Una novedad aparece en los últimos meses cuando escuchamos a las personas narrar sus propias vidas: la expresión “desde Milei” se integra a la secuencia temporal que conforma una tríada de hitos de empobrecimiento y desconcierto junto con el 2001 y la pandemia. Del triunfo electoral y sus antecedentes a la actualidad media un trecho de erosión y desgaste en el lazo entre el presidente y la parte de la sociedad que lo apoyó.
Desde la elección de Milei hasta su llegada efectiva al gobierno predominó una especie de rebelión social contra la inflación, la inseguridad, la corrupción, la “mímica de Estado” y, más ampliamente, contra una clase política percibida como agente de esos malestares. La acumulación de frustraciones heterogéneas terminó condensándose en una figura que prometía una ruptura que tenía marcas ideológicas, incluso contrapuestas: se votó contra el estado por la motosierra, y aunque también se votó por el valor de las jerarquías, no faltaron votos contra una casta que defendía engoladamente sus protecciones frente a la intemperie de los contestatarios que en este caso cuestionaban una jerarquía naturalizada. La elección fue la descarga de malestares previos pero instituyó la cristalización de un clima social que ya venía siendo registrado entre amplios sectores sociales desde mucho antes de 2023. La bolsonarización de Macri en 2018 es tan sólo uno de los antecedentes.
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Luego de la asunción se abrió un segundo momento marcado por la duda. En los primeros meses de gobierno, la alegría de sus electores no hallaba, todavía, correlatos materiales claros en la vida cotidiana, aunque persistía la expectativa de que el sacrificio inicial tuviera sentido. Entre los electores opositores predominaba una mezcla de intimidación y expectativa: incluso entre una parte de los que no habían votado al gobierno se preguntaban qué ocurriría “si le sale bien”. En ese contexto, muchas categorías del discurso mileísta comenzaron a expandirse más allá de sus votantes duros. La idea de que el ajuste era inevitable, de que el problema estaba en “la casta” o de que el Estado había vivido por encima de sus posibilidades empezó a funcionar como sentido común disponible incluso entre sectores que no se identificaban políticamente con el oficialismo. El consuelo de ese momento era, para casi todos, el fin de los piquetes y, para muchos, un presidente que seguía picanteando como antes de ganar la elección.
Desde agosto de 2024 hasta el discurso de Davos y el caso Libra en febrero de 2025, el gobierno alcanzó su momento de mayor fortaleza. La desaceleración de la inflación y cierta previsibilidad económica parecían confirmar la narrativa presidencial de un camino largo pero definitivo hacia la tan anhelada estabilidad de precios y cambiaria. Para muchos sectores sociales el ajuste “parecía valer la pena” porque ofrecía, al menos momentáneamente, la sensación de que alguien estaba haciendo algo distinto frente a una crisis percibida como interminable. “Un amigo extranjero siempre que me escucha hablar me retruca ¿cuándo no están en crisis ahí? Ahora por primera vez pude decirle que no estábamos tan en crisis, y eso me dio orgullo”, decía el dueño de una distribuidora mayorista mendocino.
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Pero el apoyo no provenía solamente de los sectores altos. También se consolidaba un componente popular y de clases medias empobrecidas que desde hacía años venía desplazándose hacia posiciones cada vez más antiperonistas y más críticas de la justicia social y del Estado. En muchos relatos aparecía una valoración moral del sacrificio y de la capacidad de “aguantar” el ajuste como signo de madurez colectiva: “Me siento orgullosa de que en Argentina podemos aguantarnos un camino realista para salir adelante, que le hacemos frente, no como los países de donde vienen mis vecinos que ante cualquier cambio enloquecen y entran en crisis”, explicaba una mujer de treinta años de Florencio Varela. La crítica no se dirigía solamente a la situación económica sino a un ciclo político más amplio asociado al kirchnerismo y al peronismo: “¡Se terminaron los curros, viejo! Ahora es claro que si tenés algo es porque te lo ganaste vos mismo y que nadie te regaló nada”, sostenía un joven de Berisso.
La novedad no era únicamente electoral: aparecía una articulación más profunda entre voto popular, sensibilidades antiestatales y formas cotidianas de anti peronismo social. El ajuste no era vivido solamente como pérdida. Para algunos sectores también expresaba madurez y la sensación de estar atravesando, por fin, un camino “realista” después de años de ilusión (como dijo un empresario en una entrevista con Maxi Montenegro).
Pero lo que parecía que comenzaba a configurarse como una hegemonía anclada en experiencias cotidianas de hartazgo con “la casta”, la inflación y las frustraciones acumuladas, coexistía con una creciente radicalización discursiva del ala lajista dentro del mileísmo. Mientras abajo se consolidaba una legitimidad práctica asociada a la estabilidad, arriba las fuerzas del cielo, los “campeones de la batalla cultural” de Davos, parecían cada vez más desconectados de las condiciones concretas que habían vuelto eficaz el experimento. Milei tuvo, como el cristinismo en 201, un patio de las palmeras que galvanizaba por dentro pero raleaba por fuera.
Las cosas empeoraron a partir de marzo de 2025. El deterioro económico derivado de la devaluación, de las pérdidas de calidad y cantidad de empleo derivadas del cambio de régimen económico, las pérdidas de salario subregistradas por la inadecuación de las mediciones oficiales, la percepción de un dólar insosteniblemente barato y la fragilidad emergente de un nivel de vida sostenido con malabares financieros produjo combustión lenta y luego más acelerada cuando los casos de corrupción empezaron a corroer la legitimidad construida durante el primer año. Lo interesante es que, al principio, la parte mileista de la sociedad parecía saber perfectamente sobre aquello de lo que “no quería hablar”. El caso Libra producía rechazo, pero también cansancio y saturación. La corrupción dejaba de aparecer como un problema exclusivo de “los otros” y comenzaba a contaminar la propia promesa moral del gobierno. Pero ya con lo de Karina 3%, Espert y la ANDIS las cosas se pusieron bastante peor. El gobierno generaba sus propios odios y alimentaba el escepticismo general.
El triunfo electoral de octubre de 2025 tuvo dos ingredientes complementarios: la activación del rechazo al pasado ante la posibilidad de su retorno y la precaria mejora que ofrecía el salvataje de los Estados Unidos. Pero el tono general de la sociedad respecto del gobierno se mantenía dentro de los rieles de lo que venía ocurriendo desde marzo de 2025. Así que después de la elección y con la continuidad e incluso agudización de las características del cambio de régimen económico el descontento comenzó a agudizarse y a realzar su valor con la parición de nuevas causas de corrupción.
Crecieron las dificultades cotidianas: caída del poder adquisitivo, aumento de tarifas, empleos múltiples cada vez menos rendidores y una recesión que fue volviéndose más visible a lo largo de 2026. “Ahora hay que trabajar más para llegar. Mi hijo ya tiene dos trabajos y eso les pasa a todos los chicos del barrio. Antes alcanzaba con uno solo”, resumía una mujer de 53 años de Villa Albertina. La reproducción cotidiana de los hogares empezó a organizarse alrededor de estrategias defensivas: perder lo menos posible, sostener consumos mínimos, evitar nuevas deudas. Incluso entre quienes todavía conservaban cierta estabilidad laboral comenzaba a aparecer el temor al deterioro: “Me da miedo no saber hasta cuándo dura esto. En mi familia estamos más o menos bien porque tenemos trabajo, pero si siguen cerrando negocios y nadie se mueve porque todo está caro, se puede complicar también para nosotros”, explicaba una mujer de 28 años de la Ciudad de Buenos Aires.
En paralelo apareció una disonancia cada vez más fuerte entre las cifras oficiales y la percepción cotidiana. La inflación podía bajar estadísticamente mientras la experiencia social seguía organizada alrededor de la sensación de deterioro. Sobre esa superficie de adhesiones corroídas impactaron nuevos escándalos de corrupción, que afectaron especialmente porque tocaron una dimensión sensible del imaginario social: la percepción de que quienes gobiernan viven una vida radicalmente separada de quienes hacen esfuerzos cotidianos para sostenerse. “A mí me preocupa para quién gobierna: ¿para la gente de bien o para los ricos? Porque detrás de los ricos venimos todos nosotros”, decía una mujer de 27 años de Berazategui. La exhibición estética de riqueza y privilegio aumentó la verosimilitud de una idea socialmente potente: aquello que falta “acá abajo” parece estar siendo utilizado “allá arriba”.
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En este escenario comenzó a observarse un fenómeno más silencioso que espectacular: el pasaje desde la adhesión intensa hacia la duda callada. El electorado mileísta comenzó a reducirse, pero también a transformarse. Muchos votantes dejaron de defender públicamente al gobierno antes de abandonarlo electoralmente. En los barrios populares comenzaba a percibirse un clima de repliegue y silenciamiento social difícil de interpretar políticamente. “Me llama la atención que nadie putee ni se queje. A Macri lo puteaban en colores en todos lados, pero ahora los veo callados. Hay mucho bajón”, nos decía la encargada de un comedor barrial en Villa Celina.
Como ocurrió antes de las elecciones de septiembre de 2025, muchos jóvenes que habían orientado el voto familiar dejaron de hacerlo y desarrollaron formas de voto oculto. Sin embargo, más importante todavía fue el crecimiento del ausentismo. Allí ya no alcanza con la sociología electoral. Lo que aparece es un problema del lazo político: no sólo menos participación, sino decepción, escepticismo y distancia respecto de la política en general. Lo relevante no es sólo cuántos dejaron de votar, sino la expansión de una sensibilidad donde la política deja de aparecer como espacio capaz de modificar algo más que la vida de los funcionarios. Ya no se trataba únicamente de desencanto con un gobierno específico, sino de un escepticismo más amplio respecto de la capacidad de cualquier actor político del partido que sea para modificar efectivamente la diaria. “La gente sobrevive, nada más. Cada vez vienen más familias al comedor, pero ni lo nombran. Puede ser que no tengan más esperanzas”, agregaba la misma referente barrial de Celina en diciembre del 2025.
A comienzos de 2026, lo que emerge entonces no es simplemente un cambio de preferencias electorales, sino una modificación más profunda del vínculo entre sociedad, expectativas y política. Especialmente entre sectores populares, predominaba la idea de “perder lo menos posible”. Con el correr de los meses esa percepción se agravó hasta convertirse en algo más profundo: de la política no parece poder esperarse nada bueno.
Aunque hoy parte de la sociedad mire con mejores ojos a dirigentes opositores, todavía resulta incierto cuánto entusiasmo real pueden despertar y, sobre todo, cuánto creen las personas que esos dirigentes podrían transformar efectivamente en sus economías cotidianas.
La sociedad parece oscilar entre el hartazgo, la fatiga, la sospecha y una espera sin expectativas, como si después de años de crisis la pregunta ya no fuera quién puede salvar la situación, sino cuánto daño puede evitarse.
