos denominado el G2, como redes económicas, financieras, tecnológicas y políticas que se disputan la nueva fase del sistema económico.

El corazón de la disputa sigue siendo profundamente material. Ormuz, South Pars, Assaluyeh, los puertos, los gasoductos, los centros de datos y las rutas marítimas muestran que la guerra contemporánea no puede separarse del control sobre los nodos que garantizan la reproducción del capitalismo digital-financiero. Detrás de cada dron, de cada algoritmo y de cada paquete de inteligencia operativa hay energía, territorio, infraestructura y trabajo acumulado. Lo novedoso no es la desaparición de la materialidad, sino su reorganización bajo los criterios tecnológicos de la nueva fase del capitalismo.

En ese marco, y en un plano histórico más amplio, Asia Occidental sigue siendo una bisagra decisiva entre la decadencia relativa de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China como potencia estructurante del nuevo ciclo. Washington e Israel buscan impedir que Irán consolide sus capacidades, y que Eurasia profundice sus corredores económicos bajo tutela no occidental.

MÁS INFO
Matías Caciabue

Politólogo y Docente Universitario. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional.